Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

sábado, 10 de marzo de 2012

Guindillas













Guindillas

Nadie.
Me pareció que llamaban a la puerta, mas al abrir la mirilla, no hallé a nadie detrás. Volví sobre mis pasos, apoyada en mi muleta. No había llegado de nuevo a la salita de estar, cuando escuché el timbre de nuevo. Esta vez, en vez de mirar, pregunté:
-¿Quién? ¿Llama alguien?
-Señola… ¡¡Galcía!!
Nunca había pronunciado nadie mi nombre así, y menos, una voz de “niña”. Me asomé de nuevo a la mirilla, y me topé con un montón de dientes. Abrí la puerta. Tuve que bajar la cabeza para verla. Ahí, de pie, se me personaba una criatura menuda, de cabeza grande y cuerpo diminuto, con evidentes rasgos orientales, que sonreía de una manera escandalosa. No sabría qué edad atribuirle, pero calculé unos cuarenta años, aunque, ciertamente, parecía una muchachita.
-Yo soy Amalia García. Sí. ¿Qué desea?
La mujer extendió el brazo de súbito, hasta darme casi en el rostro con un sobre.
-Señola… Liaño… ¡me manda!
Cogí el sobre y lo abrí. Dentro, dobladas de modo caótico, había tres hojas.
-¿Consuelo Riaño, dice usted?
-¡Sí!, -Asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.


“Querida Amalia: Como te prometí hace unas semanas, te envío a quien ha sido mi fiel asistenta durante estos tres últimos meses. Te gustará. Si por algo me duele tener que marchar tan lejos a estas avanzadas edades, es por tener que prescindir de ella. Es camboyana, habla bastante mal el castellano, pero lo entiende todo. Te envío mi nueva dirección y número de teléfono, así como fotocopia de su permiso de residencia. Un abrazo. Chelo.
PD: Ten siempre en casa algún bote de guindillas en vinagre; para ella son una golosina.”


Metí de nuevo la carta en el sobre y miré de nuevo a mi inesperada invitada, que seguía sonriendo. Media cabeza suya era sonrisa, y exhibía, la verdad, una caja dental lamentable, llena de piezas torcidas y amarillentas, lo que no restaba dulzura a su faz. Para colmo de males, mostraba dos hileras de dientes, aunque esa falta de complejo era lo que realmente despertaba mi ternura. Es verdad, Chelo me dijo que me la recomendaría, pero no pensé que me la enviaría por transporte urgente.
-¿Cómo se llama?
- Yira-Poh-Wang
- Dios…
-Llamá… ¡Yira!
Me contagió la sonrisa. Deduje que le venía de serie. Me pareció un ser tremendamente gracioso. Hablaba muy despacio, pero cuando llegaba a la última palabra de cada locución, tras un breve silencio, de súbito elevaba el tono y la pronunciaba casi gritando. Convertía en agudas la mayoría de las palabras llanas, lo que otorgaba una alegría peculiar a su vocalización.
-¿Duerme ahora en alguna parte?
-Casa… señolá… ¡Liaño! Malcha hacia nolte ¡mañana! Malido… … ¡jubilado!
-Y, ¿por qué no se va con ella al norte? Ella estaba a gusto con usted. Y Galicia es precioso.
-Nolte… ¡flío!, -exclamó, encogiendo el rostro. Decididamente la prefería sonriendo.
-No llamá … ¡"usted"!; Me gusta… … "¡tú!"
Vaya, eso significaba dos cosas: que debía tutearla, (lo cual me gustó), y que disponía de veinticuatro horas para acomodarla en alguna habitación. Valiente gamberrada, la de mi amiga. Solamente tenía una cama plegable que compré por suerte meses atrás, para acomodar en ella a mi sobrina mientras estuvo cuidándome durante mi convalecencia. Pero, habitación, tendría para elegir. La casa era muy grande.
Le fui franca. Le dije que tendría que pasar unos días de prueba antes de decidir si me quedaba con ella. Para mi sorpresa, asintió encantada con la cabeza, como ya era natural, sonriendo. Le invité a entrar, y le enseñé, estancia por estancia, el que, desde el día siguiente, sería también su hogar.
Dos horas, y Yira estaba ya pasando el plumero por las estanterías a velocidad de vértigo. Me daba hasta apuro ver, a la que aún era para mí una perfecta extraña, tan volcada en el deber doméstico de mi casa. Y yo debía salir a comprar algo para comer. Me vestí y peiné. Le pregunté si me acompañaría, y en menos de dos segundos la tenía en la puerta, abrigo puesto, y cogiéndome suavemente del brazo, sonriendo, claro, para ayudarme a llegar hasta el ascensor. Incluso me cogió las llaves para cerrar ella la puerta. Creo que acababa de tomar conciencia de mi propia edad. Nunca antes me habían cuidado, a excepción de cuando me rompí la cadera y pude contar con la ayuda de una sobrina nieta, a la que brindé cobijo a cambio, hasta que encontró trabajo como abogado en la capital y pudo emanciparse, pero siempre quise valerme por mi misma si no lo precisaba de verdad. Mis ochenta años eran reales.
Al llegar al supermercado, la miré preguntándome qué querría comer. Como mi amiga me indicara, me entendió a la perfección.
-Usted… ¡complá!; Yo como ¡todo!
Con una mano agarraba una cesta; con la otra me llevaba a mí. Le indiqué que, aun con muleta, podría caminar sola. Me soltó pidiéndome perdón por ello. Cargué la cesta de verduras y algo de pollo, y, por supuesto, un bote de guindillas en vinagre. Su sonrisa, increíblemente, se multiplicó.
Al llegar a casa, nos despojamos de abrigos y me dirigí a la cocina, pero ella no me lo permitió.
-Usted… ¡sientá!; Yo… cocina… hago… … … ¡comida!

