Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

lunes, 30 de diciembre de 2013

La hora previa

Compré la plaza postrera del garaje de mi comunidad por el simple placer de andar por él hasta llegar a mi automóvil. El olor, el eco de las pisadas, el silencio y la penumbra, me confortaban cada mañana en mi residual somnolencia, aunque solamente pudiera gozarlos durante algunos segundos.
Una vez al volante y situada ante la puerta, esperé a que se elevara. El ruido de su automatismo me recordó el crujido final del Titanic al partirse en dos, estridencia que olvidé nada más recibir sobre las retinas la tenue iluminación que al amanecer precede.
Me dispuse a abordar las calles recién puestas. Los edificios no me permitían comprobar aún si el sol había decidido por fin levantarse, o se hacía el perezoso entre las sábanas. No sería de extrañar. El termómetro del salpicadero cayó en barrena hasta valores bajo cero.

Me gustaba salir de casa en ese preciso instante en que uno no sabe si podría ver algo, caso de apagarse las farolas. A esa temprana hora, daba la impresión de que el gobierno local estaba gastando energía eléctrica en vano, porque ver, se veía, pese a la niebla y la semioscuridad; y sin embargo daba miedo la idea de que dejaran de alumbrar.
Nada más ubicarme en mi carril de camino al quehacer laboral, el primer semáforo me dio los buenos días en rojo. Agradecida, aproveché para encender la radio y averiguar si me repetirían el noticiero de ayer, el de hace una semana, o el de hace dos años. 
Los noticieros son cíclicos, como el parte meteorológico. Una vez bombardeados mis oídos con nada nuevo ni interesante, opté por buscar una emisora musical que me ayudara a acabar de despertarme. Glenn Miller con su orquesta, versionando el Indian Summer de Herbert, resultó una soberbia compañía para mi trayecto. Le dejé sonar.

Me agradó también, en mi periódica rutina, encontrarme en la segunda esquina de la avenida con el limpiabotas de melena al viento a quien, ni la niebla, ni el frío, parecían afectar lo más mínimo, y que hablador y risueño pulía, gamuza va, gamuza viene, los ya lustrosos Martinelli de un ejecutivo encorbatado de hosco gesto y estrangulada papada. Juraría, también, que el ejecutivo era el mismo todos los días. Al menos, llevaba una gabardina igual de sucia que el de previas madrugadas.

El humo del Ford que me precedía escapaba con fuerza del tubo, y enfrentándose a una niebla que no esperaba encontrar, terminaba desvaneciéndose, vencido, en grises y deformes fumaradas.
A la salida de un túnel tan lóbrego como húmedo, me detuvo otro semáforo. Herbert seguía regalándome los oídos. Abrí la ventanilla, canturreando, dando venia al frío para acariciar mi mejilla, y lo invité a congelar mis aún cálidos pulmones con una profunda inspiración, cerrando los ojos.

“Summer... you old Indian summer…”

Los inesperados acordes de un saxofón me sorprendieron. Giré la vista y, junto a mí, un colosal hombre de acriollado color brindó el acompañamiento perfecto a mi melodía con tan refinado instrumento, solapando al ya insignificante sonido que emanaba de la radio. Sonreí, y lo seguí con mediocre y adormilada voz.

“... you're the tear than comes after... June time laughter…”

Apenas me dio tiempo a buscar, hurgando en el portamonedas, algo con que remunerar su cortesía. Impacientes automovilistas me recordaron, irritados, y a base de claxon y cegadores destellos de luz larga, que llegaríamos todos tarde, de entretenerme demasiado. Habría deseado que aquél semáforo no se abriera nunca.
Durante unos metros, conduje en paralelo a una apresurada madre que arrastraba de la mano a su pequeño. El niño, profundamente dormido todavía, remolcaba a su vez un pesado trolley-mochila, supongo que repleto de libros. A saber si en todo el curso escolar terminaría de leer y memorizar aquella diaria y pesada carga. 
Virando por la última calle, un mozo casi me embistió con un traspalé, cruzando ante mí, sin verme. Quise ser condescendiente y no protesté; a buen seguro se había levantado antes que yo, y le pagaban mal y tarde por tan ingrato empleo. Además, ya no me quedaba sino buscar estacionamiento.

Tuve suerte y hallé un hueco que parecía haberme estado esperando. Descendí del coche, cerré la puerta y me detuve para recibir, esta vez de lleno y solazándome, el aire fresco de la mañana en mi rostro. El Sol, que decidió asomar por fin, iluminó las fachadas, el asfalto y mi persona entera, haciéndome la promesa de terminar con la molesta niebla en pocos minutos.
Anduve hasta acceder al parque. Llegaría antes a la oficina si siguiera la acera en recto, pero tenía tiempo para perderme un rato entre los pinos, y me apetecía. Un jardinero me saludó entusiasmado, como si me viera todos los días. No recordaba si le habría saludado yo a él en alguna ocasión anterior, pudiera ser que sí, de modo que le respondí con un sonriente “buenos días”, y continué la marcha por la arbolada circunvalación. Me senté en un banco que agradeció el templado contacto de mi abrigo. Nadie había allá, salvo los pinos, el sol, el frío y el jardinero. Me dejé llevar por el silencio, y evoqué de nuevo, susurrando, a Miller y al saxofonista del semáforo. Me dio pereza reiniciar.

Una vez dentro el vestíbulo, miré atrás, despidiéndome del alba, hasta el día siguiente que, recién despierta, pudiera de nuevo deleitarme con mi relajado periplo diario, rumbo a mi puesto de trabajo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada