Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

domingo, 27 de octubre de 2013

Soneto al beso

Soneto al beso

Un beso es toda aspiración gozosa
a través de las bocas consagradas,
delirio de dos almas entregadas
en éxtasis de lujuria gloriosa.

Un beso se alimenta de sentidos
se nutre de pasión e idolatría
en la esperanza lejana que un día
culmine en ambos cuerpos fundidos.

Y esos cuerpos, aunados en la empresa
sean un solo beso eternamente
con sabores a ambrosía y fresa

acoplando sus vidas plenamente
fusionando anhelos en la promesa
de darse amor incondicionalmente.

domingo, 20 de octubre de 2013

La historia terminable

(Aviso, es largo. Una conocida me retó a componer un relato que mezclara romanticismo y escatología. Cuidado los estómagos sensibles)

La historia terminable

Si no fuera por las ganas que tenía de conocer a Damián, no me habría levantado de la cama. El día pintaba gris, qué malaje, sabiendo que llevaba yo más de un mes esperando nuestro deseado encuentro.
Entusiasmada, había tirado la casa por la ventana semanas antes, adquiriendo un modelito interior de encaje a precio de  traje de novia, para una jornada de amor que prometía ser inolvidable, y, seré honesta, ¡vaya que lo fue! Una no podía presentarse a tamaño evento con su atuendo íntimo habitual de cuello alto y refajo opresor. No procedía.

Cuando me vi ante el espejo de la tienda con aquellos milagrosos y canallas aros elevando lo inelevable, me sentí la mujer más sensual del mundo, pese a que tuve casi que pelearme con la vendedora para que me suministrara tres tallas más de sujetador que de braguita, ya que mi anatomía había decidido, años atrás, optar por una asimetría más propia de un globo aerostático que de una mujer. Entiendo que no le hizo gracia que le desbaratara dos conjuntos. Mis lolas habían acampado a sus anchas sobre mis costillas después del segundo embarazo, sin entender que lo coherente era volver atrás y quedarse en un tamaño, cuanto menos, razonable. Me figuré, en empeño  de aplacarme, que a Damián, como buen hombre de campo, le gustarían las mujeres pechugonas, como las vacas berrendas que tan rica leche le producían y de las que tan bien me hablaba, de manera que preferí dejar los complejos en casa y adquirir aquél clon de prenda de Victoria’s Secret que tan bien me sentaba. Quería arrasar.

Conocí a mi pretendiente por internet, en un chat colectivo que en principio se organizó  para hablar sobre colecciones, y que terminó siendo una reunión de porteras cotorras y futboleros aficionados, me incluyo.  Aun así, todos los que componíamos aquél equipo teníamos ganas de hacer amistades, triste vida, y de ese grupo brotó más de una pareja que hoy se podía considerar sólida. Eso me animó a lanzarme cuando mi galanteador me comentó que le atraía. Cierto es que, en no pocas ocasiones, nos quedábamos solos de madrugada en el chat, su conversación me resultaba harto agradable y se me pasaban volando las horas hablando con él de todo y de nada. En un principio, que yo fuera una taquígrafa prejubilada y él un ganadero solitario, se presentaba como un hándicap serio, pero Damián le aportaba una chispa a mi vida que ningún otro hombre en mi cercanía conseguía darle, y pensé que, salvo el problema de la distancia, y ni eso, todo tendría una importancia baladí.

Llegado el momento de intercambiar fotografías, me sorprendió que Dami tenía el atractivo rústico de Robert Redford, sí, sí, se le daba un aire. Me envió un par de imágenes escaneadas, una con pelo negro y denso, de quince años de solera, pero con una inteligente sonrisa que le hacía socarronamente atractivo, y una foto carnet reciente, canoso ya, en la que perdía la sonrisa, mas no la inteligencia, ni la socarronería. Quedará ñoño admitirlo, pero me dio tiempo a enamorarme de aquellas estampas como una adolescente se enamora del cantante de moda. Me lo imaginaba susurrando a las vacas como Redford a los caballos, solo que con extremeño acento. Honestamente, el extremeño me parecía más romántico que el inglés. Damián, además, tenía al teléfono una voz profunda y masculina, lo que alimentó mis fantasías hasta límites que a mí misma me avergonzaron.

Tuve no pocas ocasiones de poder  conocerlo en persona si hubiera ido a su cacereño pueblo en la Sierra del Losar, yo ya no trabajaba. Él, por su parte, podía también haber venido a verme a Madrid; siendo su propio jefe, nadie se lo impediría. Pero pospusimos la idea,  llevados, convencida estoy, por la nada nimia intención de conocer nuestras almas antes que nuestros cuerpos. En eso coincidíamos ambos, alcanzando poco a poco la certeza de que igual estábamos hechos el uno para el otro. Nos confesamos  clásicos para el tema de los sentimientos, y aquello me tranquilizaba. Damián no era un buscón.

