Irisada

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viernes, 30 de noviembre de 2012

La soledad del psicópata

No soy culpable, madre; la vida me hizo así. Y tú escogiste los cinceles equivocados. Creías que moldeabas al ángel de tus sueños, y creaste al monstruo. Me enseñaste a repeler y repudiar la mediocridad, a no admitir que me pisara nadie, jamás, costara lo que costara. Me envolviste entre algodones, sin pensar que, para curtirme, era menester que alguna vez me hirieran, y aprender así a curarme, asimilando que herir no estaba bien. Por el contrario, tus escarmientos y correctivos me indicaron que castigar era lícito cuando uno lo encontrara conveniente. Así lo hacías tú, según decías, por mi bien, y así pensaba que debía hacerlo yo con los demás, en el momento que correspondiera. Cuando quise darme cuenta, ya era tarde, y tú ya no estabas para participarme el error. Ignoré y desdeñé el dolor ajeno, para evitar y reparar el propio. ¿Acaso es eso malo, madre?

Jamás nadie que se haya cruzado en mi existencia, tuvo a bien ayudarme a encauzarla de otro modo: ni siquiera me pusieron sobre aviso. Yo sólo sabía construir mi felicidad a base de destruir la suya.
¿Qué piensas, madre? ¿Crees que no me dolía? ¿Consideras que lo que llevo devastando desde hace tanto, es por falta de empatía? Te equivocas: Me dolió hacer daño. Me dolió porque todos ellos me querían, y yo siempre agradecí el afecto. Yo necesitaba ser y sentirme querido, como cualquier mortal. Pero más me dolía hundirme, y hube de elegir.

Lo sé, madre: El fin no justifica los medios. Tampoco ha resultado ser el fin que yo deseara. Tengo todo lo que quiero, mas por lograrlo, he tenido que obviar toda norma, toda ley y toda ética.
Y ahora mi vida es una continua huida, una persistente anticipación a la justicia, que, implacable, se obstina en que desagravie mis desperfectos. Ahora solo existo para no ser descubierto, y en ello he de encaminar todo mi intelecto, mis acciones, y mi mísero porvenir.
Ya no hay vuelta atrás; me dejaste solo, madre.

Irisada