Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

domingo, 8 de abril de 2012

Tengo

Tengo dicha de haber sido tuya un dia
y lo que debió suceder, sucediera
y entregándote al deseo, admitieras
que me querías.

Tengo hambre de volver a disfrutarte
de vivir momentos dignos de evocar
de brindarte mi pasión, y retomar
y de gozarte.

Tengo miedo de tenerte y no tenerte
de añorar, y a tu olvido condenarme
de querer y no poder recuperarte
y de perderte.

sábado, 4 de febrero de 2012

El reposo de Napoleón



-¡¡Napo!! ¡¡A la calle!!

La tarde vaticinaba una noche extremadamente fría; la escarcha, producto de una niebla que no había terminado de disiparse, cubría por completo la hierba del jardín, y toda la calle presentaba un aspecto blanquecino y cromáticamente uniforme. En absoluto me apetecía salir con ese panorama, pero mi perro tenía que ir “al aseo” antes de que nos fuéramos a dormir.

-¡¡Napoleón!! ¡¡Nos vamos!!

No. No piensen que mi perro se hacía el sordo barruntando el helado paseo. Napo presumía, si es que de ello se puede presumir, de una sordera algo preocupante, debida a su avanzada edad. Lucía una graciosa y canosa perilla sobre el hocico, a contraste con el negro aterciopelado de su cabeza y manto; que conservaban todavía el resplandor del charol.
Quince años, para un mastín napolitano, (de ahí se nos ocurrió el nombre) eran muchos años, y aun estando sano como estaba, los síntomas de vejez iban delatándose por días, desgastando el organismo del animal poco a poco.

-¡¡Napoooooooo!!!

Me acerqué a su lado. Dormía plácidamente en su cojín. Mas, para estar sordo, se dio cuenta de inmediato de mi presencia y abrió un ojo. En sus cejas y sus colgantes orejas también había presente alguna que otra cana, con lo que su rostro adquiría un aire intelectual, haciéndole parecer una especie de Einstein hecho can. Sin levantar siquiera el cuello, comenzó a agitar la cola, esperando, esta vez poniendo oídos, a que yo le diera la orden pertinente.

-Napo, ¿vamos a la calle?

Y Napo pegó un brinco de órdago, parándose sobre las cuatro patas abiertas. Se sacudió todo él, entero, trasladando sinuosamente el zarandeo por todo el cuerpo, como la peristalsis de una lombriz, pero menos elegante, debido a su enorme cantidad de pellejo, desde la cabeza hasta el rabo.

Una vez peinado por sí mismo, se tomó la molestia durante unos largos segundos para conseguir una posición medianamente erguida. Colocando pata por pata, doloridas las cuatro, y algo anquilosadas por la creciente artrosis, fue tomando posición, a fin de prepararse para el pistoletazo de salida final. Y el pistoletazo consistió en ocho o diez pasos torpes y medio escorados, nada armoniosos por culpa de sus callosas articulaciones, tras los cuáles se detuvo con la lengua fuera. Me miró. Debió pensar: “Qué tiempos aquellos en los que me plantaba en la puerta de un salto, ¿verdad?”.

-Tranquilo, Napolete, tómate tu tiempo, ¡¡ya sé que te crujen las bielas!!

Una vez fuera, ya había desentumecido casi del todo su anciana y pesada anatomía, permitiéndose, graciosamente, dar un hábil saltito para bajar el escalón de la entrada. Ya en la calle, procedí a ajustarle la correa, y comprobé que su collar estaba bien abrochado, aunque no temía en absoluto que iniciara una carrera veloz si se escapaba.

Napoleón caminaba tras de mí cada vez que salíamos, a remolque, desde hacía algunos meses. Antaño quedaron las “carreras de trineo” que me brindaba a lo largo de la avenida, conmigo arrastras y desesperado por poder alcanzar su velocidad sin jugarme un cabezazo contra alguna señal de tráfico. Poco a poco, paulatinamente, fue frenándose, y durante una temporada llegó a andar paralelo a mi cuerpo, a mi paso, cosa que siempre deseé, mas nunca supe educarle para ello.