Tenía dos años menos que yo, que a estas edades ya ni se nota. Era viudo, y desde que perdiera a su amada esposa, hacía dos años de ello, no había vuelto a intimar con más mujeres, debido también a que su negocio ganadero le absorbía prácticamente todo el tiempo, y cuando terminaba cada jornada, lo que menos le apetecía era marchar a la ciudad en busca de ligues. El tiempo se le iba escapando de las manos, igual que a mí, desde que se me fuera mi Pepe.

En el chat, nadie disimulaba si se sentía atraído por otro u otra, no teníamos ya ninguno edad ni ganas de ocultar nada, y Herminia, que coleccionaba huchas de cerdito, se convirtió - ya que era testigo diario de nuestro virtual romance-, en mi mayor confidente. A ella le participé de mis nervios cuando, por fin, mi enamorado se decidió a venir. Le conté a mi amiga que iba a por todas, una pasaba ya de protocolos y recatos, y le había pedido a Damián que se dejara de reservar hoteles y se viniera a casa. En el peor de los casos, mi vivienda contaba con habitaciones vacías. A ella le pareció genial la idea, a la par que directa y sincera; y si no se lo pareciera, me importaban tres pimientos. Sólo faltaba que tuviera que dar cuentas de mis actos con más de medio siglo de vida cumplido y dos hijos ya independizados.

A quien no le pareció tan genial -y eso sí me preocupaba – fue a mi hija Lourdes. Temía que le estuviera abriendo la puerta, ya no solamente de mi vida, sino de mi hogar, a un psicópata, sin yo saberlo. Lejos de crisparme por tan disparatado pensamiento, agradecí su intranquilidad. Era buena hija. Aun así, me deseó suerte y se alegró de verme ilusionada. Le conté también que me había comprado un conjunto sexy, cosa que le hizo mucha gracia y a mí no tanta, sinceramente. La idea de que mi hija me imaginara ridícula con ese atuendo no era plato de gusto, todo hay que decirlo.

Le consulté poco más tarde a mi amiga si tendría posibilidad de realizar alguna dieta rápida que permitiera a mis fofas y flacas piernas tomar un poco de carnosidad antes de la cita. Herminia era aficionada, con cierto éxito en su propia persona, a todo tipo de martirios, tratamientos y hierbajos milagrosos. También los coleccionaba. Me recomendó que comiera frutos secos todos los días y que no renunciara a la leche entera, aquella que yo había olvidado ya  coger de las estanterías del súper hacía años. Así obré durante dos semanas; me atiborré de castañas, avellanas y anacardos, leche de la que deja blanco el vaso y quesos grasos, pero no logré sino subir dos tallas más de sujetador. El sostén que tan estupendo lucí en el probador de la tienda había encogido escandalosamente, y mis mollas luchaban por escapar de las costuras como el huevo de Muriel de su foro de cocina. Aun así, quise ser optimista y fragüé en mi mente la idea de llenar el dormitorio de velas, para que esa mágica noche no se me viera mucho. Herminia, volcada en mi causa, se quedaba sola dándome aliento: “No te apures, mujer, con lo que gana ese hombre, te pagará una reducción de tetas, seguro”.

Llegó el anhelado día y, como comento al principio de este tocho, amaneció amenazante de tormentas. Pese a ello, me enfundé en mi mejor traje chaqueta años setenta (el único que me valía) y lo conjunté con un abrigo de lana color caca de mono que apestaba a naftalina, pero con el que me veía guapa. Rescaté también del altillo un gorro de pelo que, lejos de aportarme elegancia, me hacía parecer un soldado ruso travestido. De todos modos, opté por sacarlo a paseo. Un paraguas me sacaría, a su vez, del apuro de mojarlo, caso de empezar a llover.
Damián me había advertido que llevaría puesta una chaqueta de pana marrón. Cuando emergió de entre la multitud, en la estación, nadie en el planeta vestía, seguro, una chaqueta como aquella. Podíamos, él y yo, haber presidido una convención sobre historia antigua de la vestimenta. De todos modos, me gustó descubrir que era más alto y delgado de lo que yo pensaba.

