Irisada

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sábado, 28 de enero de 2012

Pecados excusables


PECADOS EXCUSABLES

Nunca supo las veces que permanecí observándole tras la ventana de mi dormitorio. Durante más de cuatro meses, cada Martes y Viernes, le veía aparecer conduciendo un turismo blanco pasada la medianoche. Estacionaba siempre, pese a que estaba prohibido hacerlo, junto a la señal que advertía de la presencia del colegio y del peligro de poder toparse con niños cruzando la calle. Apagaba el motor y se quedaba allí durante al menos una hora. En ocasiones, descendía del vehículo y se acercaba a la señal para apoyarse sobre ella, permaneciendo así durante interminables minutos, moviéndose lo justo para ir prendiendo cigarrillo tras cigarrillo hasta que, a saber si el sueño, el aburrimiento, o simplemente el final de su paciencia, le llevaban a subir de nuevo al coche e irse.

Una vez se hubo marchado, me dispuse a prepararme para mi escapada nocturna. Me miré al espejo y me acomodé la toca. Para mi revoltoso cabello era una ventaja llevar aquella prenda, aunque no siempre conseguía cubrir los traviesos rizos que insistían en sobresalir bajo mis orejas. Mi hermana me decía repetidas veces que me había metido a monja por mi complejo de despeinada, y, pese a que me hablaba en broma, admitiré que no andaba muy lejos de la verdad. Claro, ella jugaba con ventaja: Sus rizos, ignoro por qué razón, eran automáticos y se ordenaban solos.

Siempre llevaba a mi querida gemela en el pensamiento. Nuestra necesidad de estar juntas era tal, que, pese a que el océano y el devenir de la vida nos había separado ya hacía años, casi una veintena, no me importó buscar estrategias que me permitieran acercarme a ella con frecuencia, aun a escondidas y a riesgo de ser descubierta por alguien de la congregación. Realmente no era consciente de que, si alguna vez me encontraran utilizando la webcam del ordenador de la madre superiora, no habría piedad para mí, y con casi total seguridad sería de inmediato trasladada al más lúgubre y lejano de los rincones geográficos para seguir la vida contemplativa que en su día escogí, pero alejada de mis alumnas y de mis internas, éstas criaturas que otorgaban a chorros alegría a mi existencia, y que colmaban el maternal instinto que siempre creí sentir. En aquél despacho se guardaba documentación a la que nadie debía acceder. El Señor sabe que jamás en mi cabeza cabría hacer algo así, pero nunca entendí por qué a la superiora no se le habría ocurrido instalar una cerradura. Tentaba al Diablo.

Oí por fin el sonido de los zapatos de la madre Blanca sobre el parquet de la capilla. Era el momento de salir hacia allá. Como cada noche, esperé a verla adentrarse en la galería para hacerme la encontradiza. La saludé, y ella me respondió:

-Vuelve usted a la capilla, madre Ángeles. Me preocupa que duerma tan mal.
-Dios es la mejor terapia contra el insomnio, madre. Él me mecerá en su paz y conseguirá que concilie el sueño.
-Entonces espero que Dios no se haya quedado dormido. No me gustaría encontrarla mañana echada de mala manera sobre un banco.

Abrí la puerta de la capilla y bajé el escalón. La madera crujió bajo mis pies a modo de saludo.
Me arrodillé ante el altar y recé unos minutos, más por asegurarme de que madre Blanca no volvería sobre sus pasos, que por necesidad espiritual. En aquél momento no era precisamente la fe la que me movía a entrar allí a las dos de la madrugada. Me santigüé y crucé el altar por detrás, a fin de alcanzar la puerta de la sacristía, que, atravesando de dos zancadas, me permitió personarme sin rubor ni vergüenza en el despacho de la superiora. A madre Blanca le gustaba quemar incienso cuando se quedaba trabajando por la noche, y todavía podía percibir su denso perfume. Me senté en el sillón, junto al ordenador, y en menos de un minuto estaba ya buscando a mi hermana por la red. Ajusté mi toca para que ella me viera guapa a través de la webcam.