Llevaba la cabeza gacha, con el hocico elevado; la mirada forzada y fija hacia el horizonte. Ya no reaccionaba de súbito frente a algún perro que pasara por la acera de enfrente; ya no tenía, ni con mucho, la misma percepción visual, menos aún de noche, y estoy convencido de que a estas alturas se guiaba mayormente por el olfato.

Durante muchos años, al llegar al parque, mi perro se entusiasmaba perdiendo el control, brincando y ladrando, impaciente porque le liberara de su correa, y así pudiera correr en busca de los perros vecinos para jugar. Ahora se detuvo al borde del césped, lengua fuera, cansado por la caminata, y sin gana ninguna de permanecer ahí salvo porque tenía la necesidad fisiológica que le obligaba a salir a diario. Dudo también que pudiera oír los ladridos de los perros que correteaban libres no lejos de allí, y dudo también que pudiera verlos, por lo que deduzco que no le generaba tampoco nostalgia el hecho de no poder sumarse al grupo. Mis vecinos, que permanecían abrigados hasta la frente y de pie sobre una alambrada, charlando tranquilamente mientras sus canes se divertían, me saludaron de lejos con la mano, respondiendo yo de igual manera. Alguno de ellos llamó cariñosamente a mi Napoleón, sin recibir, lógicamente, reacción ninguna del animal.

Napo se escondió tras unos arbustos para realizar su higiénica tarea; siempre fue muy discreto para eso, aunque ahora, sus incipientes cataratas le impedían esquivar alguna rama que le arañaba la cara sin querer, y se quedaba quieto, hasta que yo mismo le retiraba la leñosa molestia, ya que él no se valía como antes para quitársela con la pata. Una vez hubo terminado, (tardaba mucho, estaba poco ágil hasta para mantenerse agachado, y yo me quedaba tieso de frío, pero qué se le iba a hacer), procedí yo a cumplir con mi deber de mantener limpia la ciudad utilizando la bolsita al efecto, y él mismo se encaminó de nuevo hacia la avenida, deseoso ya de volver a casa.

El trayecto de vuelta se nos hizo el doble de largo que el de ida, tan extenuada andaba mi anciana mascota. El frío se me metió en los huesos a fuerza de detenerme de vez en cuando con él para que recobrara fuerzas a fin de poder continuar. Aprovechaba para acariciarle; poco tiempo me quedaría ya para hacerlo, me temía, y él me respondía con un lastimero pero cariñoso gemido, moviendo levemente la cola en aprobación. Al llegar a la puerta de casa, cobró repentinamente cierta agilidad y subió el escalón de un salto, esperando impaciente a que yo abriera la puerta para adentrarse derecho hasta el cuenco de agua que le esperaba en el tendedero, y calmar su sed. El contenido del plato de pienso apenas había mermado su volumen desde hacía días. Mi perro, pese a su tamaño, cada vez consumía menos, y ya no hacía caso a los pequeños manjares que antaño le ofrecían los niños cuando merendaban; le cansaba hasta comer.
Mi hijo pequeño apareció de súbito por allí, y se abrazó a Napoleón mientras bebía, pero, a diferencia de tiempos pasados, éste, en vez de revolverse juguetón, refunfuñó suavemente, pidiéndole de tal modo que le permitiera terminar de refrescarse para poder volver a su mullido cojín.

-¿Por qué se enfada, papá?

-No se enfada, está muy cansado y ya no puede jugar como antes, hijo.