Fue reconocerme, y acelerar. Esperé la formal cordialidad de dos besos en la mejilla; todo lo más, de un romántico y frágil ósculo, como los de las películas de cine mudo. Para mi sorpresa, mi galán desenfundó una mano del bolsillo de la chaqueta, mano cuyo tamaño envidiaría el Yeti, y la plantó sobre mi culo con la sutileza de un semental enardecido. Antes de que tuviera tiempo de aludir a los cuernos de su padre, abrió las fauces y, más que besarme, me engulló la cara entera. Toda mi boca se llenó de hombre, yo ya no sabía qué habría sido de mi lengua. Con toda probabilidad se habría perdido por la tráquea, empujada por la suya, que amenazaba también con invadirme las tripas como si de un Alien se tratara. Logré separarme antes de morir asfixiada, y le empujé con ambas manos, a fin de recobrar oxígeno y poder también mirarlo de cerca. Era incapaz de pronunciar palabra. Recé a todos los mártires del santoral esperando que no nos hubiera visto nadie. Ni por ésas; los domingos no trabajan los santos. Jamás en toda mi década de menopausia hube sufrido un sofoco como el de aquél momento. Podría juntarlos todos en uno, que no habría sido ni la mitad de ignominioso que éste. Para colmo de males, el rostro de Damián no se me parecía ni de lejos al que tenía en mi memoria. Habría jurado que durante el viaje le había crecido la mandíbula de modo alarmante, y que los finos labios que en sus fotos mostraba, habían sido rellenados con algún sobrante de bótox de Angelina Jolines. La cara acromegálica que de Cáceres traía, se me asemejaba más a la de Shrek que a la de Robert Redford, lo juro. Por suerte, no había perdido su caballerosidad.

- Qué ganas tenía de verte ya, amor mío. En persona eres mucho más bonita.

Me abrazó y me fagocitó de nuevo. Sin saber cómo reaccionar, esperé resignada a que terminara con el fervoroso arrebato. Algo debió notar cuando, mirándome a los ojos, decidió frenarse y me ofreció una bolsa de plástico que llevaba atada al asa de la maleta. Era buen momento para intentar tranquilizarlo:

- ¿Qué es?- sonreí, sin poder disimular el susto.
- Es para ti.

Me asomé dentro de la bolsa y, curiosa, abrí un poco el paquete de papel de aluminio que había en su interior. Un olor nauseabundo a sangre y vísceras inundó la estación, la calle, el barrio y Madrid entero. Cerré inmediatamente, sin llegar a averiguar lo que había, deseando que nadie se hubiera dado cuenta y que no cundiera el pánico entre la multitud. Ya estábamos llamando bastante la atención.

-¿Qué has traído, hombre de Dios?
- Es un conejo, de casa. Para que te hagas un arrocito.

Flores, juro que esperaba flores, o bombones, o ambas cosas; pero un conejo, francamente, no. De todas maneras, quise agradecer el detalle.

-Y ¿lo has matado tú?
-Claro, mujer. Ya te he dicho que es de casa.- me agarró la barbilla con suavidad- Pero, tranquila, que no ha sufrido nada. Ya sé cuánto te importan a ti los animalillos. Además, te lo he destripado, para que no tengas que pasar el trago.

El trago ya lo estaba pasando en mitad de la estación. Echándole valor, abrí otra vez y destapé un poco más el envoltorio, para verlo. El conejo venía entero y abierto en canal, pero sin desollar. Jesús Bendito. Lo rocé con los dedos, con precaución, no resultara al final ser una rata, ya no descartaba nada. El pelo estaba suave al tacto, pero el bicho tenía menos carnes que mis piernas, que ya es decir; era todo piel y huesos. No estaba yo muy convencida de que hubiera fallecido de golpe; por su estado raquítico y su olor, diríase que hubiera  muerto de gastroenteritis.

- ¿Me… lo llevas tú? Tengo el coche en el estacionamiento.
- ¡Claro! ¡Faltaría más!

Hizo un nudo a la bolsa (menos mal) y me ofreció su robusto brazo para que me agarrara. Durante los metros que recorrimos hasta el parking, me miraba repetidas veces con amor, en silencio. He de confesar que, a pesar de que su sonrisa necesitaba  unos brackets con urgencia, empecé a vislumbrar en aquella cara una ternura que no terminaba de disgustarme.

Una vez abierto el maletero, busqué el hueco más recóndito para albergar la bolsa, no fuera que, al volver, todo el coche oliera a morgue, y me viera obligada a frotar la tapicería con salfumán.
Había encargado mesa en un restaurante algo caro. Le dije que invitaría yo, ya que él se molestó en emprender el largo viaje en tren;  tenía su automóvil averiado en el taller, y, aunque me costó que aceptara, finalmente llegamos a ese acuerdo.

El camarero nos miró con cara de pocos amigos, no sé si por la hora que era ya, más hora de merienda que de almuerzo, o porque esperaba verme acompañada de un yuppie con gabardina. Saludando de modo seco y escueto, nos entregó sendas cartas para que escogiéramos menú. Damián se entretuvo tanto rato leyendo, que opté por adelantarme antes de que al esmoquinado hombre se le inflaran las narices y acabara  por traernos emplatadas las sobras de anteriores comensales.