-¡Nena! ¡Mírate! ¿Viste lo pálida que estás, Ángela? Aaaah, se nota que no comes bien, ¡Y, qué pelos! Si mamá te viera se enojaría con vos, por desprolija…

Argentina se quedó con mi hermana y con su acento extremeño. A veces me costaba entenderla, mas ver su imagen me era ya bastante para llenarme de dicha y paz.

De modo encubierto, cuales amantes desesperados, Nieves y yo nos encontrábamos durante treinta deliciosos minutos una vez a la semana. Pese a lo grave de mi falta, saltándome a la torera las normas de mi comunidad religiosa, una vez que la hallaba al otro lado de la cámara olvidaba todo sentido de la desobediencia, toda culpa. Dios lo entendería. Tenía que entenderlo. Reclamar el cariño de una hermana no podía ser un pecado tan imperdonable.

Sonia era una alumna de 3º de ESO. Pertenecía al grupo de niñas internas. No era una cría cuyo comportamiento hubiera causado nunca ningún problema. Pero llevaba unos meses acusando un preocupante descenso en el rendimiento escolar. Su madre venía a buscarla cada viernes y volvía a traerla los domingos. Sonia no manifestaba entusiasmo cuando se marchaba a casa, como se entusiasmaban la mayoría de sus compañeras, mas tampoco mostraba excesiva resignación cuando se reincorporaba tras el fin de semana. Yo había abordado varias veces con su progenitora el problema de rendimiento, encontrándome con que ella, lejos de pedir ayuda o intentar, al menos, investigar qué podría ocurrir con el declive en las notas de su pequeña, le restaba toda importancia y atribuía el fracaso a “cosas de la edad”.

Dos semanas después de aquella cita virtual con Nieves, ya entrados en primavera, me topé con que, cuando la buscaba, ella no se conectaba. Mi insomnio sufrió un alarmante (y justificado) agravamiento, hasta que recibí una llamada urgente de mi cuñado José, en la que me comunicaba que mi hermana estaba ingresada, había sufrido un ictus, por suerte (si se le puede llamar suerte a quedarse medio paralítica) saliendo viva de ello, como por ello era que debía yo saber que, en una larga temporada, ya no podría verla ni charlar con ella, ya que, entre otras cosas, el accidente cerebrovascular le había afectado al habla. Dentro de lo habitualmente fría que suele ser la relación entre las religiosas de la congregación, debo decir que recibí apoyo y cariño de todas mis compañeras, a excepción de la madre Blanca, que se limitó a recordarme que las adversidades no debían ser excusa para eludir mis deberes. Casi un mes después del suceso, y habiendo recibido no más de dos llamadas de mi cuñado (salían muy caras y entiendo que no se lo podía permitir) en las que me hablaba de la lenta evolución de mi gemela, opté por pedir a mi superiora que me adelantara las vacaciones de verano al mes de Julio para poder ir a Buenos Aires, mas su respuesta fue tajante y, sin duda, despiadada: No.

¡Qué más le daba! En Julio ya no había más clases en el colegio que las de recuperación, y yo no las impartía. Su gesto me pareció cruel, desalmado, y desprovisto de empatía hacia mi persona. Pedí a Dios que, al menos Él, entendiera su desconsiderada decisión.

A mediados de Junio me llamó de nuevo a su despacho. Me temblaron las piernas. Yo cumplía fielmente con mis obligaciones, no había vuelto a tocar el tema de mi hermana ante su presencia, y durante los diez minutos largos que me llevó cruzar toda la galería, la capilla y la sacristía, busqué y rebusqué en mi cabeza qué podía haber hecho mal. Estaba claro: Habría descubierto de alguna forma mi asalto semanal nocturno a su ordenador durante los meses anteriores, no podía ser de otra manera. Por suerte, no fue así, aunque tampoco había cambiado su decisión sobre mis vacaciones.

Su saludo fue tan frío como su alma, solo que disfrazado de cordialidad:

-¿He de concluir que se encuentra usted mejor de su insomnio, madre Ángela?. Llevo meses sin verla visitar la capilla por la noche.