Fui cogiendo el truco al particular modo de pronunciar de aquella chiquilla. Cuanto más énfasis quería otorgarle a la última palabra de sus frases, más larga era la pausa que la precedía. Y su estrategia funcionaba; conseguía que yo captara el mensaje y la intención. Esta mujer amenazaba con llenarme la casa de puntos suspensivos.


Me quité la ropa y me cubrí con una cálida bata. Al volver a la cocina, encontré a Yira en cuclillas, con las rodillas pegadas a los hombros, y con una cacerola grande y una tabla sobre el suelo, picando verdura a toda velocidad.
-Mujer, siéntate a la mesa, ¡debes estar incómoda ahí agachada con la cazuela en el suelo!
Se levantó y me apartó suevamente con la mano.
-Usted… ¡descansá! Yo… mejor así… ¡costumble! No… ¡pleocupe! Así, cazuela… ¡no cae suelo!
La comida estaba exquisita, Yira no era ninguna novata de los fogones. Y viéndola trabajar así, me empecé a encontrar a gusto. Chelo no me había mentido.
Me fijé en su trenza negra e interminable. Le llegaba hasta la cintura. Pensé que, cuando la deshiciera, luciría una melena impresionante, de color semiazulado, lisa y lustrosa.
Por la tarde me quedé algo traspuesta en el sillón del salón, mecida en parte por susurrantes canturreos de mi asistenta, a los que no tardé en acostumbrarme. Ella seguía con sus labores, como accionada a pilas. Parecía una cucaracha despistada, correteando de acá para allá, sin detenerse. De vez en cuando entraba en la salita, donde yo visionaba la televisión, y con su ya habitual sonrisa se cercioraba de que yo estuviera bien. Yo le respondía con otra; me contagiaba sin remedio.
Hacia el anochecer, entró a preguntarme qué quería de cena. En la nevera encontraría fiambre y material para una buena ensalada. En un rato estaría preparada la mesa, con el bote de guindillas abierto y listo para ser asaltado. Me preparó un sándwich de pavo y me acercó un plato de ensalada, y el bote de guindillas. Las rechacé; en mi juventud me gustaba comer alguna de vez en cuando, sobre todo cuando comíamos cocido, pero era un alimento demasiado fuerte para mí. Después de cenar, Yira marcharía a dormir a casa de mi amiga Chelo, y al día siguiente vendría otra vez, aunque me pidió llegar un poco más tarde, para poder despedir a los que habían sido sus jefes hasta hoy. Pero ahí no terminaron las sorpresas. Para mi asombro, agarró dos rebanadas de pan, y se fabricó un sándwich ¡de guindillas!.
No podía creerlo. Mi asistenta engulló ante mí una bomba de relojería. Saltaba, lloraba, bebía agua como una rana, se sentaba de nuevo, y volvía a morder su sándwich con fruición para saltar de nuevo, llorar de nuevo, beber de nuevo… Impresionante. Me dejó con la boca abierta. ¡Además, la mujer disfrutaba!
-¡ah!... ¡aaaaah! ¡oooh!... ¡guindillá!... gusta… ¡mucho! ¡ah! ¡oh!
En un intento de ayudar, le ofrecí un trozo de queso manchego, a ver si ello conseguía calmar sus ardores esofagales de alguna forma.
-¡Noooo, quesó, no!¡Ahg! Queso huele… … … ¡pies!
A mi edad pensé que poco nuevo me quedaba por ver; estaba, por supuesto en un error del que salí esa noche de la manera más divertida.
Cuando Yira marchó, me dio un beso en la frente. Otra sorpresa más… que también me gustó.
