Irisada

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¡¡Hola, amigos!!

jueves, 28 de noviembre de 2013

Cocina para el frío: Codillo con salsa de almendras




Codillo con salsa de almendras

Ingredientes:
Un  codillo salmuerizado
Dos puñados de almendras crudas y peladas
Una cebolla y un diente de ajo, también picados
Una rebanada de pan, cortada en daditos
Medio vaso de vino blanco
Medio vaso de vino de Jerez, dulce
Clavos de olor y pimienta negra,  ocho o diez unidades de cada cual
Tres hojas de laurel
Sal
Una pizca de nuez moscada
Patatas para cocer, peladas
Una cucharada de mantequilla
Medio vaso de leche

Primero desalaremos el codillo sumergiéndolo en agua fría durante una noche. A veces, en el envase vienen instrucciones para el desalado correcto.

Yo he realizado la cocción en olla a presión, para reducir el tiempo a la mitad. Si se desea, se puede hacer en cazuela normal, pero tardará el doble de tiempo.
Ponemos en el fondo de la olla el laurel, la pimienta, los clavos y la nuez moscada. Sobre ella, el colador de cocer al vapor, y sobre éste, el codillo.

Añadimos el vino blanco y el Jerez. Tapamos, y dejamos cocer una hora desde que comienza a salir el vapor; dos horas si se hace en cazuela normal.

Cuando se acabe de guisar, hacemos un sofrito con la cebolla, el ajo, el pan y las almendras. 

Cuando esté doradito, le añadimos un par de cacillos del caldo del codillo. Dejamos cocer todo junto unos diez minutos, a fuego lento.

Mientras tanto y en una cazuela aparte, colocamos las patatas peladas con agua fría, y las ponemos a cocer hasta que estén tiernas.

Con el pasapuré las trituramos

Añadimos la mantequilla, la leche y sal al gusto, y elaboramos el puré de guarnición.

Volvemos al sofrito, que trituraremos y calentaremos, probando de sal y corrigiendo si es necesario.

Troceamos el codillo. Hay quien le gusta tomarlo con su piel, pero yo suelo eliminarla y quedarme solamente con la parte magra. Siempre intento eliminar todo colesterol potencial.

Servimos y regamos la carne con la salsa.


miércoles, 27 de noviembre de 2013

Cocina para el frío: Sopa catalana (de la Mari)




Sopa catalana (Sopa de la Mari)

Esta sopa me deleitó en casa de Mari, una amiga de Barcelona. No lleva pasta, ni arroz, ni falta que le hace. Ella la llama "sopa catalana", y le hace honor al nombre, porque tiene un regustillo a almendras que quita el sentido.


Ingredientes:
Un cuarto de gallina
Un cuarto de pollo
150 gr. de almendras crudas fileteadas
100 gr. de jamón serrano, cortado en taquitos
1 cebolla picada
1 diente de ajo
Unas hojas de perejil
Dos huevos duros
Aceite de oliva y sal

En primer lugar, elaboraremos un caldo con las carnes y un poco de sal. Una vez hecho, lo colaremos y lo dispondremos en una cazuela.
En una sartén, con un poco de aceite, hemos de sofreír la cebolla, a fuego lento, hasta que quede muy dorada. Si se hace a fuego rápido, amargará, ¡ojo!
Mientras tanto, pondremos a cocer el jamón y las almendras (apartando dos cucharadas soperas de éstas) en el caldo, durante 40 minutos, a fuego suave.




Pondremos las dos cucharadas de almendras reservadas en un mortero, y haremos un majado fino, junto al diente de ajo y el perejil. Mezclaremos, una vez esté hecho una pasta, con un poco del caldo que hierve, y lo añadiremos a él.



Cuando la cebolla esté muy dorada, la escurriremos y la añadiremos al caldo. Le va a dar un color y un sabor estupendo, pero sólo si está muy dorada.



Picaremos los huevos cocidos y desmigaremos la mitad de los trozos de gallina y de pollo, para añadirlos al final.
¡¡Lista!!




miércoles, 6 de noviembre de 2013

Enma lo sabía

Enma lo sabía
Enma sabía que Juan no la amaba, ni la amó nunca. Albergaba, sin embargo, la esperanza de que aprendiera. Y en ese esperar atroz, precisaba creer que su carencia de sentimientos sólo era ignorancia.
“No sabe amar; nunca le enseñaron a hacerlo”, se consolaba.
Tampoco le importaba en exceso, pues ella se amaba menos aún, y también lo sabía. Su dependencia afectiva era tal que, sin esa ciega fe en que alguna vez la querría, no se veía capaz de afrontar la vida. La soledad era un enemigo demasiado grande a batir. Y la soledad entraba por la puerta cada vez que él salía, empujándolo hacia el rellano del ascensor, derribándola después sobre la cama y haciéndola llorar.

