Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

viernes, 30 de noviembre de 2012

La soledad del psicópata

No soy culpable, madre; la vida me hizo así. Y tú escogiste los cinceles equivocados. Creías que moldeabas al ángel de tus sueños, y creaste al monstruo. Me enseñaste a repeler y repudiar la mediocridad, a no admitir que me pisara nadie, jamás, costara lo que costara. Me envolviste entre algodones, sin pensar que, para curtirme, era menester que alguna vez me hirieran, y aprender así a curarme, asimilando que herir no estaba bien. Por el contrario, tus escarmientos y correctivos me indicaron que castigar era lícito cuando uno lo encontrara conveniente. Así lo hacías tú, según decías, por mi bien, y así pensaba que debía hacerlo yo con los demás, en el momento que correspondiera. Cuando quise darme cuenta, ya era tarde, y tú ya no estabas para participarme el error. Ignoré y desdeñé el dolor ajeno, para evitar y reparar el propio. ¿Acaso es eso malo, madre?

Jamás nadie que se haya cruzado en mi existencia, tuvo a bien ayudarme a encauzarla de otro modo: ni siquiera me pusieron sobre aviso. Yo sólo sabía construir mi felicidad a base de destruir la suya.
¿Qué piensas, madre? ¿Crees que no me dolía? ¿Consideras que lo que llevo devastando desde hace tanto, es por falta de empatía? Te equivocas: Me dolió hacer daño. Me dolió porque todos ellos me querían, y yo siempre agradecí el afecto. Yo necesitaba ser y sentirme querido, como cualquier mortal. Pero más me dolía hundirme, y hube de elegir.

Lo sé, madre: El fin no justifica los medios. Tampoco ha resultado ser el fin que yo deseara. Tengo todo lo que quiero, mas por lograrlo, he tenido que obviar toda norma, toda ley y toda ética.
Y ahora mi vida es una continua huida, una persistente anticipación a la justicia, que, implacable, se obstina en que desagravie mis desperfectos. Ahora solo existo para no ser descubierto, y en ello he de encaminar todo mi intelecto, mis acciones, y mi mísero porvenir.
Ya no hay vuelta atrás; me dejaste solo, madre.

Irisada

miércoles, 1 de agosto de 2012

Hemos aprendido

(Dedicado a Marta y Jordi)


Hemos aprendido a superar la ausencia
consumando amor desde la lejanía,
gozando en encubierto galanteo,
tomando aquello que nos llenaría;
reemplazando el porvenir por el recuerdo
y supliendo con palabras la carencia.

Hemos aprendido a soportar la falta,
a no desfallecer en el vacío,
a no añorar allende lo posible,
a no aspirar a más que a lo vivido,
a no caer en sueños imposibles,
a no batirnos nunca en retirada.


Hemos aprendido a controlar la mente;
nos reimos del azar que nos depara,
navegamos por deseos diseñados,
admitimos que la vida nos separa;
y, viajando por futuros inventados
celebramos el pasado y el presente.

lunes, 30 de julio de 2012

Entregarte

(Dedicado a Maribel)


Entregarte a ella ha de ser mi destino;
renunciar a ti por conseguir tu dicha,
luchar por tu suerte y pagar con desdicha,
que alcances tu paz sentenciando mi sino.

Palabras de afecto que calmen tu llanto
perdiéndote adrede en pro de tu sosiego
por verte feliz olvidaré mi ego;
si he de ser tu amiga, haré por lograrlo.

Mi felicidad pasará por la tuya;
Sólo si sonríes, será que yo sonría;
aunque a partir de ahora de tu lado huya

en silencio, antes de llegue el día
en que, por tu bien, mi amistad concluyas
y te ayude, así, a hallar armonía.


Irisada

Me gusta

Me gusta cuando gozas; 
Llegando a tu clímax 
la bestia que retoza 
se vuelve vulnerable. 
Tu cuerpo de loza 
se quiebra en la cima. 
Me ruegas, me imploras 
con pasion laudable. 

Me gusta cuando duermes 
tumbado en mi pecho, 
despues de que hicieres 
de mi tu princesa. 
Tus besos me envuelven 
de amor y embeleso 
Tus brazos me ciernen 
en dulzura inmensa. 

