Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

lunes, 30 de diciembre de 2013

La hora previa

Compré la plaza postrera del garaje de mi comunidad por el simple placer de andar por él hasta llegar a mi automóvil. El olor, el eco de las pisadas, el silencio y la penumbra, me confortaban cada mañana en mi residual somnolencia, aunque solamente pudiera gozarlos durante algunos segundos.
Una vez al volante y situada ante la puerta, esperé a que se elevara. El ruido de su automatismo me recordó el crujido final del Titanic al partirse en dos, estridencia que olvidé nada más recibir sobre las retinas la tenue iluminación que al amanecer precede.
Me dispuse a abordar las calles recién puestas. Los edificios no me permitían comprobar aún si el sol había decidido por fin levantarse, o se hacía el perezoso entre las sábanas. No sería de extrañar. El termómetro del salpicadero cayó en barrena hasta valores bajo cero.

Me gustaba salir de casa en ese preciso instante en que uno no sabe si podría ver algo, caso de apagarse las farolas. A esa temprana hora, daba la impresión de que el gobierno local estaba gastando energía eléctrica en vano, porque ver, se veía, pese a la niebla y la semioscuridad; y sin embargo daba miedo la idea de que dejaran de alumbrar.
Nada más ubicarme en mi carril de camino al quehacer laboral, el primer semáforo me dio los buenos días en rojo. Agradecida, aproveché para encender la radio y averiguar si me repetirían el noticiero de ayer, el de hace una semana, o el de hace dos años. 
Los noticieros son cíclicos, como el parte meteorológico. Una vez bombardeados mis oídos con nada nuevo ni interesante, opté por buscar una emisora musical que me ayudara a acabar de despertarme. Glenn Miller con su orquesta, versionando el Indian Summer de Herbert, resultó una soberbia compañía para mi trayecto. Le dejé sonar.

Me agradó también, en mi periódica rutina, encontrarme en la segunda esquina de la avenida con el limpiabotas de melena al viento a quien, ni la niebla, ni el frío, parecían afectar lo más mínimo, y que hablador y risueño pulía, gamuza va, gamuza viene, los ya lustrosos Martinelli de un ejecutivo encorbatado de hosco gesto y estrangulada papada. Juraría, también, que el ejecutivo era el mismo todos los días. Al menos, llevaba una gabardina igual de sucia que el de previas madrugadas.

El humo del Ford que me precedía escapaba con fuerza del tubo, y enfrentándose a una niebla que no esperaba encontrar, terminaba desvaneciéndose, vencido, en grises y deformes fumaradas.
A la salida de un túnel tan lóbrego como húmedo, me detuvo otro semáforo. Herbert seguía regalándome los oídos. Abrí la ventanilla, canturreando, dando venia al frío para acariciar mi mejilla, y lo invité a congelar mis aún cálidos pulmones con una profunda inspiración, cerrando los ojos.

“Summer... you old Indian summer…”

Los inesperados acordes de un saxofón me sorprendieron. Giré la vista y, junto a mí, un colosal hombre de acriollado color brindó el acompañamiento perfecto a mi melodía con tan refinado instrumento, solapando al ya insignificante sonido que emanaba de la radio. Sonreí, y lo seguí con mediocre y adormilada voz.

“... you're the tear than comes after... June time laughter…”

Apenas me dio tiempo a buscar, hurgando en el portamonedas, algo con que remunerar su cortesía. Impacientes automovilistas me recordaron, irritados, y a base de claxon y cegadores destellos de luz larga, que llegaríamos todos tarde, de entretenerme demasiado. Habría deseado que aquél semáforo no se abriera nunca.
Durante unos metros, conduje en paralelo a una apresurada madre que arrastraba de la mano a su pequeño. El niño, profundamente dormido todavía, remolcaba a su vez un pesado trolley-mochila, supongo que repleto de libros. A saber si en todo el curso escolar terminaría de leer y memorizar aquella diaria y pesada carga. 
Virando por la última calle, un mozo casi me embistió con un traspalé, cruzando ante mí, sin verme. Quise ser condescendiente y no protesté; a buen seguro se había levantado antes que yo, y le pagaban mal y tarde por tan ingrato empleo. Además, ya no me quedaba sino buscar estacionamiento.

