Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

sábado, 28 de enero de 2012

Pecados excusables


PECADOS EXCUSABLES

Nunca supo las veces que permanecí observándole tras la ventana de mi dormitorio. Durante más de cuatro meses, cada Martes y Viernes, le veía aparecer conduciendo un turismo blanco pasada la medianoche. Estacionaba siempre, pese a que estaba prohibido hacerlo, junto a la señal que advertía de la presencia del colegio y del peligro de poder toparse con niños cruzando la calle. Apagaba el motor y se quedaba allí durante al menos una hora. En ocasiones, descendía del vehículo y se acercaba a la señal para apoyarse sobre ella, permaneciendo así durante interminables minutos, moviéndose lo justo para ir prendiendo cigarrillo tras cigarrillo hasta que, a saber si el sueño, el aburrimiento, o simplemente el final de su paciencia, le llevaban a subir de nuevo al coche e irse.

Una vez se hubo marchado, me dispuse a prepararme para mi escapada nocturna. Me miré al espejo y me acomodé la toca. Para mi revoltoso cabello era una ventaja llevar aquella prenda, aunque no siempre conseguía cubrir los traviesos rizos que insistían en sobresalir bajo mis orejas. Mi hermana me decía repetidas veces que me había metido a monja por mi complejo de despeinada, y, pese a que me hablaba en broma, admitiré que no andaba muy lejos de la verdad. Claro, ella jugaba con ventaja: Sus rizos, ignoro por qué razón, eran automáticos y se ordenaban solos.

Siempre llevaba a mi querida gemela en el pensamiento. Nuestra necesidad de estar juntas era tal, que, pese a que el océano y el devenir de la vida nos había separado ya hacía años, casi una veintena, no me importó buscar estrategias que me permitieran acercarme a ella con frecuencia, aun a escondidas y a riesgo de ser descubierta por alguien de la congregación. Realmente no era consciente de que, si alguna vez me encontraran utilizando la webcam del ordenador de la madre superiora, no habría piedad para mí, y con casi total seguridad sería de inmediato trasladada al más lúgubre y lejano de los rincones geográficos para seguir la vida contemplativa que en su día escogí, pero alejada de mis alumnas y de mis internas, éstas criaturas que otorgaban a chorros alegría a mi existencia, y que colmaban el maternal instinto que siempre creí sentir. En aquél despacho se guardaba documentación a la que nadie debía acceder. El Señor sabe que jamás en mi cabeza cabría hacer algo así, pero nunca entendí por qué a la superiora no se le habría ocurrido instalar una cerradura. Tentaba al Diablo.

Oí por fin el sonido de los zapatos de la madre Blanca sobre el parquet de la capilla. Era el momento de salir hacia allá. Como cada noche, esperé a verla adentrarse en la galería para hacerme la encontradiza. La saludé, y ella me respondió:

-Vuelve usted a la capilla, madre Ángeles. Me preocupa que duerma tan mal.
-Dios es la mejor terapia contra el insomnio, madre. Él me mecerá en su paz y conseguirá que concilie el sueño.
-Entonces espero que Dios no se haya quedado dormido. No me gustaría encontrarla mañana echada de mala manera sobre un banco.

Abrí la puerta de la capilla y bajé el escalón. La madera crujió bajo mis pies a modo de saludo.
Me arrodillé ante el altar y recé unos minutos, más por asegurarme de que madre Blanca no volvería sobre sus pasos, que por necesidad espiritual. En aquél momento no era precisamente la fe la que me movía a entrar allí a las dos de la madrugada. Me santigüé y crucé el altar por detrás, a fin de alcanzar la puerta de la sacristía, que, atravesando de dos zancadas, me permitió personarme sin rubor ni vergüenza en el despacho de la superiora. A madre Blanca le gustaba quemar incienso cuando se quedaba trabajando por la noche, y todavía podía percibir su denso perfume. Me senté en el sillón, junto al ordenador, y en menos de un minuto estaba ya buscando a mi hermana por la red. Ajusté mi toca para que ella me viera guapa a través de la webcam.

-¡Nena! ¡Mírate! ¿Viste lo pálida que estás, Ángela? Aaaah, se nota que no comes bien, ¡Y, qué pelos! Si mamá te viera se enojaría con vos, por desprolija…

Argentina se quedó con mi hermana y con su acento extremeño. A veces me costaba entenderla, mas ver su imagen me era ya bastante para llenarme de dicha y paz.

De modo encubierto, cuales amantes desesperados, Nieves y yo nos encontrábamos durante treinta deliciosos minutos una vez a la semana. Pese a lo grave de mi falta, saltándome a la torera las normas de mi comunidad religiosa, una vez que la hallaba al otro lado de la cámara olvidaba todo sentido de la desobediencia, toda culpa. Dios lo entendería. Tenía que entenderlo. Reclamar el cariño de una hermana no podía ser un pecado tan imperdonable.