Me gusta ese silencio 
que precede al alba; 
tus ojos abiertos 
buscando mi rostro. 
Brillantes, atentos 
esperando en calma 
que un pequeño gesto 
nos devuelva al gozo


Irisada

No has de pisarme

No has de pisarme con tus botas de Prada.
No has de enredarme con tus trajes de lino
No has de engañarme con tu hipócrita risa

No me embaucarás con tus dulces palabras
No me enseñarás a trazar mi camino
No me vencerás a base de palizas

He de renacer, partiendo de la nada
He de forjar en tu usencia mi destino
He de asegurarme, sin pausa ni prisa

Y pienso olvidarte como agua pasada
Y quiero rodearme de nuevos cariños
Y recuperar de nuevo mi sonrisa


Irisada

Licencia

Me tomo la licencia de tu boca;
la declaro manantial de mi deseo;
reconforta cada poro que me toca;
alimenta mi ansiedad y mi desvelo,
y me provoca
recorrerla en amorosos besuqueos.

Me tomo la licencia de tu pecho
que cálido me abriga cada noche,
alivia mi bienestar maltrecho
forjando amaneceres con mis noches,
y en mi derecho
lo abrazo con romántico derroche.

Me tomo la licencia, en mi locura
del amor que transformas en palabras,
de tu verbo hecho pasión y hecho dulzura;
promesas de perpetuidad sellada,
y si me apuras
me tomo la licencia de tu alma.


Irisada

Quimeras

Amor levantado entre falacias
erigido sobre cuentos inventados,
construido con patrañas camufladas,
cubierto de ladrillos desconchados.

Pilares de pasión enmascarada
donde apoyas nuestra historia de mentira
mientras piensas que mi mente enamorada
se recrea en espejismo y fantasía.

No me tomes por estúpida y cretina
no pretendas que me trague tu aventura
no simules que soy parte de tu vida
si detrás de nuestros muros de dulzura

te fabricas otro mundo de pasiones;
pues podrías encontrarte con que un día
voy creando yo mis propias construcciones
de firme base y densa celosía

donde no puedas entrar, aunque supliques
donde yo sea feliz, sin esperarte
donde al fin pueda vivir, sin que te impliques,
sin sentirme sola ni necesitarte.


Irisada

domingo, 15 de julio de 2012

Hoy, como siempre, te recuerdo

(Dedicado a Miguel Ángel)

Me enseñaste
A tomar la adversidad como algo nimio.
A reírme de la enfermedad.
A entender que cada uno debe elegir su destino, y yo debo aceptarlo.
A superar mi egoísmo.
A luchar contra Goliath, sabiéndome David
A saber perder con dignidad
A celebrar lo más insignificante
A ser constante
A superar la autocompasión
A reclamar lo que creía con derecho
A sentirme querida en tu ausencia
A prepararme si tu lucha no daba el fruto que deseábamos
A no temer la muerte

Gracias, Miguel Ángel.
Un año sin ti, es un año más contigo.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Juguetes