Por puro merecimiento, la contesté del mismo modo:

-Así es, madre. Gracias. ¿Qué me trae aquí?
-Entonces, si duerme usted mejor, no habrá tenido el impulso de mirar por la ventana.
-Explíquese, le ruego, madre.
-¿Ha visto usted alguna vez a un hombre que suele venir en un coche blanco algunas noches, se queda en la puerta del colegio durante una hora, y después se va?
- Pues… sí. Pero nunca me pareció que hiciera nada malo, salvo saltarse la señal de estacionamiento. ¿Por qué?
-Es el padre de Sonia Soler. Si vuelve usted a verle en alguna otra ocasión, hágamelo saber, por favor. Vaya a despertarme a mi cámara si es preciso.
-Sí, madre, como usted convenga.

Interrumpí a Sonia durante un recreo bastante soporífero para ella, pues llovía a mares y las chicas habían tenido que refugiarse en las aulas. Con toda la dulzura que supe emplear, que era mucha, le pregunté si podíamos charlar.

-Sonia, ¿tú ves a tu papá?
-No, madre.
-Y… ¿por qué?

Me di cuenta de que había sido demasiado entrometida con aquella pregunta, pero la criatura colaboró.

-Mi madre no me deja verle ni hablar con él desde que se separaron el año pasado.
-¿Tú le echas de menos? ¿Él fue bueno contigo?
-Sí, madre, mucho, pero no me dejan ir con él. Ellos están de juicios, ¿sabe?.

Como vi. que comenzaba a temblarle la voz, di la conversación por finalizada, no sin antes darle un beso en la frente y ofreciéndome para hablar si alguna vez ella lo precisaba.

Ese martes tenía sueño, pero me quedé despierta tras el cristal de mi ventana, esperando que el padre de Sonia apareciera con su turismo blanco. Como seguía lloviendo, no descendió del coche. Me ajusté la toca como en los tiempos en que me escapaba para conectar con mi hermana, pero en esta ocasión fui algo más lejos que al despacho de la superiora: A la calle.

Cuidando de no ser vista, golpeé con los nudillos la ventanilla del automóvil, haciendo un gesto al hombre para que la bajara y así poder entregarle una nota. Se asustó en un primer momento, pero al ver que el mensajero se trataba de una religiosa, se apresuró a abrir.

-Lea esto, y por favor, no vuelva más por aquí. La superiora sabe quién es usted.

En la noche del viernes, sin embargo, las estrellas se dejaron ver. Salvo algunos charcos residuales, no quedaba vestigio de lluvia alguna. Sin ajustarme la toca esta vez, esperé a escuchar los pasos de madre Blanca sobre el parquet de la capilla, inequívoca señal de que se retiraba a dormir. Aproveché que los pabellones de las alumnas estaban al otro lado de la galería transversal y salí con prisa, sabedora de que en esa dirección no me toparía con ella, y con sigilo felino entré en la cámara de Sonia, la desperté con sumo cuidado, le indiqué que se pusiera la bata y las zapatillas, y la invité a seguirme pidiéndole máximo silencio. Cruzamos ambas galerías y entramos en la capilla con cuidado de que la madera crepitante (y según qué días, chirriante) no nos traicionara. Admiraba la enorme confianza que Sonia había volcado en mí; por momentos tuve la sensación de que me había adoptado como a una hermana mayor, y no pude por menos que detenerme unos momentos para acariciarle el rostro.

-Tengo una sorpresa muy bonita para ti, pero debe ser siempre nuestro secreto. ¿Vale?

Sonia asintió con la cabeza, y por primera vez en muchos meses, sonrió. Creo que empezaba a gustarle también el encanto de lo prohibido.

Entramos por detrás del altar a la sacristía, y de ahí al despacho (que seguía oliendo a incienso) de la superiora. Encendí el ordenador y busqué la aplicación que necesitaba. Acepté de inmediato la invitación de un contacto al que estaba esperando. Y conecté la webcam.

-Papá…