Mi can se dejó caer pesadamente sobre su cama, emitiendo un resignado suspiro para, inmediatamente, cerrar los párpados y, por fin, intentar descansar.
La criatura, lejos de rendirse, se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el costado. El animal hizo un postrero esfuerzo para girar sobre sí, ofreciendo toda la extensión de su barriga para dejarse rascar a placer. Su cabeza, echada hacia atrás y semiladeada, adoptó una mueca entre terrorífica y tierna, con los párpados medio vueltos y los ojos casi en blanco, pero fijando la vista con dulzura en la cara del niño, y los belfos caídos hacia atrás, mostrando unos colmillos que no habían perdido su buen aspecto pese a la edad, y que aún evidenciaban al poderoso mastín que Napoleón siempre fue.

-Ya es un abuelito, ¿verdad, papá?. Y duerme mucho.

-Sí, ya es muy mayor.

Acaricié el rostro triste de mi pequeño, que descubría así la injusticia divina de hacer envejecer a los perros mucho antes que a sus amos.

-Y tienes que estar preparado, porque no falta mucho ya para que un día, ¿sabes?, cuando se quede así, dormido, ya no pueda despertarse. Entonces estará ya reposando en el cielo, junto a todos los perritos que yo he tenido, ¡que han sido muchos!. Y allí, te aseguro que ya no le dolerá nada, y volverá a jugar y a correr como hacía antes.

-¿Para siempre?

-Para siempre.

Napoleón emitió un prolongado gruñido, susurrante y mimoso, de puro contento, y comenzó a roncar.

sábado, 28 de enero de 2012

Pecados excusables


PECADOS EXCUSABLES

Nunca supo las veces que permanecí observándole tras la ventana de mi dormitorio. Durante más de cuatro meses, cada Martes y Viernes, le veía aparecer conduciendo un turismo blanco pasada la medianoche. Estacionaba siempre, pese a que estaba prohibido hacerlo, junto a la señal que advertía de la presencia del colegio y del peligro de poder toparse con niños cruzando la calle. Apagaba el motor y se quedaba allí durante al menos una hora. En ocasiones, descendía del vehículo y se acercaba a la señal para apoyarse sobre ella, permaneciendo así durante interminables minutos, moviéndose lo justo para ir prendiendo cigarrillo tras cigarrillo hasta que, a saber si el sueño, el aburrimiento, o simplemente el final de su paciencia, le llevaban a subir de nuevo al coche e irse.

Una vez se hubo marchado, me dispuse a prepararme para mi escapada nocturna. Me miré al espejo y me acomodé la toca. Para mi revoltoso cabello era una ventaja llevar aquella prenda, aunque no siempre conseguía cubrir los traviesos rizos que insistían en sobresalir bajo mis orejas. Mi hermana me decía repetidas veces que me había metido a monja por mi complejo de despeinada, y, pese a que me hablaba en broma, admitiré que no andaba muy lejos de la verdad. Claro, ella jugaba con ventaja: Sus rizos, ignoro por qué razón, eran automáticos y se ordenaban solos.

Siempre llevaba a mi querida gemela en el pensamiento. Nuestra necesidad de estar juntas era tal, que, pese a que el océano y el devenir de la vida nos había separado ya hacía años, casi una veintena, no me importó buscar estrategias que me permitieran acercarme a ella con frecuencia, aun a escondidas y a riesgo de ser descubierta por alguien de la congregación. Realmente no era consciente de que, si alguna vez me encontraran utilizando la webcam del ordenador de la madre superiora, no habría piedad para mí, y con casi total seguridad sería de inmediato trasladada al más lúgubre y lejano de los rincones geográficos para seguir la vida contemplativa que en su día escogí, pero alejada de mis alumnas y de mis internas, éstas criaturas que otorgaban a chorros alegría a mi existencia, y que colmaban el maternal instinto que siempre creí sentir. En aquél despacho se guardaba documentación a la que nadie debía acceder. El Señor sabe que jamás en mi cabeza cabría hacer algo así, pero nunca entendí por qué a la superiora no se le habría ocurrido instalar una cerradura. Tentaba al Diablo.