La noche cayó mucho antes de lo previsto. El viento de otoño azotaba violentamente todo aquello que en las calles se encontrara. Nubes cargadas cubrían el cielo a velocidad de vértigo.
El payaso de peluche, sentado sobre el descalzador, observaba asustado tras el cristal de la ventana, y no se atrevía a moverse de su ubicación. Casi pegado a ésta, en la avenida, había un árbol de ramas desnudas, que se agitaba de modo colérico. Pareciera que de un momento a otro saldría volando por los aires.
El trenecito de colores, inquieto, silbó. A él le gustaba ese violento vaticinio de tormenta. Inició la marcha de modo progresivo. Pensó que aquella noche podría pasarlo bien, si animaba a sus compañeros. Se situó bajo el descalzador, y, asomando la máquina por debajo, le dijo al payaso:
-¿Subes?
Y el peluche se subió a horcajadas sobre el tren, que comenzó a pasear por la habitación, silbando de vez en cuando, despertando a los juguetes que ya se habían quedado dormidos.
El pequeño helicóptero, que no alcanzaba el tamaño de un zapato, puso en marcha sus aspas y despegó. Voló por el techo del cuarto, alegre, siguiendo desde arriba al trenecito.
El yoyó, contagiado, dio un salto y, extendiendo su cordel, se enganchó a la lámpara para empezar a columpiarse. El helicóptero, a fin de no enredarse con él, abrió su campo de vuelo.
El balón hizo lo propio, y comenzó a botar a un lado y a otro del tren, haciendo reír al payaso. A veces se escondía bajo la cama para aparecer saltando por el lado opuesto, sorprendiendo al vehículo, que, frenando bruscamente para no arrollarlo, volvía de nuevo a acelerar, esta vez con más ímpetu y alegría.
Súbitamente, la ventana se abrió de par en par. En un arrebato huracanado y rabioso, las ramas del árbol entraron en el dormitorio, y palpando muebles, suelos y paredes, fueron agarrando todo juguete que hallaran a su paso, para llevárselos, secuestrados, hacia la tormenta. Ni el payaso, ni el trenecito, ni el helicóptero, el balón o el yo-yó, pudieron hacer nada contra la furia de aquél monstruo leñoso que les arrastraba consigo.
-¡Papáaaaaaa!
Se encendió la luz, y el escenario cambió repentinamente. Los juguetes descansaban en su correcta ubicación, aunque podía escucharse aún el viento a través de la ventana, que permanecía cerrada, protegiendo al niño del árbol amenazador que tras ella se sacudía, y aislando la vivienda de los rayos y truenos que comenzaban a hacer acto de presencia, justo antes que la lluvia.
-¿Qué pasa?
-Tengo miedo, papá. No puedo dormir con la tormenta.
-No te preocupes, chiquitín; papá se quedará aquí contigo hasta que te duermas…

lunes, 16 de abril de 2012

La última mirada

(Dedicado a Mathew)


La última mirada

Si entendieras por qué te duele, te dejaríamos elegir.
Si pudieras optar por finalizar tu vida cuando quisieras, nos posiblitaras calmarte ese dolor y mimarte, hasta tu último suspiro, permitiría que, si lo deseas, pudieras vivir tu último trecho disfrutando de nuestra compañía.

Porque nos quieres. Lo veo en tu mirada, esa mirada que me habla de impotencia, que nos pide ayuda, que nos exige una explicación a tu padecimiento, que nos implora clemencia, y que nos culpa porque tenemos nosotros, y no tú, la última palabra. Tus pupilas fijas me hacen preguntarme si tendrás consciencia de muerte, si sabrás lo que va a suceder hoy, si nos estarás agradeciendo, acusando, suplicando o maldiciendo. Creo que por primera vez no sé entenderte. Y me duele en el alma, porque tampoco sé explicarte.

No somos Dios, y no es fácil, créeme, tomar la decisión que debería tomar quien te creó. Pero pienso que Él se ha olvidado de ti, permitiendo tu angustia.
Y no podemos verte sufrir. No podemos presenciar cómo te esfuerzas en ponerte en pie inútilmente, cómo gimes cuando te tocamos, cómo nos llamas cuando nos alejamos y te ves incapaz de seguirnos. ¿Es un acto egoísta? ¿Es nuestro sufrimiento, o el tuyo, el que queremos finiquitar? La culpa y la tristeza nos pueden.

Perdóname. Deja, por favor, pese a que vayamos a firmar la sentencia final, que te demos las gracias por habernos dado tanto durante todos estos años. Ya eres anciano. Ojalá pudieras comprender que llegar a viejo habiendo sido dichoso, como has sido tú, es una gran alegría. Dios se equivocó otorgando al perro tan pocos años de existencia; tú merecías vivir más que muchas personas que conozco.

Te queremos mucho. Te hemos querido mucho, nos has enseñado mucho, nos has consolado mucho, nos has abrigado mucho; nos has comprendido, desde tu perruno entendimiento, mucho. Mucho. Muchísimo.
Compréndenos una vez más. Sólo esta vez: la última. Dame la patita, como yo te enseñé. Apoya tu belfo en mi regazo, quiero sentir por última vez tu calorcito y tu aliento tibio.