Sonia era una alumna de 3º de ESO. Pertenecía al grupo de niñas internas. No era una cría cuyo comportamiento hubiera causado nunca ningún problema. Pero llevaba unos meses acusando un preocupante descenso en el rendimiento escolar. Su madre venía a buscarla cada viernes y volvía a traerla los domingos. Sonia no manifestaba entusiasmo cuando se marchaba a casa, como se entusiasmaban la mayoría de sus compañeras, mas tampoco mostraba excesiva resignación cuando se reincorporaba tras el fin de semana. Yo había abordado varias veces con su progenitora el problema de rendimiento, encontrándome con que ella, lejos de pedir ayuda o intentar, al menos, investigar qué podría ocurrir con el declive en las notas de su pequeña, le restaba toda importancia y atribuía el fracaso a “cosas de la edad”.

Dos semanas después de aquella cita virtual con Nieves, ya entrados en primavera, me topé con que, cuando la buscaba, ella no se conectaba. Mi insomnio sufrió un alarmante (y justificado) agravamiento, hasta que recibí una llamada urgente de mi cuñado José, en la que me comunicaba que mi hermana estaba ingresada, había sufrido un ictus, por suerte (si se le puede llamar suerte a quedarse medio paralítica) saliendo viva de ello, como por ello era que debía yo saber que, en una larga temporada, ya no podría verla ni charlar con ella, ya que, entre otras cosas, el accidente cerebrovascular le había afectado al habla. Dentro de lo habitualmente fría que suele ser la relación entre las religiosas de la congregación, debo decir que recibí apoyo y cariño de todas mis compañeras, a excepción de la madre Blanca, que se limitó a recordarme que las adversidades no debían ser excusa para eludir mis deberes. Casi un mes después del suceso, y habiendo recibido no más de dos llamadas de mi cuñado (salían muy caras y entiendo que no se lo podía permitir) en las que me hablaba de la lenta evolución de mi gemela, opté por pedir a mi superiora que me adelantara las vacaciones de verano al mes de Julio para poder ir a Buenos Aires, mas su respuesta fue tajante y, sin duda, despiadada: No.

¡Qué más le daba! En Julio ya no había más clases en el colegio que las de recuperación, y yo no las impartía. Su gesto me pareció cruel, desalmado, y desprovisto de empatía hacia mi persona. Pedí a Dios que, al menos Él, entendiera su desconsiderada decisión.

A mediados de Junio me llamó de nuevo a su despacho. Me temblaron las piernas. Yo cumplía fielmente con mis obligaciones, no había vuelto a tocar el tema de mi hermana ante su presencia, y durante los diez minutos largos que me llevó cruzar toda la galería, la capilla y la sacristía, busqué y rebusqué en mi cabeza qué podía haber hecho mal. Estaba claro: Habría descubierto de alguna forma mi asalto semanal nocturno a su ordenador durante los meses anteriores, no podía ser de otra manera. Por suerte, no fue así, aunque tampoco había cambiado su decisión sobre mis vacaciones.

Su saludo fue tan frío como su alma, solo que disfrazado de cordialidad:

-¿He de concluir que se encuentra usted mejor de su insomnio, madre Ángela?. Llevo meses sin verla visitar la capilla por la noche.

Por puro merecimiento, la contesté del mismo modo:

-Así es, madre. Gracias. ¿Qué me trae aquí?
-Entonces, si duerme usted mejor, no habrá tenido el impulso de mirar por la ventana.
-Explíquese, le ruego, madre.
-¿Ha visto usted alguna vez a un hombre que suele venir en un coche blanco algunas noches, se queda en la puerta del colegio durante una hora, y después se va?
- Pues… sí. Pero nunca me pareció que hiciera nada malo, salvo saltarse la señal de estacionamiento. ¿Por qué?
-Es el padre de Sonia Soler. Si vuelve usted a verle en alguna otra ocasión, hágamelo saber, por favor. Vaya a despertarme a mi cámara si es preciso.
-Sí, madre, como usted convenga.

Interrumpí a Sonia durante un recreo bastante soporífero para ella, pues llovía a mares y las chicas habían tenido que refugiarse en las aulas. Con toda la dulzura que supe emplear, que era mucha, le pregunté si podíamos charlar.

-Sonia, ¿tú ves a tu papá?
-No, madre.
-Y… ¿por qué?

Me di cuenta de que había sido demasiado entrometida con aquella pregunta, pero la criatura colaboró.

-Mi madre no me deja verle ni hablar con él desde que se separaron el año pasado.
-¿Tú le echas de menos? ¿Él fue bueno contigo?
-Sí, madre, mucho, pero no me dejan ir con él. Ellos están de juicios, ¿sabe?.

Como vi. que comenzaba a temblarle la voz, di la conversación por finalizada, no sin antes darle un beso en la frente y ofreciéndome para hablar si alguna vez ella lo precisaba.

Ese martes tenía sueño, pero me quedé despierta tras el cristal de mi ventana, esperando que el padre de Sonia apareciera con su turismo blanco. Como seguía lloviendo, no descendió del coche. Me ajusté la toca como en los tiempos en que me escapaba para conectar con mi hermana, pero en esta ocasión fui algo más lejos que al despacho de la superiora: A la calle.