- Yo quiero una crema suave de brócoli al parmentier, y un medallón alegre de ciervo braseado con espuma de frambuesa. (Toma ya finura).
-
- ¿Damián?
- ¿No tienen un cocido madrileño, o algo así? Es por probar algo de la tierra.

El camarero se quedó más parado que una tortuga en la Antártida. En toda su carrera de elitista hostelería, seguro que no había oído hablar de semejante invento.

- ¿No encuentra usted nada en la carta que le agrade?
- Pues… Verá, hace frío y vengo de viaje. Me apetecería más algún puchero calentito.
- Disculpe, entonces. Permítame consultar en cocina.
Nos quitó las cartas con bastante mala leche, y a mitad de camino se giró de nuevo.
- ¿Quieren beber algo, mientras tanto?
- Sí, - contestó raudo mi acompañante, sin dejarme abrir la boca. Me cogió la mano. Vino con gaseosa, ¿eh, cariño?
- Lo que tú digas,- acepté, más que por la voluntad de agradar, por la salud emocional del camarero.

Durante la espera, hablamos de los compañeros de chat, de qué estarían pensando, sabiendo que por fin nos encontrábamos. Deseé por lo más sagrado que mi leal Herminia no pudiera leerme el pensamiento.

- Podemos ofrecerle una fabada, señor. Pero tardaremos un poco; ejem, es  prestada del mesón de al lado. Lamentamos no tener incluida ese tipo de cocina en nuestro menú.
-
- A menos que prefieran ustedes irse al mesón de al lado, claro -remató con retintín vengativo, mientras abría la botella de vino, sin mirarnos siquiera. No me fijé en la etiqueta, igual la venganza incluía servirnos la botella más cara.- Si considera marcharse, lo entenderemos. Nada más lejos que forzar a un cliente a consumir a disgusto.
No habíamos empezado a comer, y ya se me había atragantado hasta el restaurante. Rendida y callada, dejé que Damián decidiera.
- ¡Una fabada! ¡Estupendo, me encanta! No se preocupe, esperaremos a que la traiga. Igual en el mesón de al lado ya están cerrando el comedor…

Un primer vistazo a mi crema de brócoli, comparándola con la fabada de mi pretendiente, me hizo arrepentirme de no haber pedido yo lo mismo. En un cuenco donde no cabría más que un café cortado, flotaba un objeto anaranjado sobre lo que parecía la bilis de la niña de El Exorcista. Moví aquella cosa con la punta de la cuchara, deseando que no estuviera viva. Resultó ser una pinza de centollo. A saber qué habría sido del animal, si a mi plato llegó solamente una pinza. La saqué con delicadeza y la deposité sobre el también diminuto plato que había debajo. No hallé tenaza alguna para marisco en toda la mesa; estaba claro que el centollo fue descuartizado solamente para adornar. “Indigno final el de no poder tomar parte de una cadena alimenticia”, pensé para mí.

La fabada que Damián asaltó, aún hirviendo, olía a gloria. Me moría de envidia mientras él se moría de gusto, cucharada va, cucharada viene. El tamaño del plato era colosal; dado el volumen de las raciones y las vajillas en aquél lugar, sin duda se la habían servido en una ensaladera. Opté por esperar a que se comiera, al menos, la mitad. Pero encima, tardaba lo suyo, pues no dejaba de parlotear. Daba igual que tuviera un pedazo de tocino en la boca.  Reía, hablaba, carraspeaba, masticaba, tragaba, bebía;  todo ello mientras me permitía contemplar parte de su digestión. La capacidad  de su boca era un escenario digno de una representación de Homero. Y luego dicen que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez.
Solamente se detuvo para tener otro alarde de cortesía.

- Pero… ¿No comes, mi vida? ¿No te gusta la cremita?
- Sí… eh… pero…

Alargó la mano y alcanzó la pata de centollo, sin consentimiento.

- ¡Te dejas lo mejor!

Ni corto, ni perezoso, puso la pata bajo la servilleta y le atizó tal codazo de arriba a abajo que, de no estar la pata ahí, habría partido la mesa en dos, dejando enano a Bruce Lee en su mejor golpe de brazo.
El rostro del camarero lo decía todo. Apoyado sobre la barra, suplicaba callado porque le llegara la hora de marcharse. Estuve por indicarle que los santos libraban en domingo, pero no quise darle más disgustos.
Saqué coraje de donde pude y me tomé la crema de dos cucharadas. De súbito, mi boca sufrió una inesperada deflagración. No recuerdo si me levanté de la silla voluntariamente, o salí eyectada.

- ¡Cariño! ¡Qué te pasa!

El camarero, que ya había entendido la peculiaridad del horario laboral santoral, acudió en mi ayuda.