En unas horas, tu padecimiento habrá terminado, y yo me quedaré sosteniendo tu mirada en mi mente, sintiendo culpa por mi, y alivio por ti. No sé si en el Más Allá, si es que existe, nos juzgarán por esto. Yo acepto gustosa cualquier condena, porque te prometo que lo único que quiero es que acabe tu penar, y darte de nuevo la dignidad que ese canalla y acinésico sufrir te está robando.

El caso, ¿sabes? es que lo hemos tenido que hacer más veces, y nunca nos acostumbramos.
Siempre sabéis cómo mirarnos en el último momento.
Descansa en paz, Mathew. Has sido un buen perro; has sido una gran persona.

Soneto erótico: La vena de tu miembro

La vena de tu miembro

La vena de tu miembro es la dinamo
que en su latir, enciende mis sentidos,
que derrite nuestros labios ya prendidos
y es el mástil de la pira donde ardo.

La vena de tu miembro me obsesiona
despierta tu virilidad dormida
haciéndote manar simiente viva,
sometiendo dulcemente mi persona.

Riadas de placer en estallidos
la vena de tu miembro me origina,
matándome al besar su recorrido

Pues bebo, cual veneno, tu ambrosía
me ahogo en una hiedra de libido
y muero bajo el mar de tu ardentía.

(Con este soneto, comparto primer premio este mes, en concurso de poemas con dos usuarias más en el foro "Sabor y Estilo")

domingo, 15 de abril de 2012

Perfecto, como siempre
























"Perfecto, como siempre"


Hace frío aquí; deja que te abrigue…

¿Sabes? Hoy está nublado. No sé si terminará lloviendo. No es un día de ésos que te gusta disfrutar paseando por el campo. Hoy no me traerás flores silvestres.

¿Quieres que llene el botijo con agua fresca?. Ahora cortaré unas ramitas de hierbabuena del jardín, porque te gusta el olor, y meteré una, como siempre, en el bolsillo de tu camisa.

Me gusta peinarte, como ahora. El remolino de tu coronilla se me resiste, pero es un reto diario lidiar con él; me brinda una pequeña batalla a la que he terminado tomando gusto.

Hoy he acertado con la raya de tu pantalón: ¡mira que es difícil que te siente derecho! Creo que era el cinturón; no te lo abrochabas bien y llevabas la prenda siempre mal sujeta. ¡Ay, qué hombre!

¿Cuándo terminaré de estar pendiente de tu aspecto?. A veces creo que lo haces adrede porque disfrutas con mis cuidados. En el fondo, sé que te gusta que lo haga.

No tardará en llegar nuestra hija. El viaje habrá sido largo; vendrá cansada; no habrá podido dormir. Quería estar aquí cuanto antes. Espero el momento de verla agarrando tus manos; es un instante tan dulce… Cuánto te quiere. El niño no vendrá, pero lo sentimos cercano, ¿verdad?. Es mejor así, aún es muy pequeño.

Déjame perfumarte. Permite que te rocíe por aquí, por el cuello, tras las orejitas y, finalmente un poco sobre la camisa, como a tí te gusta.

Estás perfecto, como siempre.

Ya vienen a buscarnos. No me moveré de tu lado. Hoy es un día muy importante para ti; tanto, amor mío, como el día que naciste.

-Disculpe, señora. Ya llegó su hija, y quiere entrar.
-Hágala pasar, por favor, mi marido ya está preparado. Dígales, por favor, a los empleados de la funeraria que esperen unos minutos; ella viene de lejos, y querrá estar unos instantes junto al padre. Mientras tanto saldré un momento. He de traer unas flores silvestres a mi esposo.

sábado, 14 de abril de 2012

Desvarío sobre la pareja.

A veces he pensado que tener pareja es como comprarse un coche. Nadie se ofenda, por favor; solamente estoy pensando en alto.

Al principio crea una ilusión enorme, se le cuida, se le mima, no queremos ver en él el más pequeño defecto. Lo enceramos, estamos pendientes de su bienestar, de sus revisiones, de que no le falte de nada, de que no pase carencia junto a nosotros.

Al cabo de unos años, nos sigue gustando, es más, le tomamos más afecto, pero ya no tenemos la misma ilusión. Ya le perdonamos los roces, los pequeños (a veces los grandes) defectos, las averías o la falta de rendimiento, y ya no estamos tan pendientes de que parezca nuevo. Seguimos valorando su calidad y su utilidad, y lo necesitamos del mismo modo, pero no nos importa si brilla un poco menos o no tiene el mismo reprís.

