Irisada

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¡¡Hola, amigos!!

sábado, 4 de febrero de 2012

El reposo de Napoleón



-¡¡Napo!! ¡¡A la calle!!

La tarde vaticinaba una noche extremadamente fría; la escarcha, producto de una niebla que no había terminado de disiparse, cubría por completo la hierba del jardín, y toda la calle presentaba un aspecto blanquecino y cromáticamente uniforme. En absoluto me apetecía salir con ese panorama, pero mi perro tenía que ir “al aseo” antes de que nos fuéramos a dormir.

-¡¡Napoleón!! ¡¡Nos vamos!!

No. No piensen que mi perro se hacía el sordo barruntando el helado paseo. Napo presumía, si es que de ello se puede presumir, de una sordera algo preocupante, debida a su avanzada edad. Lucía una graciosa y canosa perilla sobre el hocico, a contraste con el negro aterciopelado de su cabeza y manto; que conservaban todavía el resplandor del charol.
Quince años, para un mastín napolitano, (de ahí se nos ocurrió el nombre) eran muchos años, y aun estando sano como estaba, los síntomas de vejez iban delatándose por días, desgastando el organismo del animal poco a poco.

-¡¡Napoooooooo!!!

Me acerqué a su lado. Dormía plácidamente en su cojín. Mas, para estar sordo, se dio cuenta de inmediato de mi presencia y abrió un ojo. En sus cejas y sus colgantes orejas también había presente alguna que otra cana, con lo que su rostro adquiría un aire intelectual, haciéndole parecer una especie de Einstein hecho can. Sin levantar siquiera el cuello, comenzó a agitar la cola, esperando, esta vez poniendo oídos, a que yo le diera la orden pertinente.

-Napo, ¿vamos a la calle?

Y Napo pegó un brinco de órdago, parándose sobre las cuatro patas abiertas. Se sacudió todo él, entero, trasladando sinuosamente el zarandeo por todo el cuerpo, como la peristalsis de una lombriz, pero menos elegante, debido a su enorme cantidad de pellejo, desde la cabeza hasta el rabo.

Una vez peinado por sí mismo, se tomó la molestia durante unos largos segundos para conseguir una posición medianamente erguida. Colocando pata por pata, doloridas las cuatro, y algo anquilosadas por la creciente artrosis, fue tomando posición, a fin de prepararse para el pistoletazo de salida final. Y el pistoletazo consistió en ocho o diez pasos torpes y medio escorados, nada armoniosos por culpa de sus callosas articulaciones, tras los cuáles se detuvo con la lengua fuera. Me miró. Debió pensar: “Qué tiempos aquellos en los que me plantaba en la puerta de un salto, ¿verdad?”.

-Tranquilo, Napolete, tómate tu tiempo, ¡¡ya sé que te crujen las bielas!!

Una vez fuera, ya había desentumecido casi del todo su anciana y pesada anatomía, permitiéndose, graciosamente, dar un hábil saltito para bajar el escalón de la entrada. Ya en la calle, procedí a ajustarle la correa, y comprobé que su collar estaba bien abrochado, aunque no temía en absoluto que iniciara una carrera veloz si se escapaba.

Napoleón caminaba tras de mí cada vez que salíamos, a remolque, desde hacía algunos meses. Antaño quedaron las “carreras de trineo” que me brindaba a lo largo de la avenida, conmigo arrastras y desesperado por poder alcanzar su velocidad sin jugarme un cabezazo contra alguna señal de tráfico. Poco a poco, paulatinamente, fue frenándose, y durante una temporada llegó a andar paralelo a mi cuerpo, a mi paso, cosa que siempre deseé, mas nunca supe educarle para ello.

Llevaba la cabeza gacha, con el hocico elevado; la mirada forzada y fija hacia el horizonte. Ya no reaccionaba de súbito frente a algún perro que pasara por la acera de enfrente; ya no tenía, ni con mucho, la misma percepción visual, menos aún de noche, y estoy convencido de que a estas alturas se guiaba mayormente por el olfato.