Cuidando de no ser vista, golpeé con los nudillos la ventanilla del automóvil, haciendo un gesto al hombre para que la bajara y así poder entregarle una nota. Se asustó en un primer momento, pero al ver que el mensajero se trataba de una religiosa, se apresuró a abrir.

-Lea esto, y por favor, no vuelva más por aquí. La superiora sabe quién es usted.

En la noche del viernes, sin embargo, las estrellas se dejaron ver. Salvo algunos charcos residuales, no quedaba vestigio de lluvia alguna. Sin ajustarme la toca esta vez, esperé a escuchar los pasos de madre Blanca sobre el parquet de la capilla, inequívoca señal de que se retiraba a dormir. Aproveché que los pabellones de las alumnas estaban al otro lado de la galería transversal y salí con prisa, sabedora de que en esa dirección no me toparía con ella, y con sigilo felino entré en la cámara de Sonia, la desperté con sumo cuidado, le indiqué que se pusiera la bata y las zapatillas, y la invité a seguirme pidiéndole máximo silencio. Cruzamos ambas galerías y entramos en la capilla con cuidado de que la madera crepitante (y según qué días, chirriante) no nos traicionara. Admiraba la enorme confianza que Sonia había volcado en mí; por momentos tuve la sensación de que me había adoptado como a una hermana mayor, y no pude por menos que detenerme unos momentos para acariciarle el rostro.

-Tengo una sorpresa muy bonita para ti, pero debe ser siempre nuestro secreto. ¿Vale?

Sonia asintió con la cabeza, y por primera vez en muchos meses, sonrió. Creo que empezaba a gustarle también el encanto de lo prohibido.

Entramos por detrás del altar a la sacristía, y de ahí al despacho (que seguía oliendo a incienso) de la superiora. Encendí el ordenador y busqué la aplicación que necesitaba. Acepté de inmediato la invitación de un contacto al que estaba esperando. Y conecté la webcam.

-Papá…

miércoles, 25 de enero de 2012

La perpetua tarea




LA PERPETUA TAREA

“Cafetería Qahwah”. Aquí, seguro. No podría ser de otro modo.
Nada más entrar, lo vi. Tan joven como siempre. Bien, hay que aclarar que para nosotros no pasa el tiempo, pero mi colega siempre aparentó tener una decena de años menos que yo.
Tras una interminable barra de granito revestida de friso en su parte frontal, servía cafés a diestro y siniestro y llenaba bandejas que, posteriormente, otros camareros se encargaban de llevar hasta las mesas. Olía muy bien allá. Nada comparable al café de mi Babilonia natal, pero me apeteció consumir. Me pregunté si me reconocería. Lo comprobé.

-Disculpe, un cortado, cuando pueda.

-“Ahora mihmiiiiito, hemano, aquí tenemo el mejó café, ¡¡el de mi Cuuuuuba natal!!”

¡Por mil dromedarios! ¿Cubano? A ver si era yo quien no le conocía a él. ¿No me habría equivocado de local? Probé con la contraseña. Cogí un periódico que descansaba sobre la barra, y fingí leer. Esperé a que mi compañero me sirviera.

-Tener la capacidad de procurar el bienestar ajeno, es el mayor logro del ser humano.

-… Y la de destruirlo, el menor. ¡Hermano! ¡No te conocí! ¿qué hiciste? ¡Te quitaste la barba!

Salió de la barra por debajo, con la agilidad de un gato, para darme un emocionado abrazo, abrazo que correspondí gustosamente.

-¿Puedes explicarme qué hace un persa caracterizado de cubano en una cafetería de rótulo en árabe?

-Hay que ganarse la vida, hermano Gaspar. No es fácil cambiar de país y de trabajo continuamente, eso lo sabes tanto como yo. ¿A qué te has dedicado tu? ¡La corbata te queda horrorosa!

-Jamás pensé, hermano Baltasar, que me vería trabajando de contable. No me reconozco ni yo mismo. Como bien aciertas, mientras vaguemos por la eternidad, hemos de ganarnos el pan. ¿Llamaste a Melchor?

- Por supuesto, nos espera en el hospital. Se encargó durante toda la semana de recoger cartas ayudado por los pajes, y conseguir los juguetes. Todo está listo para esta tarde. Hoy me toca doblar jornada.

-Le debemos una. Bueno, tenemos toda la perpetuidad para devolverle el favor. ¿Iremos en Metro? ¿andando? ¿un taxi?

-No, si esperas media hora, termino ya. Incluso he traído la ropa, podemos cambiarnos aquí. Por las fechas que son, no llamaremos la atención por la calle, ¡te lo aseguro!

Media hora después, y ya caracterizados con el que siempre fue nuestro uniforme de trabajo original, nos adentramos en un parking oscuro y bastante mal iluminado.

-Baltasar. ¿Qué es esto?

-Fui a comprar un par de camellos y esto fue lo más parecido que me ofrecieron, hermano. Estamos en Europa, siglo XXI.

Mi compañero abrió el maletero de un dos caballos reluciente, e introdujo las bolsas con la ropa. De seguido me invitó a subir por la puerta delantera.