Hay personas, además, a las que, pese a estar contentos con su coche, les atrae probar otros, y aceptan las proposiciones que les ofrecen (o las buscan), por el placer de conducir algo diferente.

También encontramos a quien decide adquirir dos, uno para la demanda diaria, y el otro para los momentos de esparcimiento. Suele suceder que con el segundo se recupere esa ilusión del principio, se le mime y se le cuide con el mismo esmero, aunque no sea nuevo, mientras que al vehículo del trabajo se le va dejando un poco de lado, pero, sabiendo de lo necesario de su existencia, intentamos que más o menos siga estando bien. Puede ocurrir que, finalmente decidamos, con o sin pena, desprendernos de él, porque consideramos que el coche recién adquirido también puede ofrecernos las mismas prestaciones, añadidas a esa ilusión recuperada, que queremos disfrutar también a diario.

Por supuesto, no faltan aquellos que ven más práctico no adquirir un automóvil en propiedad, por no adquirir responsabilidades con él, o porque no lo consideren rentable, y optan por otros transportes, a los que acceden según necesidad, y de los que descienden sin dolor por perderlos de vista.

domingo, 8 de abril de 2012

Tengo

Tengo dicha de haber sido tuya un dia
y lo que debió suceder, sucediera
y entregándote al deseo, admitieras
que me querías.

Tengo hambre de volver a disfrutarte
de vivir momentos dignos de evocar
de brindarte mi pasión, y retomar
y de gozarte.

Tengo miedo de tenerte y no tenerte
de añorar, y a tu olvido condenarme
de querer y no poder recuperarte
y de perderte.

Irisada

Nuevo amor

Nuevo amor, y nuevas ilusiones
que iluminan las tinieblas de mis días;
nuevas risas, nuevas emociones,
nueva alegria.

Nuevas dudas, nuevas confidencias,
nuevos cantos a la vida, que requiero;
nuevas noches, nuevas experiencias,
nuevos recuerdos.

Nuevos besos, nuevas sensaciones
que devuelven el sentido a los sentidos
nuevos miedos, caricias y pasiones
Séd bienvenidos.

Irisada

jueves, 5 de abril de 2012

Soneto al olvido

Soneto al olvido

La digestión del olvido ha de ser lenta,
masticando y degustando los bocados
de vivencia y frenesí, que tanto cuentan,
extrayendo los sabores entregados.

La distancia ha de aumentarse lentamente
degustando y reviviendo lo gozado,
albergando los recuerdos en la mente,
dando así justo sentido a lo olvidado.

Y sonreír, por haberlo conocido
y llorar, por no haberlo hecho viable;
sólo así vale la pena lo sentido.

Y esperar un nuevo amor, en lo probable
y mirar hacia adelante, rostro erguido
guardando aquella historia insuperable.

Soneto: Perra renuncia

Perra renuncia

Perra renuncia, tu existir maldigo
impreco a tu burla falsa y socarrona
que zumba mis oídos, fustiga mi persona
mil veces ansío tu ruina, y te digo

que no he de calmar esta ira creciente
ni he de descansar hasta no ver partidos
todos tus deseos de quebrar mi sino,
y sólo he de hallar paz en mi cólera ardiente.

No hay belleza alguna en el mortificante hastío;
no hay nostalgia dulce en el fatal destierro,
ni el más leve consuelo en el hiriente frío

cuando el frío emana de tu frío hierro
arreciendo la sangre en el corazón mío
que no ha de morir sin verte en el infierno.