Tuve suerte y hallé un hueco que parecía haberme estado esperando. Descendí del coche, cerré la puerta y me detuve para recibir, esta vez de lleno y solazándome, el aire fresco de la mañana en mi rostro. El Sol, que decidió asomar por fin, iluminó las fachadas, el asfalto y mi persona entera, haciéndome la promesa de terminar con la molesta niebla en pocos minutos.
Anduve hasta acceder al parque. Llegaría antes a la oficina si siguiera la acera en recto, pero tenía tiempo para perderme un rato entre los pinos, y me apetecía. Un jardinero me saludó entusiasmado, como si me viera todos los días. No recordaba si le habría saludado yo a él en alguna ocasión anterior, pudiera ser que sí, de modo que le respondí con un sonriente “buenos días”, y continué la marcha por la arbolada circunvalación. Me senté en un banco que agradeció el templado contacto de mi abrigo. Nadie había allá, salvo los pinos, el sol, el frío y el jardinero. Me dejé llevar por el silencio, y evoqué de nuevo, susurrando, a Miller y al saxofonista del semáforo. Me dio pereza reiniciar.

Una vez dentro el vestíbulo, miré atrás, despidiéndome del alba, hasta el día siguiente que, recién despierta, pudiera de nuevo deleitarme con mi relajado periplo diario, rumbo a mi puesto de trabajo.


sábado, 28 de diciembre de 2013

Cocido madrileño ligero

Mi cocido madrileño no es un cocido al uso. No lleva ingredientes que otrora se consideraron imprescindibles, (sin serlo), como podían ser el tocino (blanco o de veta), la papada,  la pata de cerdo, o la  “pelota”, que poco sabor aportaban, y sí mucha grasa animal. He sustituido estos ingredientes nada  saludables por dos o tres costillas ibéricas, más magras y no menos sabrosas.
Por esa  razón también prescindo de la piel de las aves.
Tampoco le pongo patata, ya que con los garbanzos, la verdura y  pasta de la sopa, ya va sobrado de hidratos.

En la víspera tengo dos tareas:

-Poner los garbanzos en remojo (calculo dos puñados por comensal), antes de irme a dormir.


-Hacer el caldo de carnes. En la cazuela (o la olla) dispongo un cuarto de gallina y de pollo (sin piel), un hueso y una punta de jamón, medio kilo de jarrete (o morcillo de ternera, que es lo mismo). 
En cazuela normal, calculo dos horas cociendo a fuego lento; en olla a presión se puede hacer en 20 minutos. Pero aunque sea más rápido, yo prefiero hacerlo a la antigua, usando la olla sin tapa. Me gusta, además, ir añadiendo agua cuando se va consumiendo el caldo, cubriendo siempre la carne. De ese modo, se fragua un caldo consistente y con cuerpo, y me permito ir rectificando de sal, ya que la presencia del jamón condiciona el condimentado del guiso. También me gusta ir retirando la espuma que se forma en la superficie, ya que se trata de impurezas que conviene tirar a la basura.


Cuando ya está hecho, aparto la cazuela, la tapo y la dejo enfriar hasta temperatura ambiente. Nunca se debe introducir caldo caliente en la nevera. Tan malo es para el caldo, que puede fermentar, como para el refrigerador, que se ve forzado a ponerse a toda máquina un buen rato para no ganar temperatura.
Una vez alcanzada esa temperatura ambiente, sí podemos enfriarlo en la nevera, durante toda la noche.

Al día siguiente
Sacamos la cazuela de la nevera y la destapamos. Se habrá formado en la superficie una capa blanca con la grasa sobrante. Como podéis ver, al no haber utilizado elementos excesivamente grasientos en la elaboración del caldo, la capa no es gruesa. El fuego lento se ha ocupado ya de suministrar suficiente sabor y consistencia. Retiraremos y tiraremos esa capa sólida.



Pondremos agua a calentar en otra cazuela, con un poco de sal.  En ella vamos a cocer la verdura (repollo y zanahoria pelada), durante quince minutos (máximo) una vez que rompa el hervor. Hay que echarla, por tanto, cuando ya esté el agua hirviendo. De este modo, evitaremos un olor excesivo, y que el repollo pierda su color verde claro o amarillee. Generalizando, cuanto más tiempo se tengan las coles (repollo, lombarda, coliflor, brécol, etc) cociendo, más elementos azufrados soltarán, perdiendo propiedades y ganando un sabor más desagradable y amargo, si nos pasamos. Por esta misma razón no es recomendable cocer la verdura con la carne, ya que esta última necesita seis u ocho veces el tiempo de guisado de la primera.