-Gracias, hermano. ¿Cómo es posible que funcione? ¡Por la matrícula debe tener más de veinte años!, seguro que te gastas una buena parte del sueldo en el taller.

-¡En absoluto! ¿Averiarse, mi dos-jamelgos? Somos magos, hermano Gaspar. ¿Lo olvidaste? No necesito taller.

Nos dirigimos hacia el hospital. Allí nos esperaría nuestro colega Melchor. La última noticia que tuve de él, pocos días antes, fue que ejercía como profesor en una escuela infantil y tenía seis niños en casa, en régimen de acogida. Todo en un año. A saber cómo lo conseguiría. Bueno, como bien había apuntado Baltasar, somos magos; Melchor tendría sus contactos. Nada me comentó, en cambio, de los quince kilos que había cogido, bien ubicados en su cintura. Eso pudimos descubrirlo en cuanto apareció por una de las puertas, brazos en alto, raudo a saludarnos. Baltasar, como siempre, hizo alarde de una agilidad (que me sorprende en sus dos mil años de edad) para salir del coche, y le abrazó primero.

-¡¡Ohohohóoooooooooo!!!

-¡Hermano Melchor! No está bien mofarse de la competencia, ¡haz el favor!,- se rió mi moreno compañero mientras desaparecía literalmente entre los brazos del barbudo colega. Los separé; yo también tenía ganas de abrazarle.

-¡Caray, Melchor! De no ser por el uniforme y las babuchas, te habría confundido con Santa. ¡Estás orondo!

-¡No, hombre, no! Santa es considerablemente más bajito, ¡no compares! Aunque no habría puesto inconveniente en suplirle si hubiera hecho falta. ¡Nos dedicamos a lo mismo, a fin de cuentas, ¡ohohóoo!

-¿Le has visto este año? ¿No se ha quedado por aquí?

-¡Sí, claro que lo vi! Vino a traer unos juguetes a algunos chavales, pero partió con prisa a repartir a los demás. Anteayer pasaba la ITV en Laponia, allá se han puesto muy exigentes con el parque móvil de trineos. Me dio recuerdos para vosotros.

-Pues no es muy diferente a acá, -apuntó Baltasar.- Cuando llevo el dos-jamelgos a la inspección, me lo miran con lupa; creo que ya tienen ganas de que me deshaga de él.
El frío y las prisas nos invitaron a pasar al interior, donde Melchor nos presentó a la jefa de planta de Oncología Infantil. Esa tarde tendríamos poco trabajo, solamente nos dedicaríamos a entregar regalos en los hospitales para dejar la noche del día cinco reservada al resto de los niños. Si nos distribuíamos bien el tiempo, ni siquiera tendríamos que utilizar nuestro don de la ubicuidad. Esa facultad, pese a lo envidiable que pueda parecer, desgasta mucho.

-Instálense cómodamente. El señor García (dijo, señalando a Melchor), ya tiene la llave del cuarto de los juguetes. Les ruego que anden con cuatro ojos. Los chicos, aunque enfermitos, a veces también cometen la travesura de escaparse por los pasillos. Hay que ver, su caracterización es de las más conseguidas que he visto jamás. ¡Parecen ustedes los auténticos!
Aunque… -dijo, mirando de modo sospechoso al colega Baltasar-, su moreno parece más árabe que cubano. ¡Mejor!, ¿no?

El caos reinaba en la habitación de los regalos. Reñimos a nuestro compañero por no haberse molestado en utilizar su magia para poner un poco de orden allá. Se excusó diciendo que los exámenes y sus chavales le habían robado la casi totalidad de su tiempo disponible, y que los pajes, de haberse puesto a ordenar aquello, nos habrían salido bastante caros en horas extra.

-¿Y qué harás con tus niños cuando, como actuamos para no delatar nuestra edad, tengas que marcharte a otro país y cambiar de identidad?,- le pregunté.

-Ya tengo algunas familias escogidas para que se queden con ellos. Mientras tanto yo disfruto viéndoles crecer, y ya conocen a sus futuros progenitores; van a sus casas a menudo y juegan con sus hijos. Cuando me vaya, ya tendrán la edad suficiente para entenderlo. Espero.

La jefa de planta volvió aproximadamente una hora después para indicarnos que los niños ya estaban esperando en la sala de juegos. Cogimos los sacos que habíamos llenado ciñéndonos a un listado de destinatarios por orden alfabético, o mejor dicho, intentamos cogerlos. Habíamos dado unos días libres a nuestros pajes, después de haberse ocupado durante semanas de recoger cartas. Gran error. Nuestras milenarias espaldas ya no estaban para tanto fardo. Aun así, hicimos el esfuerzo y cargamos con los regalos hasta allá, dando tumbos por los pasillos, cuales tortugas con el caparazón escorado.

Entrar en la sala y emocionarme fue todo uno. Frente a mí se disponían tres hileras de cabecitas pelonas, algunas con gorrito, otras con vendas, y las más valientes, rasitas, con algún mechón a modo de flequillo, o con una especie de pelusilla amelocotonada que otorgaba a las criaturas un aire travieso, dentro de lo que la calvicie debilita en apariencia. Los quince niños guardaban silencio sentaditos en sus sillas. El profesor García (Melchor) debía sentirse en su salsa. La escena me remontó a tiempos ancestrales de estudiante.