sábado, 10 de marzo de 2012

Guindillas













Guindillas

Nadie.
Me pareció que llamaban a la puerta, mas al abrir la mirilla, no hallé a nadie detrás. Volví sobre mis pasos, apoyada en mi muleta. No había llegado de nuevo a la salita de estar, cuando escuché el timbre de nuevo. Esta vez, en vez de mirar, pregunté:
-¿Quién? ¿Llama alguien?
-Señola… ¡¡Galcía!!
Nunca había pronunciado nadie mi nombre así, y menos, una voz de “niña”. Me asomé de nuevo a la mirilla, y me topé con un montón de dientes. Abrí la puerta. Tuve que bajar la cabeza para verla. Ahí, de pie, se me personaba una criatura menuda, de cabeza grande y cuerpo diminuto, con evidentes rasgos orientales, que sonreía de una manera escandalosa. No sabría qué edad atribuirle, pero calculé unos cuarenta años, aunque, ciertamente, parecía una muchachita.
-Yo soy Amalia García. Sí. ¿Qué desea?
La mujer extendió el brazo de súbito, hasta darme casi en el rostro con un sobre.
-Señola… Liaño… ¡me manda!
Cogí el sobre y lo abrí. Dentro, dobladas de modo caótico, había tres hojas.
-¿Consuelo Riaño, dice usted?
-¡Sí!, -Asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.


“Querida Amalia: Como te prometí hace unas semanas, te envío a quien ha sido mi fiel asistenta durante estos tres últimos meses. Te gustará. Si por algo me duele tener que marchar tan lejos a estas avanzadas edades, es por tener que prescindir de ella. Es camboyana, habla bastante mal el castellano, pero lo entiende todo. Te envío mi nueva dirección y número de teléfono, así como fotocopia de su permiso de residencia. Un abrazo. Chelo.
PD: Ten siempre en casa algún bote de guindillas en vinagre; para ella son una golosina.”


Metí de nuevo la carta en el sobre y miré de nuevo a mi inesperada invitada, que seguía sonriendo. Media cabeza suya era sonrisa, y exhibía, la verdad, una caja dental lamentable, llena de piezas torcidas y amarillentas, lo que no restaba dulzura a su faz. Para colmo de males, mostraba dos hileras de dientes, aunque esa falta de complejo era lo que realmente despertaba mi ternura. Es verdad, Chelo me dijo que me la recomendaría, pero no pensé que me la enviaría por transporte urgente.
-¿Cómo se llama?
- Yira-Poh-Wang
- Dios…
-Llamá… ¡Yira!
Me contagió la sonrisa. Deduje que le venía de serie. Me pareció un ser tremendamente gracioso. Hablaba muy despacio, pero cuando llegaba a la última palabra de cada locución, tras un breve silencio, de súbito elevaba el tono y la pronunciaba casi gritando. Convertía en agudas la mayoría de las palabras llanas, lo que otorgaba una alegría peculiar a su vocalización.
-¿Duerme ahora en alguna parte?
-Casa… señolá… ¡Liaño! Malcha hacia nolte ¡mañana! Malido… … ¡jubilado!
-Y, ¿por qué no se va con ella al norte? Ella estaba a gusto con usted. Y Galicia es precioso.
-Nolte… ¡flío!, -exclamó, encogiendo el rostro. Decididamente la prefería sonriendo.
-No llamá … ¡"usted"!; Me gusta… … "¡tú!"
Vaya, eso significaba dos cosas: que debía tutearla, (lo cual me gustó), y que disponía de veinticuatro horas para acomodarla en alguna habitación. Valiente gamberrada, la de mi amiga. Solamente tenía una cama plegable que compré por suerte meses atrás, para acomodar en ella a mi sobrina mientras estuvo cuidándome durante mi convalecencia. Pero, habitación, tendría para elegir. La casa era muy grande.
Le fui franca. Le dije que tendría que pasar unos días de prueba antes de decidir si me quedaba con ella. Para mi sorpresa, asintió encantada con la cabeza, como ya era natural, sonriendo. Le invité a entrar, y le enseñé, estancia por estancia, el que, desde el día siguiente, sería también su hogar.
Dos horas, y Yira estaba ya pasando el plumero por las estanterías a velocidad de vértigo. Me daba hasta apuro ver, a la que aún era para mí una perfecta extraña, tan volcada en el deber doméstico de mi casa. Y yo debía salir a comprar algo para comer. Me vestí y peiné. Le pregunté si me acompañaría, y en menos de dos segundos la tenía en la puerta, abrigo puesto, y cogiéndome suavemente del brazo, sonriendo, claro, para ayudarme a llegar hasta el ascensor. Incluso me cogió las llaves para cerrar ella la puerta. Creo que acababa de tomar conciencia de mi propia edad. Nunca antes me habían cuidado, a excepción de cuando me rompí la cadera y pude contar con la ayuda de una sobrina nieta, a la que brindé cobijo a cambio, hasta que encontró trabajo como abogado en la capital y pudo emanciparse, pero siempre quise valerme por mi misma si no lo precisaba de verdad. Mis ochenta años eran reales.
Al llegar al supermercado, la miré preguntándome qué querría comer. Como mi amiga me indicara, me entendió a la perfección.
-Usted… ¡complá!; Yo como ¡todo!
Con una mano agarraba una cesta; con la otra me llevaba a mí. Le indiqué que, aun con muleta, podría caminar sola. Me soltó pidiéndome perdón por ello. Cargué la cesta de verduras y algo de pollo, y, por supuesto, un bote de guindillas en vinagre. Su sonrisa, increíblemente, se multiplicó.
Al llegar a casa, nos despojamos de abrigos y me dirigí a la cocina, pero ella no me lo permitió.
-Usted… ¡sientá!; Yo… cocina… hago… … … ¡comida!