- ¡Señora! ¿Se encuentra bien?
- Aaaaahhhh…
- Discúlpeme, se lo ruego. Olvidé decirle que la crema de brócoli lleva un poco de tabasco.

Toda la compasión que hube sentido por aquél hombre, que no fue poca, se me cayó a plomo sobre el piso. Si la crema suave era eso, miedo me daba pensar en qué consistiría la supuesta alegría del ciervo que después me esperaba. Reprimiendo mis peores instintos, le pedí, por favor, que me trajera el segundo plato. Damián, con ojos de “como te pille fuera, terminas como el conejo”, le hizo un gesto para que se retirara, y prosiguió con su fabada, no se le fuera a enfriar.

El plato llegó. Lo que no sé es si el ciervo no se habría ido de rositas, porque yo ahí no encontraba nada que pareciera carne. Junto a lo que sí era, indudablemente, espuma, había unas hebras parduzcas. Igual era la cadena del medallón. Me atreví a pinchar un poco y llevarme el tenedor a la boca. Sí, tenía sabor a caza, pero volví a sospechar que bien pudieran ser las sobras de otro, porque de medallón, aquello, no tenía ni el recuerdo. Tanteé la rosada espuma con el cuchillo, para algo tendría que usarlo. Se desvaneció. Vamos, que la espuma se desinfló como un globo, amenazando con matarme de hambre ese día. Damián, con cara de pena, se me quedó mirando. El camarero se metió en la cocina, pensando, no me extrañaría, que al final me daría un brote psicótico y acabaría persiguiéndolo cuchillo en mano; no sería por falta de ganas.
En mi plato, suavemente, aterrizó una cucharada de judías.

- Come, cielo mío. Está muy buena. Anda, come.

Me lo habría comido a él en ese instante. Se me olvidó de golpe toda su rudeza. Ante mí, por primera vez en esas accidentadas horas, pude reconocer al hombre que, desde la distancia, me hizo sentir tantas veces como una reina. Sin pensar más en ello, no solamente me comí las judías; le eché caradura, total, qué más daba ya, el espectáculo estaba servido de antemano, y pinché una rodajita de chorizo de su plato. Él me sonrió y me sirvió, sin complejos, tres cucharadas más. Entre risas, nos comimos juntos aquella fabada deliciosa. Oré de nuevo, esperando que hubiera algún santo de guardia, para que mi tracto digestivo no me traicionara esa tarde con una acumulación de gases no deseada. El camarero, viendo que habíamos recuperado la calma, que no la compostura, se acercó para ofrecernos un postre.

El plátano frito al helado de Pedro Ximénez sí era digno de pagar lo que pagué por ambos menús. Damián pidió café solo, sin azúcar. Arguyó que no le gustaban los postres dulces y que había venido durante todo el viaje comiendo fruta. Me alegró saber que los pasajeros habían sufrido parcialmente mitigado el olor del conejo.
El camarero se ubicó en la puerta para despedirnos, con todas las ganas, es de suponer. Tuvo, sin embargo, unas palabras de cortesía para mí; nobleza obliga.

- Un placer, señora. Esperamos que vuelva a contar con nuestro servicio.
- Gracias, estaba todo buenísimo.
- Esperamos también que venga acompañada por alguien con mejor paladar y mejores modales.

Dios mío. Solamente nos faltaba aquello. Agarré al aludido de la camisa en aras de que la tensión no fuera a mayores, en vano. Sujetándolo de la pajarita, le dedicó el eructo de su vida a centímetro y medio de su nariz. Quise morirme. En aquél  apestoso regüeldo iban englobados los efluvios de la fabada con su chorizo, y me temo que los del desayuno y la cena de la víspera. El perfumado empleado, una vez recuperó el control de su pajarita y de su vida, se mantuvo erguido, mirando al suelo con engreimiento y soberbia. Con las prendas en la mano, pero he de admitir que satisfecha, tiré de mi humillado compañero, a fin de abandonar de una vez aquél escenario. Una vez fuera, no pude evitar dedicarle mi mejor sonrisa, aunque en mi fuero interno pensara que estaba flirteando con un guarro.