Por otro lado, dispondremos en una cazuelita pequeña el chorizo y la morcilla. Los cubriremos de agua y los pondremos al fuego. Tiene que calentarse el agua hasta humear, pero evitaremos que hierva moderando el fuego. De esta manera, quedará la grasa sobrante en el agua, pero no perderán sabor, ya que la proteína que contienen no “sudará”. Vamos, que pierde su grasa, pero no su sustancia. Yo los tengo así aproximadamente veinte minutos desde que el agua se calienta.





Volvemos a poner el caldo de carne al fuego. Cuando caliente, retiramos las carnes con las que lo hicimos el día anterior. Ahora vamos a preparar la legumbre.
En una malla al efecto, introducimos un hueso de caña y los garbanzos. ¿Por qué metemos ahora el hueso de caña aquí, y no la hacemos en la víspera con las demás carnes? Muy sencillo, porque así no se sale el tuétano, que es, para muchos, el ingrediente estrella del cocido madrileño. Generalmente se utiliza un hueso de caña por comensal que lo solicite. Hay quien gusta de vaciarlo sobre la sopa, o de comerlo con las viandas, o de untar este tuétano en un trocito de pan, añadiendo unas gotas de aceite de oliva y sal.



La malla con los garbanzos ha de introducirse en el caldo caliente. Si se usa olla a presión, cada  fabricante  tiene un listado con los tiempos de cocción establecidos, y a ellos nos debemos atener. Si se cuecen a fuego lento, se calcula en aguas blandas algo más de una hora, y en aguas duras, cerca de dos horas. De todos modos, podemos ir sacando uno cada cierto tiempo. Aplastándolo con un tenedor sobre un platito, sabremos si aún está “entero” o le falta cocción.


Como anécdota, contaré que, cuando yo era pequeña, era típico en las bodas que, la madre del novio, (o en su ausencia, la madre de la novia), regalara a la futura contrayente una malla para garbanzos, tejida a ganchillo por ella misma. Esa costumbre se perdió, quizá porque desde hace años ya venden las mallas confeccionadas, y la verdad, tenía su encanto. He conocido mujeres que han utilizado la malla de la boda durante décadas, y las lavaban a mano cuidadosamente con jabón, remojadas previamente una hora con agua, vinagre y bicarbonato. Eran parecidas a ésta que he encontrado por la red.


Cuando estén hechos los garbanzos, se sacan de la cazuela. Ahora volcamos el caldo de verdura sobre el de carne a través de un escurridor.


Después, con un colador fino, filtramos el que vayamos a utilizar para hacer la sopa. El resto, también filtrado, se puede congelar.


Una vez que rompa a hervir, añadimos los fideos (del tamaño que gusten, o arroz, aunque yo recomiendo el “fideo cabellín”) y vamos preparando los vuelcos del cocido, mientras la sopa se hace.


El cocido se sirve en “vuelcos”, esto es, de forma separada. Es del libre albedrío de cada comensal juntar la sopa con los garbanzos y las carnes, pero no es lo habitual.
El primer vuelco es la sopa. Después, se sirven los garbanzos con la verdura, bien sofrito con ajo, o con aceite de oliva y vinagre (siempre me decanto por  la segunda opción; es mucho más sano el aceite crudo, que frito, y menos indigesto). Finalmente, el vuelco de las viandas (carnes) se sirve a gusto de cada cual.


¡¡¡¡Saludos!!!!














viernes, 27 de diciembre de 2013

Bacalao a la vizcaína

Pues sí, hurgando en mis "cuadernos", al final encontré esta receta fotografiada por mí (con mi desastroso móvil), y pensando en mi querida Adara, así como en el resto de mis fieles lectores, procedo a subirla por aqui.



Ingredientes:

•        1 kg. de bacalao en trozos
•        2 pimientos choriceros (secos)
•        4 dientes de ajo
•        3 pimientos pintones o rojos, asados.
•        Patatas para freír
•        Una salsa de tomate elaborada con cebollas y   tomates
•        Aceite de oliva

•        Harina



Elaboración:

1.       Quitamos los pedúnculos a los pimientos choriceros, los vaciamos de semillas sacudiéndolos un poco, y los sumergimos en agua templada veinte minutos, para que se rehidraten.
        