El equipo médico había dispuesto tres sillones de piel (sacados de a saber qué despachos) para nuestra comodidad. Junto a ellos, en el suelo, depositamos los sacos, y antes de sentarnos, nos dirigimos a nuestro público para saludar. Sin acuerdo previo, cedimos a Melchor, ya que se había ocupado de todo, el honor de la presentación.

-Buenas tardes y Feliz Navidad. Estimados niños: Me llena de orgullo y satisfacción…
Una carcajada unánime estalló en la sala de juegos, interrumpiendo al mago.

-¿Qué pasa?,- preguntó, asombrado, mi orondo compañero. Un espabilado crío, ataviado con un pijama tres tallas mayor de la que le correspondiere, le sacó de duda:

-¡Que hablas como el Rey!

Nos miramos entre los tres y no pudimos evitar contagiarnos. Baltasar terminó de romper el hielo:

-¡Es que nosotros también somos reyes! ¿Nooo? ¡El discurso de vuestro Rey lo inventamos nosotros hace muuuuuuchos años!¡No, muuuuuchos siglos! ¡Pero entonces no había televisión!
¿No pensáis, entonces, que a lo mejor nos ha copiadoooo?

-¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

Entre risas, bromas, y dulces y mordaces mofas infantiles, emprendimos la tarea que, desde Belén y hace ya más de veinte siglos, tuvimos a bien autoencomendarnos, con la satisfacción y el orgullo (más que el Rey) que sólo podemos sentir quienes llevamos, voluntariamente, la ilusión a todos los hogares del mundo como objetivo prioritario de una vida sin final por conocer, y con el único e impagable premio de una sonrisa por cada niño que recibe un regalo nuestro.

Después de haber entregado ya una docena de juguetes, Melchor sentó en su regazo a una pequeña de cuerpecillo diminuto, a quien la enfermedad minaba irremediablemente. Nunca entenderé por qué, entre tantos dones, no se nos concedió el de devolver la salud. Cuántas veces, hablando con mi Superior, se lo habré preguntado, sin recibir, hasta hoy, respuesta. Siempre habrá una barrera entre Él y nosotros que nunca podremos saltar. Seremos magos, pero a sus ojos, sólo somos humanos.

-¿Cómo te llamas?

-Nerea.

-Muy bien, Nerea, y ¿cuántos añitos tienes?

Nerea movió los deditos, intentando contar. Finalmente, y tras labrarse un buen jaleo digital, acertó con la postura y levantó cuatro, abiertos entre sí.

-Éstos. Mi hermano Iván dice que sois de mentira. ¡Que sois unos señores disfrazados y lleváis la barba pegada con pegamento!.

-¿Tu hermano? ¡Qué va! Tú no le creas, Nereíta, lo dice para hacerte rabiar. ¡Mira, mira, tira de mi barba!

Y Nereíta sacó fuerzas ciclópeas no sé de dónde, porque le propinó a Melchor tamaño tirón de pelos, que debió dolerse durante días.
En esta ocasión, di las gracias al “de arriba” porque la niña no hubiera probado con mi barba, postiza y mal adherida, pues nos habríamos visto metidos en un serio problema. Nos dedicamos los tres una cómplice mirada. Baltasar, emulando de nuevo al cubano (que ya diría que llevaba dentro), me susurró, entre un par de guiños:

-“¡De la que te librahte, mi hemaaaaano!”

Tener la capacidad de procurar el bienestar ajeno, es el mayor logro del ser humano.

viernes, 20 de enero de 2012

Próximo a llegar

Próximo a llegar

“Tren expreso procedente de Irún, con destino Madrid-Norte-Príncipe Pío, próximo a llegar, estacionando en vía 2. Efectúa parada en todas las estaciones de su recorrido.”

La estación de Venta de Baños era inmensa. La luz del ocaso no me permitía observarla en toda su extensión, pero le otorgaba un romántico aspecto y la hacía merecedora, y con creces, de calmada contemplación. Mercancías semi-abandonados, y vagones o máquinas que parecían tener existencia independiente, reposaban en colectiva siesta sobre las vías, dando la impresión de eternizarse, de modo consciente, en una excelsa y silenciosa instantánea, para disfrute y placer de quien la presenciara. Vagabundos oxidados, condenados a colgar eternamente de opresoras catenarias, tan sólo tenidos en cuenta, en alguna ocasión, por grupos de niños que, traviesos, lograban darles vida y sentido, haciéndoles partícipes de sus bulliciosos juegos.

El coloso gusano de hierro entró en la vía 2. Su recia máquina lucía una careta de rayas amarillas sobre fondo verde claro, lo que acrecentaba su ya de por sí aterradora apariencia. Tras ella, dos vagones-correo de diminutos y alargados tragaluces hacían alusión a la prioridad de su logística encomienda, recordando a los viajeros que el trayecto sería largo y fatigoso, e invitándoles a ir cogiendo sueño para acomodarse, si eso era posible, en los compartimentos elegidos para el desplazamiento, y a intentar dormir para acortar, en cierto modo, el pesado recorrido que nos esperaba.