Tras ayudarme, sin hacer falta, a ponerme de nuevo el abrigo y el peludo gorro, Damián me propuso un paseo por el Parque del Retiro. Me pareció bien; estaba muy cerca de allí, y necesitábamos una dosis de romanticismo que borrara de nuestras mentes todo lo antes acontecido. A fin de cuentas, y acabara como acabara el encuentro, a cada instante me encontraba más a gusto en su compañía, aunque no resultara ser del todo el hombre que me había imaginado. Dejamos mi abrigo y su chaqueta en el coche. La climatología, finalmente, fue generosa con nosotros, permitiendo que, casi a la media tarde, el astro rey se asomara tímidamente para regalarnos algo de calorcito, aunque negras nubes se obcecaban en impedírselo. Tímido pero decidido, mi invitado me cogió de la mano como haría un mozalbete, y admito que me ruboricé. Mis mejillas terminaron de estallar de bochorno cuando me propinó después un par de palmetadas juguetonas en las nalgas. No sé qué tendría yo ese día, que atraía las miradas cuando más quería evitarlas, y un anciano que se encontraba sentado en un banco aprovechando el sol que a ratos salía, soltó una estridente carcajada. “Vamos, vamoooos, ahí, ahí, daleee”, se reía para mi mayor vilipendio.

En una tregua codiciada, hablamos. Mi compañero se atrevió a abordar la cuestión  emocional. Me reconoció tener ganas, ya desde tiempo atrás, de poder decirme mirándome a los ojos que su vida había cambiado  desde que dio conmigo en el chat. No solamente porque compartiéramos la afición de la filatelia, sino porque había introducido, según él, un poco de alegría en su existencia, existencia que se limitaba a trabajar, dormir y comer, desde que se quedara solo. Siempre he pensado que solamente un viudo puede comprender a otro, y su franqueza, aparte de su empatía y complicidad, lograban, pese a todo y con el paso de las horas, que me comenzara a encontrar a gusto de verdad. Tan a gusto como cuando chateábamos por las noches, a veces hasta la madrugada.

Paseamos durante un buen trecho de camino al estanque, ora en silencio, ora charlando o riéndonos con sus ocurrencias, que no eran pocas. Siempre me he preguntado por qué a las mujeres nos gustan los hombres que nos hacen reír. Cierto es que siento algo de culpa al pensarlo, ya que a mí también me ha  atraído siempre. Mas, creo que, en ocasiones, ha de ser agobiante para ellos tener que hacer el payaso para vernos felices. Damián era experto en hacerme reír, y sin embargo también disfrutaba de su parodia; tenía algo de monologuista, algo de cómico, y algo de mimo. No me habría sorprendido que los números del conejo y de la fabada formaran parte de una coreografía satírica preparada a propósito para mi deleite, a pesar de la vergüenza que me hizo pasar. Gustaba de hacer imitaciones que duraban segundos, pero eran hilarantes y divertidas. Imitaba a políticos, a  presentadores, a deportistas, actores y cantantes, y lo hacía sin apuro en mitad del parque, sabiéndose contemplado, y gozando con las caras de asombro que encontrábamos al paso. De vez en cuando me miraba de modo entrañable, para asegurarse de que disfrutaba con todo ello. Por momentos, deseaba que lo dejara ya, yo no estoy acostumbrada a que la gente me mire, pero en mi íntimo contento quería  que no cesara. Yo también, como él, necesitaba reír después de mucho tiempo. Reír a carcajadas, sin recato, sin miramientos ni pudor, como se supone que correspondería a una cincuentona ya cercana a la sesentena.

Me arrastró con suavidad hasta un sembrado de césped, sugiriendo con los ojos que le apetecía sentarse allí. Pensé en la estrechura de mi falda. Todo fuera que saliera la costura por los aires. Pero accedí, a mí también me apetecía. Pensé que, sentándome con cuidado, evitaría el accidente. Como no podía ser de otra manera, se tiró en plancha  boca arriba sobre la hierba y me derribó sobre él. La costura posterior de mi falda no pudo con tanto salvajismo y reventó por todas sus puntadas, dejando a la vista los encajes de mi nueva braga, que al mismo tiempo ofreció íntegramente la visión, en su sensual traslucidez, de mis escurridas protuberancias nalgares. Quise averiguar, mientras mi caníbal adonis se ocupaba en la discreta tarea de devorarme otra vez, quién había sido el afortunado, en esta ocasión, de presenciar mi ridículo, porque seguro que lo había visto alguien. No fue ningún anciano, ni ningún camarero, para mi alivio. Fue toda una pandilla de púberes, chicos ellos, chicas ellas, los que, desde ya, contarían con esta exclusiva para subirla a las redes sociales en cuanto llegaran a casa, si no tenían, además, la feliz iniciativa de liarse a sacar instantáneas con el móvil para documentarse gráficamente. Peleé como una fiera por soltarme de mi pulpo. Pero Damián, entregado en cuerpo y alma al cometido de hacerme pasar el día más agobiante de mi vida, confundió mi obsesión por desasirme con un imaginario frenesí, y no se daba cuenta de lo que ocurría ni agarrándose a mi culo, cuyos encajes y pellejos al viento, digo yo que debían indicarle que algo pasaba, ¿no?