En ocasiones, evitaba caer en el llanto inmediatamente y se acercaba hasta la ventana para verlo marchar. Juan era reconocible desde el séptimo piso entre mil viandantes. Sus andares, propios en ese momento de quien huye tras un polvo memorable, y la prisa por distanciarse de un barrio donde no quería ser visto, delataban inequívocamente su presencia en la avenida. Diríase que se encaminara a tomar un tren por los pelos, y ella era consciente de que en ese instante ya la había olvidado, sin pesar alguno, hasta otro día en que precisara sintonizarla otra vez. Él no se pararía a evocar olores de hembra en su ropa, como ella hacía, buscando aromas de macho en su bata de seda mientras lo veía alejarse.

Sí, sintonizarla. Enma se sentía como esa emisora con la que todo el mundo se queda a pasar el rato cuando no encuentra otra mejor. Él sabía que ella estaba siempre ahí, en el dial, esperando que la escogiera y que decidiera buscar nuevamente su disposición. Porque Enma era eso, un entretenimiento para sus horas vacías. En ocasiones, él mismo se ocupaba de recordárselo sin ningún complejo: “Si además te quisiera, esto sería la hostia”. Ella, lejos de sentirse ninguneada, agradecía el mazazo de la honestidad extrema. Si alguna vez se acabara su aventura, quería pensar que, al menos, no la mintió. Solamente eso daría sentido a tanto sufrimiento por amor.

Cuando él desaparecía entre muros de hormigón grafiteados para descender hacia el parking, era que tomaba conciencia de su papel de amante sin amar, y la soledad volvía a arrojarla cruelmente sobre la cama para hacerla sollozar de nuevo. Ese siempre era el final de los encuentros de pasión de Enma y Juan.
Rendida, se abandonaba al llanto y se recreaba en él. Gustaba de alimentarlo con un CD de empalagosas baladas que siempre tenía metido en el reproductor a tal efecto. En un inglés perfecto, canturreaba las estrofas más dramáticas para refocilarse en la realidad que no admitía. Y entonces sus ojos disparaban lágrimas hasta dolerle los lacrimales, haciéndola gozar durante largos minutos del padecer morboso y masoquista que el abandono trae consigo.
Con los ojos y mejillas irritados hasta la quemazón, se dejaba vencer por el sueño, no sin antes permitirse sentir una extraña victoria, una rara satisfacción en el hecho de haber podido estar con él, de haber sido suya una vez más, de haber conseguido de nuevo ascender el cerro de la conquista, por fácil que fuera el ascenso, que lo era, claro. Para su amado era, ante todo, una mujer fácil. Se alentaba pensando que él también se sentiría solo, con seguridad. Si no fuera así, no la demandaría desde hacía tanto. Y Morfeo, resignado, se la llevaba en brazos, con la sonrisa dibujada en su escocida carita.

Las mañana posterior no era menos dura. El Sol le recordaba que la vida debía seguir, aun sin Juan en sus brazos. Con los ojos aún enrojecidos, se miraba al espejo para darse asco. “No valgo nada, pero lo tengo”. Se aliviaba de nuevo pensando en la insípida vida marital de su amante, en su insípida cotidianidad, y en su insípida esposa, con la que gustaba de toparse de vez en cuando para reírse en silencio en su cara. Sentía, en cierto modo, suyo al hombre de otra. Lamentaba, por supuesto, no poder gritarlo al viento, y lamentaba verse obligada a no hacer trascender tantos años de deseo escondido. Aunque pudiera hacerlo, simplemente por el hecho de entregarse en cuerpo y alma a quien únicamente la usaba, aquello no debía saberse jamás.

Dejaba caer el agua de ducha a toda presión sobre sí, en el intento inútil de acabar de borrar el dolor de no ser querida y no quererse. Aun así, no perdía el tiempo en la relajante ocupación; debía ir a trabajar. Si por ella fuera, se quedaría allá mascando recuerdos. Le gustaba, en especial, añorar el ocaso del frenesí, cuando le anudaba la corbata antes de irse. Nadie se lo hacía como ella, y él se dejaba hacer, quizá también, - caballero como el que más-, en el propósito de no despedirse fríamente. En su limitación emocional, Juan hacía por ser cariñoso, eso sí, dosificando las palabras; no quería ilusionarla demasiado, aunque sabía que eso no era posible ya desde tiempo atrás. Ella sería capaz de vestirlo entero con tal de creerse necesaria, como necesitaba creerse, en el errado concepto del amor como posesión, aquella mentira.

Despertaba en el autobús. Con gafas de sol para no ser vista, se fijaba en otros rostros durante el trayecto, y se preguntaba cuántas personas no tendrían, como ella, una historia que ocultar y que llorar cada noche. Recorría presurosa los últimos metros hasta la oficina, deseando, pudiera ser, pasar página de una vez y desconectar de Juan. Pero no sería posible, y Enma lo sabía.
-Buenos días, Enma. No olvide convocar junta para las doce. Vendrá el gerente y no quiero que se atrase nadie.
-Buenos días, Juan. No se preocupe, a las doce estaremos en la sala.
Con una sonrisa tan falsa como su autoestima, se dispuso a comenzar la jornada, en el anhelo de que su jefe contara con ella, en secreto y en calidad de amante, otra tarde más.