Fui cogiendo el truco al particular modo de pronunciar de aquella chiquilla. Cuanto más énfasis quería otorgarle a la última palabra de sus frases, más larga era la pausa que la precedía. Y su estrategia funcionaba; conseguía que yo captara el mensaje y la intención. Esta mujer amenazaba con llenarme la casa de puntos suspensivos.


Me quité la ropa y me cubrí con una cálida bata. Al volver a la cocina, encontré a Yira en cuclillas, con las rodillas pegadas a los hombros, y con una cacerola grande y una tabla sobre el suelo, picando verdura a toda velocidad.
-Mujer, siéntate a la mesa, ¡debes estar incómoda ahí agachada con la cazuela en el suelo!
Se levantó y me apartó suevamente con la mano.
-Usted… ¡descansá! Yo… mejor así… ¡costumble! No… ¡pleocupe! Así, cazuela… ¡no cae suelo!
La comida estaba exquisita, Yira no era ninguna novata de los fogones. Y viéndola trabajar así, me empecé a encontrar a gusto. Chelo no me había mentido.
Me fijé en su trenza negra e interminable. Le llegaba hasta la cintura. Pensé que, cuando la deshiciera, luciría una melena impresionante, de color semiazulado, lisa y lustrosa.
Por la tarde me quedé algo traspuesta en el sillón del salón, mecida en parte por susurrantes canturreos de mi asistenta, a los que no tardé en acostumbrarme. Ella seguía con sus labores, como accionada a pilas. Parecía una cucaracha despistada, correteando de acá para allá, sin detenerse. De vez en cuando entraba en la salita, donde yo visionaba la televisión, y con su ya habitual sonrisa se cercioraba de que yo estuviera bien. Yo le respondía con otra; me contagiaba sin remedio.
Hacia el anochecer, entró a preguntarme qué quería de cena. En la nevera encontraría fiambre y material para una buena ensalada. En un rato estaría preparada la mesa, con el bote de guindillas abierto y listo para ser asaltado. Me preparó un sándwich de pavo y me acercó un plato de ensalada, y el bote de guindillas. Las rechacé; en mi juventud me gustaba comer alguna de vez en cuando, sobre todo cuando comíamos cocido, pero era un alimento demasiado fuerte para mí. Después de cenar, Yira marcharía a dormir a casa de mi amiga Chelo, y al día siguiente vendría otra vez, aunque me pidió llegar un poco más tarde, para poder despedir a los que habían sido sus jefes hasta hoy. Pero ahí no terminaron las sorpresas. Para mi asombro, agarró dos rebanadas de pan, y se fabricó un sándwich ¡de guindillas!.
No podía creerlo. Mi asistenta engulló ante mí una bomba de relojería. Saltaba, lloraba, bebía agua como una rana, se sentaba de nuevo, y volvía a morder su sándwich con fruición para saltar de nuevo, llorar de nuevo, beber de nuevo… Impresionante. Me dejó con la boca abierta. ¡Además, la mujer disfrutaba!
-¡ah!... ¡aaaaah! ¡oooh!... ¡guindillá!... gusta… ¡mucho! ¡ah! ¡oh!
En un intento de ayudar, le ofrecí un trozo de queso manchego, a ver si ello conseguía calmar sus ardores esofagales de alguna forma.
-¡Noooo, quesó, no!¡Ahg! Queso huele… … … ¡pies!
A mi edad pensé que poco nuevo me quedaba por ver; estaba, por supuesto en un error del que salí esa noche de la manera más divertida.
Cuando Yira marchó, me dio un beso en la frente. Otra sorpresa más… que también me gustó.