Los chavales la gozaban. Con la frescura y desvergüenza propias de la juventud, no reparaban en proferir  risas, gritos y barbaridades varias, bien alto, además, para que los demás paseantes se detuvieran ante el escándalo. Y gracias a ello fue que mi partenaire cayó en cuenta de que no estábamos solos, y de que había algo que no era precisamente ardor lo que me causaba, o al menos, ardor del que él creía. Se incorporó hasta quedar sentado y me observó, atónito, mientras yo trataba de recuperar algún retal de mi malograda falda que me pudiera cubrir la retaguardia expuesta. Miró hacia el otro lado y se topó con el cachondeo padre. Aquellos adolescentes habían hecho del suceso el acontecimiento del domingo, y no tenían intención alguna de detener la fiesta.

Sonó un trueno. Se conoce que algún santo había vuelto al trabajo y me hacía el favor de desencadenar por fin la tormenta, y di gracias por ello al santoral completo, aunque tuviera el paraguas en el coche y la falda rota. Pero no. Tampoco me había escuchado santo alguno.  ¡Cómo iba a ser un trueno! ¡Era un pedo! Partiéndose de risa, mi galán contemplaba a los desconcertados chicos, que no sabían si salir huyendo a la carrera o quedarse. Con toda la osadía de la que hiciera gala en el restaurante, Damián se había peído como una manada de bisontes ante los que de nosotros se mofaban. “Y ahora vais y lo whatsapeáis”, se pitorreó. Uno de los jovenzuelos se lo tomó mal, y se nos acercó de iguales malas maneras, retando a mi compañero a partirse con él la cara. Por fortuna, sus amigos lo frenaron, alejándolo de nosotros, no sin esfuerzo.

Aquello, lejos ya de parecerme divertido, me causó la reacción contraria. Aunque los chicos optaron finalmente por marcharse, no sé si conmovidos por mí o molestos con él, yo ya no me encontraba cómoda. Poco o nada estaba saliendo como hubiera querido. Desazonada, rompí a llorar.

-Se me ha roto la falda, Damián. Por favor, quiero irme a casa.
-Perdóname – se disculpó- apesadumbrado. Supongo que ahora entiendes por qué no he vuelto a tener pareja.

Me ayudó a levantarme y me giró sabiamente la falda para que el descosido quedara en un lateral. Pegado a ese lado, me agarró de la cintura y, cariñoso y callado, me acompañó hasta el parking, que además se empeñó en pagar. Me daba cierta lástima. Él pensaba que teníamos ya la confianza suficiente para aguantarnos todo tipo de bromas y afrontar con descaro y humor toda clase de situaciones por absurdas o violentas que fueran, y yo le estaba decepcionando sobremanera. Tanto, como él a mí.

Ya comenzaba a caer la noche. Me propuso buscar un hotel para quedarse allí. Secándome las lágrimas en el afán de sofocar mi ataque de llanto, le dije que tenía habitaciones vacías en casa, y que me gustaría que viniera, ya que se lo había ofrecido. Durante el trayecto, se permitió encender la radio y sintonizó un programa de jazz que nos obsequió con un poco de paz para el camino.

Llegando a casa, le dejé en el salón y le pedí permiso para retirarme al dormitorio, quitarme el traje y ponerme una bata. Él me lo pidió a mí para abrir la maleta sobre un sofá y sacar un pijama. Antes de hacerlo, metí la bolsa con el conejo en la nevera, donde debía estar desde hacía horas. Ya me enfrentaría otro día al momento de tener que abrirla de nuevo.

- Si quieres, preparo luego una cena rápida.
- Me he quedado muy lleno con la fabada, pero si quieres… no es mala idea, y así nos relajamos un poco – me sonrió, no sin cierto apuro todavía.

Yo también estaba empachada, con el agravante de que él había liberado presiones intestinales post-fabada en mitad del Parque del Retiro, y yo aún no. Me metí en el baño, después de desnudarme, para intentar… pero no hubo manera. Se ve que mi estado de nervios estaba dispuesto a no colaborar con mi digestión.

No había cerrado del todo la puerta del dormitorio, tenía la confianza y certeza de que, después de lo ocurrido, Damián había abandonado ya la idea de seducirme. A través de la apertura, lo miré. Estaba desnudo, y con cuidado buscaba su pijama en los rincones de su equipaje. Con cincuenta y no pocos años encima, lucía un cuerpo de treinta. No sabría explicar cómo fue posible, pero en ese instante lo deseé brutalmente, como lo había deseado durante meses en mis fantasías. Pasando totalmente de la bata, salí de la habitación y me acerqué hasta él. Mi conjunto de encaje pareció cobrar vida ante sus ojos, y su mirada me habló, esta vez muy en serio, de sentimientos sinceros y nobles.