2.       Pelamos los pimientos asados y los cortamos en tiras.

3.       Pelamos los dientes de ajo, los cortamos en láminas, los freímos y los machacamos  en un mortero.

4.       Secamos los trozos de bacalao con papel de cocina.


5.       Los enharinamos, sacudiendo el exceso de harina, y los freímos un minuto por cada lado en aceite de oliva. Los dejamos escurriendo sobre papel o un colador, para que desgrasen.


6.       Ayudándonos de una cucharilla o un cuchillo redondo, raspamos la carne interna de los pimientos choriceros ya hidratados, y tiramos la piel.


7.       Añadimos esa carne al majado de ajos, machacamos un poco más, y cuando esté hecho una pasta, añadimos un vaso del agua donde habíamos hidratado los pimientos. Mezclamos y lo agregamos a la salsa de tomate. Añadimos también los pimientos en tiras, y el bacalao, con mucho cuidado de no deshacerlo.


8.       Colocamos la cazuela sobre el fuego y guisamos todo cinco minutos más. No conviene guisarlo más tiempo, pues el bacalao quedaría seco. Lo interesante de este pescado es separar las lascas suavemente, y percibir así su textura gelatinosa.



9.       Servimos con patatas fritas.


Besugo a la madrileña

¡¡Vamos con un plato de mi tierra!!
Si, sí, pescado típico de Madrid. Suena raro, ¿verdad? Os preguntaréis dónde están el puerto y la lonja.
Bueno, os cuento en un par de líneas de dónde vienen recetas típicamente madrileñas como el besugo a la madrileña o los calamares a la romana.
Más o menos a mediados del siglo XVIII, se consiguió en Madrid el permiso y la construcción de un camino expreso para poder transportar a la capital pescados desde el norte.  Como los pueblos y provincias castellanas no tenían acceso tan directo, se empezó a poner de moda venir a comer pescado a los mesones de Madrid, el que podía permitirse un viajecito.
En ocasiones, los meseros se las veían mal para poder atender a tanta demanda, y se idearon entonces algunos platos “rápidos”, a fin de que la gente saliera servida pronto, y a ser posible, encantada. Y así nació el bocadillo de calamares, por ejemplo, que envolvían en papel de estraza y no requería ocupar una mesa. Y del mismo modo, el besugo a la madrileña, que tenía la ventaja de asarse en un cuarto de hora, y así no se hacía esperar apenas  a los hambrientos comensales.  Los besugos se sacaban del horno de leña, se partían y se iban llevando servidos a las mesas, por ración. El mesero “regaba” los platos con aceite de oliva frito con ajos, por encima. De este modo, si en algún momento tardaban un poco en servir a alguien, el aceite hirviendo calentaba de nuevo el plato, aparte de darle un gusto exquisito.
¿Vamos allá?
Bueno, yo he visto besugos “a la madrileña” hechos de varias maneras. Lo normal es una preparación sencilla, recordad que es un plato rápido. Hay quien asa patatas alrededor o a modo de cama. Yo no lo recomiendo, ya que la patata espesa el caldo, y “roba” sabor al pescado. Es mejor freir unas patatas mientras se asa el besugo, y después acompañarlo con ellas. Esta receta me la contó hace casi treinta años mi pescadero de confianza cuando yo vivía en el Madrid castizo. ÉL me explicó cómo hacerlo para que quedara jugoso y sabroso.

Ingredientes:
-Un besugo o dos, dependiendo del tamaño y los comensales. Yo he utilizado dos besugos de unos 900 gramos, y hemos comido tres personas.
-Una cebolla grande.
-Un tomate grande o dos pequeños
-Un limón y medio, y aparte, unas rodajas (esto es importante; el limón resalta el sabor del besugo)
-Un vaso de vino blanco
-Tres dientes de ajo
-Sal y aceite de oliva virgen (conviene que sea un aceite de sabor intenso)
-Perejil (aunque yo no le pongo, porque me gusta no camuflar mucho el sabor de este plato)

Elaboración
Untaremos con una brocha o un papel de cocina el fondo de una rustidera o fuente de asar con un poco de aceite.

Cortaremos en juliana una cebolla y la dispondremos sobre ese fondo.