Fluían. De las puertas de los coches fluía gente adormecida, fluían maletas, cochecitos de bebé y abrigos, date prisa, date prisa, en el desesperado pensamiento de, quizá, quedarse irremediablemente en el tren si no apresuraban, intentando bajar por estrechos y fastidiosos escalones sin que nadie saliera herido en la aventura.

Tan largo era el monstruo, que los dos últimos vagones quedaron fuera del andén, y pude ver cómo un caballero, resignado a su suerte, ataviado de traje de hechura, gabardina y attache, intentaba caminar sobre la grava, remangándose el pantalón, hasta terminar, trepando como le fue posible, subiendo un insalvable escalón que le situaría, por fin, sobre la estación.

Mi maleta parecía negarse a subir, y fui a escoger una puerta donde nadie podía ayudarme con el lastre. Una vez dentro y sudando a chorros, me dispuse a recorrer el tren en busca de un compartimento tranquilo, mas no hallé ninguno en tres vagones, optando finalmente por entrar en el que más cerca tenía. Dentro de él había espacio para tres pasajeros más. Allí dormían plácidamente dos mozos con uniforme militar, un hombre orondo de unos setenta años, con sombrero, y una mujer con un bebé aprisionado entre mantas de lana en un capazo instalado a su lado.

Ni mi torpeza para moverme con el tren ya en marcha, que me hacía tropezar a diestro y siniestro, ni el ruido del arrastre de mi equipaje, los despertó, lo que agradecí inmensamente, porque nada me habría generado más pesar que interrumpir el sueño a un bebé y su madre, a un jubilado, y a dos agotados chavales que cumplían sumisamente con el servicio militar y aspiraban a merecido reposo.

Como no podía ser de otra manera, no pude cargar la maleta para subirla al portaequipaje, del mismo modo que tampoco pude introducirla bajo el asiento, de manera que decidí colocarla de improvisado taburete bajo mis pies, y me senté, cansada ya, pese a los pocos metros recorridos, dispuesta a alcanzar a Morfeo, como ya habrían hecho mis compañeros de viaje quizá horas antes.

El Pisuerga me regaló por un instante un sereno anochecer. De frondosa ribera y cristalino cauce, en las pocas ocasiones que tenía de acercarme a él, hasta el tábano era, pese a sus picotazos, bien hallado. Para nada se parecía a mi añorado Turia, en cuya cercanía la albahaca casi alcanzaba el tamaño del laurel, la mandarina el de las naranjas, y las libélulas no eran tan hostiles como aquellos tábanos. Sentada sobre cantos rodados que me daban la comodidad de un cojín, en mi éxtasis, pasé plácidas jornadas cuando libraba laboralmente alguna vez entre semana, evocando a mi Paterna y su olor a azahar, a mis padres, y a los amigos que, cada sábado, esperaban mi vuelta con júbilo, como si en vez de verme cada siete días, lo hicieran, bien lo reza el dicho, de Pascuas a Ramos.

Uno de los soldados se desveló, mas no pareció reparar en mi presencia. Quedó durante unos minutos sentado en la postura en la que antes durmiere, con la única variación de tener los ojos abiertos, mirando hacia la ventana. Aproveché su desorientación para romper el hielo.

-Acabamos de pasar Venta de Baños.
Sonrió. Deduje que solamente le quedaba la mitad del camino, mas no fue así.
-Gracias. ¿ha subido allí?. Nosotros venimos de Miranda. Volvemos a Madrid, a casa.
-Yo voy a Valencia. En Madrid me espera otro tren.

El bebé emitió un gemidito lastimero, y su madre sufrió el sobresalto de su vida, acudiendo rauda a la llamada de socorro del pequeño. Tampoco me miró. Elegí, de nuevo, ser yo quien hablara.

-Ha dormido muy bien, hasta ahora, aunque apenas llevo diez minutos en el tren.
-Suele pasar las noches tranquilo, me dijo sin mirarme, mientras le arropaba lo ya inarropable, porque era imposible taparlo más, y le agitaba el chupete dentro de la boca de modo y manera que, jamas pude entender, lo juro, cómo la criatura pudo volver a sumirse en el sueño.

Decidió la mujer echarme un vistazo.
-¿Es usted enfermera?
Caray, qué observación- Pensé.
- Más o menos. ¿Cómo lo ha sabido?
La mujer sonrió mostrando un mellado diente y unos hoyuelos mejilleros la mar de simpáticos.
-Por las medias.

Me miré. En efecto, no me había quitado las medias blancas y opacas que mi uniforme de trabajo obligaba a vestir. La prisa por llegar a tiempo a la estación no me permitió reparar en que aquello podría delatar mi profesión, que decidí destapar del todo ante el hecho de haber sido descubierta.