Oí por fin el sonido de los zapatos de la madre Blanca sobre el parquet de la capilla. Era el momento de salir hacia allá. Como cada noche, esperé a verla adentrarse en la galería para hacerme la encontradiza. La saludé, y ella me respondió:

-Vuelve usted a la capilla, madre Ángeles. Me preocupa que duerma tan mal.
-Dios es la mejor terapia contra el insomnio, madre. Él me mecerá en su paz y conseguirá que concilie el sueño.
-Entonces espero que Dios no se haya quedado dormido. No me gustaría encontrarla mañana echada de mala manera sobre un banco.

Abrí la puerta de la capilla y bajé el escalón. La madera crujió bajo mis pies a modo de saludo.
Me arrodillé ante el altar y recé unos minutos, más por asegurarme de que madre Blanca no volvería sobre sus pasos, que por necesidad espiritual. En aquél momento no era precisamente la fe la que me movía a entrar allí a las dos de la madrugada. Me santigüé y crucé el altar por detrás, a fin de alcanzar la puerta de la sacristía, que, atravesando de dos zancadas, me permitió personarme sin rubor ni vergüenza en el despacho de la superiora. A madre Blanca le gustaba quemar incienso cuando se quedaba trabajando por la noche, y todavía podía percibir su denso perfume. Me senté en el sillón, junto al ordenador, y en menos de un minuto estaba ya buscando a mi hermana por la red. Ajusté mi toca para que ella me viera guapa a través de la webcam.

-¡Nena! ¡Mírate! ¿Viste lo pálida que estás, Ángela? Aaaah, se nota que no comes bien, ¡Y, qué pelos! Si mamá te viera se enojaría con vos, por desprolija…

Argentina se quedó con mi hermana y con su acento extremeño. A veces me costaba entenderla, mas ver su imagen me era ya bastante para llenarme de dicha y paz.

De modo encubierto, cuales amantes desesperados, Nieves y yo nos encontrábamos durante treinta deliciosos minutos una vez a la semana. Pese a lo grave de mi falta, saltándome a la torera las normas de mi comunidad religiosa, una vez que la hallaba al otro lado de la cámara olvidaba todo sentido de la desobediencia, toda culpa. Dios lo entendería. Tenía que entenderlo. Reclamar el cariño de una hermana no podía ser un pecado tan imperdonable.

Sonia era una alumna de 3º de ESO. Pertenecía al grupo de niñas internas. No era una cría cuyo comportamiento hubiera causado nunca ningún problema. Pero llevaba unos meses acusando un preocupante descenso en el rendimiento escolar. Su madre venía a buscarla cada viernes y volvía a traerla los domingos. Sonia no manifestaba entusiasmo cuando se marchaba a casa, como se entusiasmaban la mayoría de sus compañeras, mas tampoco mostraba excesiva resignación cuando se reincorporaba tras el fin de semana. Yo había abordado varias veces con su progenitora el problema de rendimiento, encontrándome con que ella, lejos de pedir ayuda o intentar, al menos, investigar qué podría ocurrir con el declive en las notas de su pequeña, le restaba toda importancia y atribuía el fracaso a “cosas de la edad”.

Dos semanas después de aquella cita virtual con Nieves, ya entrados en primavera, me topé con que, cuando la buscaba, ella no se conectaba. Mi insomnio sufrió un alarmante (y justificado) agravamiento, hasta que recibí una llamada urgente de mi cuñado José, en la que me comunicaba que mi hermana estaba ingresada, había sufrido un ictus, por suerte (si se le puede llamar suerte a quedarse medio paralítica) saliendo viva de ello, como por ello era que debía yo saber que, en una larga temporada, ya no podría verla ni charlar con ella, ya que, entre otras cosas, el accidente cerebrovascular le había afectado al habla. Dentro de lo habitualmente fría que suele ser la relación entre las religiosas de la congregación, debo decir que recibí apoyo y cariño de todas mis compañeras, a excepción de la madre Blanca, que se limitó a recordarme que las adversidades no debían ser excusa para eludir mis deberes. Casi un mes después del suceso, y habiendo recibido no más de dos llamadas de mi cuñado (salían muy caras y entiendo que no se lo podía permitir) en las que me hablaba de la lenta evolución de mi gemela, opté por pedir a mi superiora que me adelantara las vacaciones de verano al mes de Julio para poder ir a Buenos Aires, mas su respuesta fue tajante y, sin duda, despiadada: No.

