Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

miércoles, 18 de enero de 2012

Siempre contigo

“I love you”.
Siempre me gustó dibujar corazones sobre el vidrio empañado. Y siempre anotaba, dentro de ellos, la misma frase. A nadie en particular iba dedicada o dirigida, pero me gustaba hacerlo. Me gustaba, también, observar la avenida desde la gran cristalera ahumada, sabiendo que desde fuera nadie me veía, ataviada con traje de baño y zapatillas.

Miré el termómetro: Dos grados Celsius en el exterior; veintitrés en el interior del recinto deportivo.
Me senté al borde de la piscina, dispuesta a bañarme de nuevo no tardando mucho, y algo llamó mi atención a pocos metros de mí, sobre el suelo. Un libro. Alguien lo había olvidado allí. Le pregunté a la única persona que había allí conmigo, un hombre maduro y de envidiable forma física, que me dio una negativa respuesta (molesto quizá por mi interrupción, sin sonreírme siquiera, lo que le restó el noventa por ciento del encanto), y de seguido siguió nadando.

Observé la portada: Un título largo, la imagen de una reproducción artística de un grupo instrumental de música clásica, sin músicos, pero preparado, parecía, para comenzar a interpretar de un momento a otro la más majestuosa sinfonía. Y el autor: un eminente psiquiatra conocido y admirado por su trayectoria y por sus apariciones frecuentes en los medios de comunicación.

No miré más: El libro no era mío. Me incorporé y busqué a uno de los vigilantes para entregárselo. Me lo agradeció, y continué con mi baño dominical durante una hora, para marcharme a casa después.

Al volver allá el domingo siguiente, el libro me fue devuelto por el mismo vigilante, que arguyó amablemente no haber recibido noticias de su dueño en toda la semana. Esa misma tarde yo partiría en tren hacia el norte, era víspera de Nochebuena, y celebraría las navidades con unos parientes lejanos con los que, encantada, ya lo llevaba haciendo desde unos años atrás; navidades que también me servían de excusa para reencontrarme con ellos y no hacer pereza, puesto que los quería mucho, solo que la distancia y las ocupaciones me ponían difícil visitarles con más frecuencia.
Estupendo: Recuperar el libro me evitaría tener que buscar o comprar otro para el trayecto, y además, lo admito, me había picado la curiosidad.

El viaje no pudo resultar ser más ameno. Me emborraché de ternura y emociones con aquella novela. Me enamoró perdidamente; rebosaba sensibilidad, anécdotas de vida maravillosas, cordura, experiencia, enseñanza. Disfruté como pocas veces lo había hecho leyendo, y me prometí que, a la vuelta, ese libro ocuparía un lugar preferente entre mis novelas escogidas, aquellas que terminan ubicadas oportunamente en un estante especial, a sabiendas de que serán releídas, como mínimo, una vez al año.

Llegué a la estación cuando aún me faltaban tres capítulos para concluirlo. No importaba; esa misma noche lo acabaría en la soledad de mi habitación de invitados.
… O eso creí. Una vez terminado el protocolo de abrazos y halagos de los familiares que me fueron a recibir, permití que se ocuparan de mi equipaje, una maleta y una caja de considerable tamaño, y de súbito vi, atónita, cómo, después de despedirse con un altivo toque de silbato, mi tren iniciaba la marcha de nuevo… con mi libro.
Lo olvidé sobre el asiento. Al darme cuenta se me encogió el estómago. Me invadió todo un cóctel de sentimientos: Rabia, impotencia, congoja, tristeza, coraje…

Había dejado marchar, por prisa y despiste, a un objeto de indescriptible deseo. De haber tenido tiempo, habría plasmado un corazón sobre el cristal empañado de mi vagón con un “I love you” dedicado a él. La alegría y la euforia de mi familia causaron que superara el amargo momento, pero sólo temporalmente. En la soledad de mi habitación de invitados me encontré casi perdida sin mi añorada novela. No pude terminar de emborracharme de ternura y emociones; ya no me embargarían la sensibilidad, las anécdotas de vida maravillosas, la cordura, la experiencia, y la enseñanza de sus páginas.. Ya no pude saber qué deliciosas vivencias me habrían deparado en los últimos capítulos de su sublime prosa.

Al día siguiente, cena de Nochebuena. El día transcurrió visitando junto a mis parientes lugares adornados por Navidad para deleite de los que pisáramos las calles. No comenté nada sobre mi novela recién hallada y perdida, y, pasando ante una librería, pensé preguntar si la tenían allí, por un casual, pero no quise entretener con mis caprichos a mi familia; ya lo buscaría cuando volviera a mi localidad.

Disfruté de la cena como cada año, rodeada de cariño y exquisitos manjares, riendo, cantando, y rezumando buenos deseos para aquellos que, cada año, abrían las puertas de su hogar para mí y me aceptaban como a uno más, aun siendo una simple sobrina para algunos, y una prima para otros.

Llegó, como era costumbre, el instante de abrir regalos. Yo acostumbrara, desde unos años atrás, a llevarles un presente colectivo: una cesta navideña llena de productos de mi tierra que sabía que ellos degustaban especialmente, nada baratos, por cierto. Pero no es caro aquello que se ve que alguien disfruta con la fruición que ellos lo disfrutaban.
Ante mí dispusieron varios paquetitos, y procedí a descubrirlos entre silencios y miradas, con los nervios y la gratitud requeridos, pues siempre supieron acertar con mis gustos.

Y esta vez no fue diferente, afinaron también: En un paquete, un disco compacto de música celta, un deleite concentrado en formato digital. En el segundo, una enorme pañoleta que me vino al pelo, pues no llegué allá lo convenientemente preparada para las terribles heladas que me recibieron. Y abriendo el tercer envoltorio, hallé un libro. Un libro de título largo, con la imagen de un grupo instrumental de música clásica en su portada, sin músicos y figuradamente preparado para tocar. El autor: un reconocido psiquiatra…

Historia basada en hechos reales.

4 comentarios:

  1. Excelente relato y genial desenlace. Me ha encantado. Siempre he dicho que los hados se complacen en provocar casualidades y desde luego que la que sucede en tu relato es ciertamente sorprendente. Muy bien escrito además.

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    1. desde luego que cuando se juntan tantas casualidades, al final se construye un episodio precioso. ¡¡Gracias Cavara!!

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  2. ¡Qué bueno, María! Bien escrito, como acostumbras. Y si encima terminó de la manera que dices... chapeau! Investigaré en san google de qué libro se trata, jejeje
    Otro besoooooooooooooooo

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    1. No lo busques, yo te lo digo:
      "Concierto para instrumentos desafinados" de Vallejo Nájera.

      ¡¡Te encantará!!! ¡¡muchas gracias cielo!!!

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