Durante muchos años, al llegar al parque, mi perro se entusiasmaba perdiendo el control, brincando y ladrando, impaciente porque le liberara de su correa, y así pudiera correr en busca de los perros vecinos para jugar. Ahora se detuvo al borde del césped, lengua fuera, cansado por la caminata, y sin gana ninguna de permanecer ahí salvo porque tenía la necesidad fisiológica que le obligaba a salir a diario. Dudo también que pudiera oír los ladridos de los perros que correteaban libres no lejos de allí, y dudo también que pudiera verlos, por lo que deduzco que no le generaba tampoco nostalgia el hecho de no poder sumarse al grupo. Mis vecinos, que permanecían abrigados hasta la frente y de pie sobre una alambrada, charlando tranquilamente mientras sus canes se divertían, me saludaron de lejos con la mano, respondiendo yo de igual manera. Alguno de ellos llamó cariñosamente a mi Napoleón, sin recibir, lógicamente, reacción ninguna del animal.

Napo se escondió tras unos arbustos para realizar su higiénica tarea; siempre fue muy discreto para eso, aunque ahora, sus incipientes cataratas le impedían esquivar alguna rama que le arañaba la cara sin querer, y se quedaba quieto, hasta que yo mismo le retiraba la leñosa molestia, ya que él no se valía como antes para quitársela con la pata. Una vez hubo terminado, (tardaba mucho, estaba poco ágil hasta para mantenerse agachado, y yo me quedaba tieso de frío, pero qué se le iba a hacer), procedí yo a cumplir con mi deber de mantener limpia la ciudad utilizando la bolsita al efecto, y él mismo se encaminó de nuevo hacia la avenida, deseoso ya de volver a casa.

El trayecto de vuelta se nos hizo el doble de largo que el de ida, tan extenuada andaba mi anciana mascota. El frío se me metió en los huesos a fuerza de detenerme de vez en cuando con él para que recobrara fuerzas a fin de poder continuar. Aprovechaba para acariciarle; poco tiempo me quedaría ya para hacerlo, me temía, y él me respondía con un lastimero pero cariñoso gemido, moviendo levemente la cola en aprobación. Al llegar a la puerta de casa, cobró repentinamente cierta agilidad y subió el escalón de un salto, esperando impaciente a que yo abriera la puerta para adentrarse derecho hasta el cuenco de agua que le esperaba en el tendedero, y calmar su sed. El contenido del plato de pienso apenas había mermado su volumen desde hacía días. Mi perro, pese a su tamaño, cada vez consumía menos, y ya no hacía caso a los pequeños manjares que antaño le ofrecían los niños cuando merendaban; le cansaba hasta comer.
Mi hijo pequeño apareció de súbito por allí, y se abrazó a Napoleón mientras bebía, pero, a diferencia de tiempos pasados, éste, en vez de revolverse juguetón, refunfuñó suavemente, pidiéndole de tal modo que le permitiera terminar de refrescarse para poder volver a su mullido cojín.

-¿Por qué se enfada, papá?

-No se enfada, está muy cansado y ya no puede jugar como antes, hijo.

Mi can se dejó caer pesadamente sobre su cama, emitiendo un resignado suspiro para, inmediatamente, cerrar los párpados y, por fin, intentar descansar.
La criatura, lejos de rendirse, se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el costado. El animal hizo un postrero esfuerzo para girar sobre sí, ofreciendo toda la extensión de su barriga para dejarse rascar a placer. Su cabeza, echada hacia atrás y semiladeada, adoptó una mueca entre terrorífica y tierna, con los párpados medio vueltos y los ojos casi en blanco, pero fijando la vista con dulzura en la cara del niño, y los belfos caídos hacia atrás, mostrando unos colmillos que no habían perdido su buen aspecto pese a la edad, y que aún evidenciaban al poderoso mastín que Napoleón siempre fue.

-Ya es un abuelito, ¿verdad, papá?. Y duerme mucho.

-Sí, ya es muy mayor.

Acaricié el rostro triste de mi pequeño, que descubría así la injusticia divina de hacer envejecer a los perros mucho antes que a sus amos.

-Y tienes que estar preparado, porque no falta mucho ya para que un día, ¿sabes?, cuando se quede así, dormido, ya no pueda despertarse. Entonces estará ya reposando en el cielo, junto a todos los perritos que yo he tenido, ¡que han sido muchos!. Y allí, te aseguro que ya no le dolerá nada, y volverá a jugar y a correr como hacía antes.

-¿Para siempre?

-Para siempre.

Napoleón emitió un prolongado gruñido, susurrante y mimoso, de puro contento, y comenzó a roncar.