-Soy matrona.
En ese mismo instante me arrepentí de mi confesión. No caí en el peligro que conllevaría compartir travesía con una recién parida. Ella se ocupó de mostrármelo, preguntándome sin cesar durante todo el viaje, hasta el punto de que, aun sin poder llegar a coger el sueño, hubo momentos que no tuve más remedio que fingir quedarme dormida, y así descansar del martirizante interrogatorio al que fui durante cuatro horas sometida.

El otro soldado abrió los ojos aproximadamente a las dos horas de trayecto. Y entonces, se hizo la luz en medio de la noche cerrada. El resplandor de su iris verde esmeralda se ocupó de ello. Para más delirio, el chico me sonrió, desperezándose sin pudor alguno sobre su asiento, justo frente a mi.

-¿Quiere usted que le suba la maleta arriba?, fue su saludo.
-Si no le importa, llega un momento que es incómodo tenerla bajos los pies todo el rato, - le contesté, contagiada de su sonrisa encantadora.
Se levantó y se giró, estirándose, para darle un empujón al par de petates que descansaban sobre el portaequipajes, que se desplazaron como si no pesaran más que un peine, dejando sitio para mi latoso bolsón.
Vitoreé mentalmente aquél cuerpo de nalga rotunda y espalda interminable, no te gires ahora, por favor, déjame mirate un poco más.
Mas no pareció saber leerme el pensamiento, porque se dio la vuelta de nuevo y procedió a subir la maleta, que pareció en sus manos perder la mitad de su peso.
Su compañero leía cómics, mientras tanto, aunque no dejó de hacerlo en todo el trayecto. Me miró de soslayo un instante, y creo que se dio cuenta de mi lasciva manera de observar al otro, porque reprimió una sonrisa y tosió con disimulo, para continuar con su sosegada actividad.

El hombre del sombrero despertaba por momentos, cambiaba de postura y se dormía de nuevo, roncando a veces sin pudor, ajeno a todo, indiferente, tan sólo preocupado de combatir su incomodidad y de que no se le cayera el sombrero, que debía ser harto importante para él.

La madre del bebé no paraba de hablar; de hecho, hablaba sola, a sabiendas de que no tenía más remedio que escucharla, a menos que tomara la impetuosa decisión de pedirle de nuevo al chaval que me bajara la maleta para huir de allí. Tan solo era contestada por mí con monosílabos, por pura cortesía, bastante tenía yo ya con mi trabajo como para soportar más partos, dolores, cólicos de recién nacido y suturas sépticas también durante mi vuelta a casa.

El chico de los ojos esmeralda se dio cuenta, y me miraba de modo cómplice, sonriendo siempre, regalo de dioses, en una comprensiva actitud que agradecí sobremanera durante todo el viaje. En ocasiones dormía de nuevo, en ocasiones despertaba, y el compartimento volvía a resplandecer a la luz de sus ojos.

Seis vidas, un vaje. Una noche de compartida impaciencia por llegar, a donde fuera, coincidentes en el tedio, en el sueño, en el hambre sólo matada por algunos sandwiches que de vez en cuando surgían de alguna bolsa.

Y el gusano de hierro, avanzando, deteniéndose en cada pueblo y volviendo a avanzar, poderoso y robusto, brindándonos durante aquella interminable noche, con su susurrante traqueteo, el baibén de la mejor de las cunas.

jueves, 19 de enero de 2012

No digas nada

No digas nada

No digas nada...
Déjame mirarte, callada, serena. Déjame gozarte la sonrisa, emborracharme en tus ojos, y déjame ver, hermosa mía, cómo el sol despierta el vello dorado y amelocotonado de tu espalda.
Paisaje inolvidable el de tu cuerpo. Campo de amapola y trigo, mar en calma, río salvaje. Déjame oler la flor de tu vientre, beber de tu néctar de ambrosía y miel, saborearte. Y deja que me pierda en tu cabello, selvático, enredado y agreste, de dorado bejuco y siniestra sombra.
Déjame comer tu esencia, nutrirme de tu piel y carne, fagocitarte, déjame hacer de tu persona mi sustento, de tu amor, el alivio de mi hambre, de tu pasión, mi postre favorito.
Déjame expirar amándote, agonizar en tu nido, morir en ti, desvanecer en tu misma evanescencia.
Porque sólo siendo sueño, como tú, amada mía, podré seguir teniéndote, después de haberte perdido.

miércoles, 18 de enero de 2012

Siempre contigo

“I love you”.
Siempre me gustó dibujar corazones sobre el vidrio empañado. Y siempre anotaba, dentro de ellos, la misma frase. A nadie en particular iba dedicada o dirigida, pero me gustaba hacerlo. Me gustaba, también, observar la avenida desde la gran cristalera ahumada, sabiendo que desde fuera nadie me veía, ataviada con traje de baño y zapatillas.

Miré el termómetro: Dos grados Celsius en el exterior; veintitrés en el interior del recinto deportivo.
Me senté al borde de la piscina, dispuesta a bañarme de nuevo no tardando mucho, y algo llamó mi atención a pocos metros de mí, sobre el suelo. Un libro. Alguien lo había olvidado allí. Le pregunté a la única persona que había allí conmigo, un hombre maduro y de envidiable forma física, que me dio una negativa respuesta (molesto quizá por mi interrupción, sin sonreírme siquiera, lo que le restó el noventa por ciento del encanto), y de seguido siguió nadando.