Pelamos el tomate y lo disponemos también, cortado en rodajas. Hay quien usa tomate frito; os aseguro que queda mejor así, ya que el ácido del tomate (que está en las semillas) contribuye a soltar la gelatina del besugo, que es lo que dará cuerpo y sabor a la salsa.


Con las manos untadas de aceite, untaremos también  los besugos. Lo normal cuando nos venden un besugo para horno, es que nos lo den entero. Mi pescadero gustaba de abrirlo a lo largo, a fin de que la espina también soltara jugo a la salsa. Se salan por dentro y por fuera, y se rocían con limón. El ácido del limón hace la misma labor que el ácido del tomate, extrae la gelatina del pescado. Por la parte de arriba se realizan unos cortes sobre el lomo y se introducen unas rodajas de limón (media rodaja en cada hendidura). Finalmente, se espolvorea a lo largo una línea de pan rallado, que con el asado se tostará y dará un bonito aspecto a nuestro pescado. Se echa en la fuente un vaso de vino. Se introduce en el horno, calentado a 170 grados.


El pescado se asará durante quince o veinte minutos. Después apagaremos el fuego, abriremos la puerta del horno durante dos minutos y la volveremos a cerrar. El calor residual que hay dentro del horno terminará de hacerlo, y no quedará seco. Mientras tanto podemos aprovechar para freir las patatas y poner la mesa.



Calentaremos en una pequeña sartén unas cucharadas de aceite de oliva, y en él freiremos unos dientes de ajo. En el momento de servir, volcaremos unos dientes de ajo con un poco de aceite de freírlos por encima de la ración. La acompañaremos de las verduras horneadas y de la deliciosa salsa.



A modo de curiosidad, os comento.
El besugo es pescado blanco en verano, y azul en invierno, que es cuando más grasa es su carne.

Nosotros lo hemos cenado este año en Nochebuena, jeje...


Bacalao con salsa de almendras

Mi amiga Adara busca una receta diferente de bacalao. De las mías, no recuerdo haber "redactado" ninguna, pero en mi cuaderno de recetas tengo ésta de Juan Pozuelo, que preparé hace tiempo, y en casa gustó. Va por ti, corazón.

Bacalao con salsa de almendras



Ingredientes para 4 personas:
- 4 tacos de bacalao desalado
- 25 g de almendra fileteada
- 50 g de almendra molida
- 2 dl de caldo de pescado
- 2 dl de nata
- 2 patatas
- curry
- aceite de oliva virgen extra
- sal

Preparación:
- Ponemos a cocer unas patatas peladas y troceadas en una olla con agua hirviendo
- Incorporamos aceite en una sartén, calentamos y cocinamos vuelta y vuelta unos lomos de bacalao
- reservamos en un plato y retiramos parte del aceite
- en el aceite restante, rehogamos ligeramente 2 cucharadas de almendras molidas
- agregamos caldo de pescado, nata líquida y una pizca de curry
- dejamos hervir un instante
- incorporamos el bacalao y cocinamos medio minuto por cada lado
- servimos y guarnecemos con las patatas cocidas
- salseamos y acompañamos con unas almendras tostadas en filetes

jueves, 26 de diciembre de 2013

Flan de peras

Este flanecito es una delicia, y además, fácil.

Necesitamos, para tres flanes individuales:
Dos peras de conferencia, muy maduras (ya os digo después por qué)
2 huevos
1 ramita de vainilla, o media cucharadita de esencia o de azúcar vainillado
una cucharadita de mantequilla
200 mg. de nata líquida
40 gr. de azúcar

Para el caramelo: 4 cucharadas de azúcar y el zumo de medio limón

Primero vamos a elaborar el caramelo. En un cacillo al fuego disponemos las 4 cucharadas de azúcar y el zumo de limón, y dejamos que se vaya haciendo, hasta que tome un color miel. Cuanto más dejemos que oscurezca, más amargará.

Antes de que endurezca, untamos las paredes de los moldes con él. Mucho cuidado con quemaros, el caramelo deja ampollas muy pesadas de curar, ya que su temperatura es muy alta:


Pelamos las peras y las cortamos en trocitos. Vamos a saltearlas un minuto en la mantequilla, a fuego fuerte, para que se doren un poco. La idea de utilizar pera de conferencia es que su carne es muy acuosa, y cuando se haga el flan, no quedará su textura en trozos duros, sino parecidos a una mermelada.