A la mañana siguiente, no tardó tanto en llegar como pensaba. Mi amiga y su esposo debieron madrugar para emprender viaje. Apareció cargando una pesada maleta. Escogió una habitación donde no había más que un armario, que vacié de viejos abrigos, y dos antiguos aparadores que habilitó para ropa. Me pidió, eso sí, una mesita pequeña, y le indiqué dónde podría encontrar dos, que, rápidamente, se llevó allá. Entre ambas, sudando, (y yo, cojeando), pudimos también trasladar la cama plegable. Sacó una bolsa pequeña con también pequeños objetos, que repartió en los cajoncitos de ambas mesillas. Y extrajo, con cuidado, de un saquito de tela, cinco figuritas de Buda de diversos colores y tamaños, que colocó sobre una de ellas con mimo y susurrando ininteligibles palabras, llenando toda su superficie. La observé curiosamente y se dio cuenta.
-Buda ocupá sitio… ¡mucho!... Buda siemple… ¡sentado!... Nosotlos no… ¡Clucifijo!... ¡Agh! Toltula… … Maltilio… … suflimiento… … … ¡holible!
Por primera vez en mi católica existencia, y ante aquella mueca de terror evocando la crucifixión del Señor, mis religiosos pilares temblaron bochornosamente, lo admito.
Me retiré a la salita, en aras de permitirle intimidad para terminar de ubicarse. No comimos tarde, de todas maneras. Preparó un rico arroz a la cubana. Como el día anterior, lo hicimos juntas, en la salita; me agradaba su compañía en la mesa. Esa tarde le haría pasar, además, una prueba difícil y para mí, crucial: la plancha.
Le di dos blusas y dos faldas, escogidas de mi ropero, con los justos dobleces, volantes y fruncidos como para poner nerviosa a la planchadora más experta. Debía probarla, y ella, al ver que no era ropa recién lavada, se percató de mis intenciones. Aun así, sonreía.
-Yo abro… ¡tablá!... Plancho ahola… ¡mismo!... Usted… ¡obselvá!
No se amilanó. Escogió primero la blusa de chorreras, la más complicada de estirar. Con suma delicadeza, la extendió sobre la tabla, comprobó la temperatura de la plancha, y se puso a ello. En mi vida había visto planchar así. Mimaba la prenda. La extendía cogiéndola suavemente por las costuras con dos deditos, la acariciaba con la palma de la mano. Diría que la blusa disfrutaba siendo planchada. Lo habría jurado sin temor a equivocarme. El tejido parecía estremecerse bajo el calorcito y con los susurrantes cantos de su planchadora, canturreos que, en lo indescifrable de su idioma, se me antojaban dulces y tiernas nanas. Sólo quedaba que mi blusa se quedara dormidita entre sus brazos; y ya no podía, a esas alturas, descartarlo. Era una delicia mirarla mientras trabajaba; ¡volcaba en ello todo el amor del mundo!
-Yira, ¿quién te enseñó a planchar? Me estás dejando sin palabras.
-Camisa… como piel… … ¡pelsona!... Misma… ¡folma!... Mismo… ¡huele!... Si tú amas pelsona… tú amas… … ¡camisa!

Me dejó muda, si aún era posible, por unos instantes más.


-Quedas contratada. No hay más días de prueba. ¿Vamos a comprar guindillas?
Mi camboyana cuidadora sonrió como nunca. Su sonrisa se amplió hasta límites insospechados, pintó las paredes y techos, inundó todos los rincones de la casa, salió por las ventanas y recorrió calles y barrios; toda la ciudad, sublevada ante Yira, se hizo sonrisa.