A la mañana siguiente, no tardó tanto en llegar como pensaba. Mi amiga y su esposo debieron madrugar para emprender viaje. Apareció cargando una pesada maleta. Escogió una habitación donde no había más que un armario, que vacié de viejos abrigos, y dos antiguos aparadores que habilitó para ropa. Me pidió, eso sí, una mesita pequeña, y le indiqué dónde podría encontrar dos, que, rápidamente, se llevó allá. Entre ambas, sudando, (y yo, cojeando), pudimos también trasladar la cama plegable. Sacó una bolsa pequeña con también pequeños objetos, que repartió en los cajoncitos de ambas mesillas. Y extrajo, con cuidado, de un saquito de tela, cinco figuritas de Buda de diversos colores y tamaños, que colocó sobre una de ellas con mimo y susurrando ininteligibles palabras, llenando toda su superficie. La observé curiosamente y se dio cuenta.
-Buda ocupá sitio… ¡mucho!... Buda siemple… ¡sentado!... Nosotlos no… ¡Clucifijo!... ¡Agh! Toltula… … Maltilio… … suflimiento… … … ¡holible!
Por primera vez en mi católica existencia, y ante aquella mueca de terror evocando la crucifixión del Señor, mis religiosos pilares temblaron bochornosamente, lo admito.
Me retiré a la salita, en aras de permitirle intimidad para terminar de ubicarse. No comimos tarde, de todas maneras. Preparó un rico arroz a la cubana. Como el día anterior, lo hicimos juntas, en la salita; me agradaba su compañía en la mesa. Esa tarde le haría pasar, además, una prueba difícil y para mí, crucial: la plancha.
Le di dos blusas y dos faldas, escogidas de mi ropero, con los justos dobleces, volantes y fruncidos como para poner nerviosa a la planchadora más experta. Debía probarla, y ella, al ver que no era ropa recién lavada, se percató de mis intenciones. Aun así, sonreía.
-Yo abro… ¡tablá!... Plancho ahola… ¡mismo!... Usted… ¡obselvá!
No se amilanó. Escogió primero la blusa de chorreras, la más complicada de estirar. Con suma delicadeza, la extendió sobre la tabla, comprobó la temperatura de la plancha, y se puso a ello. En mi vida había visto planchar así. Mimaba la prenda. La extendía cogiéndola suavemente por las costuras con dos deditos, la acariciaba con la palma de la mano. Diría que la blusa disfrutaba siendo planchada. Lo habría jurado sin temor a equivocarme. El tejido parecía estremecerse bajo el calorcito y con los susurrantes cantos de su planchadora, canturreos que, en lo indescifrable de su idioma, se me antojaban dulces y tiernas nanas. Sólo quedaba que mi blusa se quedara dormidita entre sus brazos; y ya no podía, a esas alturas, descartarlo. Era una delicia mirarla mientras trabajaba; ¡volcaba en ello todo el amor del mundo!
-Yira, ¿quién te enseñó a planchar? Me estás dejando sin palabras.
-Camisa… como piel… … ¡pelsona!... Misma… ¡folma!... Mismo… ¡huele!... Si tú amas pelsona… tú amas… … ¡camisa!

Me dejó muda, si aún era posible, por unos instantes más.


-Quedas contratada. No hay más días de prueba. ¿Vamos a comprar guindillas?
Mi camboyana cuidadora sonrió como nunca. Su sonrisa se amplió hasta límites insospechados, pintó las paredes y techos, inundó todos los rincones de la casa, salió por las ventanas y recorrió calles y barrios; toda la ciudad, sublevada ante Yira, se hizo sonrisa.