Encendemos el horno a 180 grados y preparamos una fuente con agua para hacer un baño María.

Para hacer el flan, hay dos maneras, y os explico ambas:

  1. Manual. Batimos la nata con el azúcar y la vainilla (si es en rama, la abrimos y usamos solamente las semillas). Batimos aparte los huevos, MUY POCO, lo suficiente para que se mezcle la clara con la yema, pero no ha de perder la elasticidad ni formar espuma. Mezclamos los huevos batidos (mezclar, no batir) con la nata azucarada, y añadimos las peras.
  2. Con Thermomix: Introducimos la nata, el azúcar, la vainilla y los huevos en el vaso. Activamos sin temperatura, velocidad 2, giro a la izquierda.  Después añadimos las peras y mezclamos con la espátula.



Llenamos los moldes. Los colocamos en la fuente con agua, y cuando el horno esté caliente, los metemos dentro. Yo calculo 45 minutos, pero se puede ir probando a pinchar con un cuchillo. Cuando salga seco, está el flan.


Dejamos enfriar, refrigeramos, y ¡¡al postre!!


miércoles, 25 de diciembre de 2013

Felices Fiestas

Bueno, pues estas fiestas que no parecían nunca llegar, ya van avanzando. Y, la verdad, tengo ganas, ya no me apetecen tanto como antes.
Pero bueno, aun no siendo prolífica en placeres, los del comer nunca habían de faltar (ni han de faltar mientras sea posible).
Hoy nos hemos pimplado esta pavita con puré de manzana y mermelada de pimientos, bien regada con un espumoso de las Rias Baixas, fresquito, que le iba genial.




Como único entrante, (no queríamos reventar), unas tartaletas hechas con una ensalada muyyyy picadita de salmón ahumado con tomates, pepinillos, cebolla roja, alcaparras y una mayonesa de eneldo, que estaban de lo más fino, la verdad.



Y de postre, tapioca de avellanas.
¿¿Os lo cuento??

Se necesita, para tres raciones:
  1. Medio litro de leche desnatada
  2. 75 gramos de avellanas tostadas y picadas, más un puñado de avellanas enteras (para decorar)
  3. 40 gramos de azúcar glaseada
  4. Ralladura de una naranja y de un limón (yo las he picado con el azúcar)
  5. 30 gramos de Tapioca
  6. 2 cucharadas soperas de leche en polvo
  7. 1 cucharadita de canela molida (y un poco más para espolvorear al final sobre el postre)
  8. 2 cucharadas de azúcar y unas gotas de zumo de limón (para hacer el caramelo)


Bueno, primero diré que, si utilizáis leche entera o semidesnatada para realizar la receta, no es necesaria la leche en polvo.

Ponemos en un cazo la leche, las avellanas (solamente las picadas), el azúcar glass, las ralladuras, la leche en polvo y la canela. Lo llevamos al fuego y vamos removiendo hasta que veamos que "quiere" empezar a hervir. Añadimos la Tapioca, y bajamos el fuego. Removemos durante 7 minutos (o lo que indique en el envase de la Tapioca) y lo apartamos de la lumbre. Lo tapamos y dejamos templar hasta temperatura ambiente.

(Bueno, yo lo he hecho en Thermomix. Primero 10 minutos, temperatura 90 y velocidad 2, y una vez añadida la Tapioca, 7 minutos, temperatura 100 y velocidad 2).



Mientras tanto, hacemos en otro cacito al fuego, un caramelo con las dos cucharadas de azúcar y las gotas de limón.



Cuando esté hecho, bañamos en él las avellanas que habíamos reservado.

Las apartamos a un plato, haciendo "montoncitos" de seis o siete avellanas, tantos montoncitos como raciones vayamos a servir.

Costará hacerlos porque se nos pegarán a la cuchara. Un truco es embadurnar la cuchara antes con un poco de mantequilla o aceite de girasol. Dejamos que se enfríen, y el mismo caramelo pegará  las avellanas entre sí.

Removemos la crema de Tapioca y llenamos los recipientes.  Espolvoreamos con un poco de canela molida, y adornamos con las avellanas.



Eeeeh... bueno, no necesariamente hay que comerlo en navidades, ¿eeeh??