- Si quieres, no preparo nada.

Con la delicadeza que desde siempre esperé de él, me abarcó entre sus poderosos brazos para besarme como los ángeles. Tal fue la fuerza de su apasionado abrazo, que mis entresijos explotaron en una colección de cuescos, que ríase usted de la colección de huchas de cerdito de mi amiga Herminia.

jueves, 17 de octubre de 2013

Imposibles

Es imposible no amarte;
imposible, no quererte;
imposible, no desearte,
e imposible, desprenderte.

Fue posible no gustarte
y posible, no atenderte;
e imposible enamorarte,
pues posible no era verte.

Ya no es posible perderte,
me es imposible soltarte;
es posible retenerte,
mas imposible, guardarte.

De posibles e imposibles
nuestro amor ha de llenarse;
cuando amarse ya es posible
lo imposible, es separarse.

Aranjuez hizo el resto

Chispearon sobre nuestras cabezas, a nuestra llegada, las primeras hojas otoñales de un olmo juguetón, hojas que, a la par, nos hicieron de alfombra. Al amor del sol de mediodía, nos besamos bajo los arcos del Palacio, que majestuosamente nos recibía, mientras el empedrado puso a prueba nuestra aptitud para caminar amándonos y sin mirar al pavimento. No estaba hecho el suelo para amantes.
En la intimidad del refugio, la pasión hizo el resto.

Los jardines nos llamaron tras el balcón, despertándonos dulcemente con el murmullo del río. La tarde prometía más hechizo todavía. Altos castaños y elegantes cipreses se irguieron a nuestro paso para indicarnos el camino al Parterre. Al entrar, porrones pintureros revolotearon nerviosos sobre el agua, avisando a las fuentes de nuestra presencia. Los cisnes, desconfiados, nos miraban de soslayo. El Espinario, al vernos, soltó su herido pie durante un instante y nos regaló una sonrisa. Apolo posó petulante y altanero, para nosotros, y Hércules, respetuoso, bajó su arma. Bako, regordeta y ágil, descendió de su fuente para ofrecernos un trago de bienvenida reclinando su barril, y Venus se contoneó para nuestros ojos. Un pavo real discutía con un grajo, al que finalmente ignoró, sabiéndose ganador. Una ardilla quedó perpleja, viéndonos pasar bajo el plátano que la cobijaba. ¿Sabrán las ardillas qué es un beso?
A lo largo del paseo, el amor hacía el resto.

Magnolios de brillantes hojas, a falta de floración, albergaban mariposas y presumían igualmente del color. Varios petirrojos, valientes, se acercaron a nuestros pies. El colosal Trinidad se inclinó solemne a saludarnos, mientras los ánades y las ocas estiraban, curiosos, sus cuellos, y el Plátano Mellizo reía por lo bajo, murmurando socarronas su mitad con su mitad.
En los embarcaderos se añoraban las falúas, y el Tajo tarareaba, una y otra vez, el Concierto de Rodrigo, por compensar el silencio.
Saladino nos alimentó en hospitalarios manteles de Damasco y nos llevó al Éufrates en fantasiosa sabiduría .
Y en la magia de la noche, Aranjuez hizo el resto.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Telesforo

Mi homenaje a un gran hombre de mi localidad.

Telesforo

Fuiste una institución en esta villa
quien algo necesitara, a tí acudía
dispuesto a toda hora, noche y día
cargándote trabajo a la costilla.

Ataviado con esparto, paño y pana
mechero de yesca y cinturón de cuerda
desde la niñez se te recuerda
cenceño, bajo tu boina de lana.

Leer, ni escribir, ni contar sabías,
ni entendías de intereses o ambiciones,
rehusaste ayudas y consideraciones:
"¡Maldita falta me hacen!", proferías.

Con pan y tocino untado eras dichoso
malpagado, todo gesto agradeciste.
Bonachón, mala fe jamás tuviste,
nunca supe de nadie tan generoso.

Cada vecino, sus llaves te confiara,
y con celo custodiaste sus tesoros.
Duerme en paz, querido Telesforo,
hoy te llora todo aquél que te tratara.

Mi niña agridulce

Mi niña agridulce

Mi niña agridulce se viste de blanco,
suave yogurcito de ácidos fermentos,
de ojos infinitos, como firmamentos,
boca de bombón y corazón estanco.

Mi niña agridulce de andar decidido,
se ve posesiva, se sabe entregada,
se alza exigente, se irrita y se enfada
si bien su dulzura me tiene rendido.

Mi niña agridulce, que cariño quiere
me busca, pretende y reclama, mimosa
si no la respondo, su orgullo se hiere.

Me ofrece su mirada más caprichosa,
y pide, melosa, que la considere,
mi niña agridulce de cara preciosa.