Observé la portada: Un título largo, la imagen de una reproducción artística de un grupo instrumental de música clásica, sin músicos, pero preparado, parecía, para comenzar a interpretar de un momento a otro la más majestuosa sinfonía. Y el autor: un eminente psiquiatra conocido y admirado por su trayectoria y por sus apariciones frecuentes en los medios de comunicación.

No miré más: El libro no era mío. Me incorporé y busqué a uno de los vigilantes para entregárselo. Me lo agradeció, y continué con mi baño dominical durante una hora, para marcharme a casa después.

Al volver allá el domingo siguiente, el libro me fue devuelto por el mismo vigilante, que arguyó amablemente no haber recibido noticias de su dueño en toda la semana. Esa misma tarde yo partiría en tren hacia el norte, era víspera de Nochebuena, y celebraría las navidades con unos parientes lejanos con los que, encantada, ya lo llevaba haciendo desde unos años atrás; navidades que también me servían de excusa para reencontrarme con ellos y no hacer pereza, puesto que los quería mucho, solo que la distancia y las ocupaciones me ponían difícil visitarles con más frecuencia.
Estupendo: Recuperar el libro me evitaría tener que buscar o comprar otro para el trayecto, y además, lo admito, me había picado la curiosidad.

El viaje no pudo resultar ser más ameno. Me emborraché de ternura y emociones con aquella novela. Me enamoró perdidamente; rebosaba sensibilidad, anécdotas de vida maravillosas, cordura, experiencia, enseñanza. Disfruté como pocas veces lo había hecho leyendo, y me prometí que, a la vuelta, ese libro ocuparía un lugar preferente entre mis novelas escogidas, aquellas que terminan ubicadas oportunamente en un estante especial, a sabiendas de que serán releídas, como mínimo, una vez al año.

Llegué a la estación cuando aún me faltaban tres capítulos para concluirlo. No importaba; esa misma noche lo acabaría en la soledad de mi habitación de invitados.
… O eso creí. Una vez terminado el protocolo de abrazos y halagos de los familiares que me fueron a recibir, permití que se ocuparan de mi equipaje, una maleta y una caja de considerable tamaño, y de súbito vi, atónita, cómo, después de despedirse con un altivo toque de silbato, mi tren iniciaba la marcha de nuevo… con mi libro.
Lo olvidé sobre el asiento. Al darme cuenta se me encogió el estómago. Me invadió todo un cóctel de sentimientos: Rabia, impotencia, congoja, tristeza, coraje…

Había dejado marchar, por prisa y despiste, a un objeto de indescriptible deseo. De haber tenido tiempo, habría plasmado un corazón sobre el cristal empañado de mi vagón con un “I love you” dedicado a él. La alegría y la euforia de mi familia causaron que superara el amargo momento, pero sólo temporalmente. En la soledad de mi habitación de invitados me encontré casi perdida sin mi añorada novela. No pude terminar de emborracharme de ternura y emociones; ya no me embargarían la sensibilidad, las anécdotas de vida maravillosas, la cordura, la experiencia, y la enseñanza de sus páginas.. Ya no pude saber qué deliciosas vivencias me habrían deparado en los últimos capítulos de su sublime prosa.

Al día siguiente, cena de Nochebuena. El día transcurrió visitando junto a mis parientes lugares adornados por Navidad para deleite de los que pisáramos las calles. No comenté nada sobre mi novela recién hallada y perdida, y, pasando ante una librería, pensé preguntar si la tenían allí, por un casual, pero no quise entretener con mis caprichos a mi familia; ya lo buscaría cuando volviera a mi localidad.

Disfruté de la cena como cada año, rodeada de cariño y exquisitos manjares, riendo, cantando, y rezumando buenos deseos para aquellos que, cada año, abrían las puertas de su hogar para mí y me aceptaban como a uno más, aun siendo una simple sobrina para algunos, y una prima para otros.

Llegó, como era costumbre, el instante de abrir regalos. Yo acostumbrara, desde unos años atrás, a llevarles un presente colectivo: una cesta navideña llena de productos de mi tierra que sabía que ellos degustaban especialmente, nada baratos, por cierto. Pero no es caro aquello que se ve que alguien disfruta con la fruición que ellos lo disfrutaban.
Ante mí dispusieron varios paquetitos, y procedí a descubrirlos entre silencios y miradas, con los nervios y la gratitud requeridos, pues siempre supieron acertar con mis gustos.

Y esta vez no fue diferente, afinaron también: En un paquete, un disco compacto de música celta, un deleite concentrado en formato digital. En el segundo, una enorme pañoleta que me vino al pelo, pues no llegué allá lo convenientemente preparada para las terribles heladas que me recibieron. Y abriendo el tercer envoltorio, hallé un libro. Un libro de título largo, con la imagen de un grupo instrumental de música clásica en su portada, sin músicos y figuradamente preparado para tocar. El autor: un reconocido psiquiatra…

Historia basada en hechos reales.