¡Qué más le daba! En Julio ya no había más clases en el colegio que las de recuperación, y yo no las impartía. Su gesto me pareció cruel, desalmado, y desprovisto de empatía hacia mi persona. Pedí a Dios que, al menos Él, entendiera su desconsiderada decisión.

A mediados de Junio me llamó de nuevo a su despacho. Me temblaron las piernas. Yo cumplía fielmente con mis obligaciones, no había vuelto a tocar el tema de mi hermana ante su presencia, y durante los diez minutos largos que me llevó cruzar toda la galería, la capilla y la sacristía, busqué y rebusqué en mi cabeza qué podía haber hecho mal. Estaba claro: Habría descubierto de alguna forma mi asalto semanal nocturno a su ordenador durante los meses anteriores, no podía ser de otra manera. Por suerte, no fue así, aunque tampoco había cambiado su decisión sobre mis vacaciones.

Su saludo fue tan frío como su alma, solo que disfrazado de cordialidad:

-¿He de concluir que se encuentra usted mejor de su insomnio, madre Ángela?. Llevo meses sin verla visitar la capilla por la noche.

Por puro merecimiento, la contesté del mismo modo:

-Así es, madre. Gracias. ¿Qué me trae aquí?
-Entonces, si duerme usted mejor, no habrá tenido el impulso de mirar por la ventana.
-Explíquese, le ruego, madre.
-¿Ha visto usted alguna vez a un hombre que suele venir en un coche blanco algunas noches, se queda en la puerta del colegio durante una hora, y después se va?
- Pues… sí. Pero nunca me pareció que hiciera nada malo, salvo saltarse la señal de estacionamiento. ¿Por qué?
-Es el padre de Sonia Soler. Si vuelve usted a verle en alguna otra ocasión, hágamelo saber, por favor. Vaya a despertarme a mi cámara si es preciso.
-Sí, madre, como usted convenga.

Interrumpí a Sonia durante un recreo bastante soporífero para ella, pues llovía a mares y las chicas habían tenido que refugiarse en las aulas. Con toda la dulzura que supe emplear, que era mucha, le pregunté si podíamos charlar.

-Sonia, ¿tú ves a tu papá?
-No, madre.
-Y… ¿por qué?

Me di cuenta de que había sido demasiado entrometida con aquella pregunta, pero la criatura colaboró.

-Mi madre no me deja verle ni hablar con él desde que se separaron el año pasado.
-¿Tú le echas de menos? ¿Él fue bueno contigo?
-Sí, madre, mucho, pero no me dejan ir con él. Ellos están de juicios, ¿sabe?.

Como vi. que comenzaba a temblarle la voz, di la conversación por finalizada, no sin antes darle un beso en la frente y ofreciéndome para hablar si alguna vez ella lo precisaba.

Ese martes tenía sueño, pero me quedé despierta tras el cristal de mi ventana, esperando que el padre de Sonia apareciera con su turismo blanco. Como seguía lloviendo, no descendió del coche. Me ajusté la toca como en los tiempos en que me escapaba para conectar con mi hermana, pero en esta ocasión fui algo más lejos que al despacho de la superiora: A la calle.

Cuidando de no ser vista, golpeé con los nudillos la ventanilla del automóvil, haciendo un gesto al hombre para que la bajara y así poder entregarle una nota. Se asustó en un primer momento, pero al ver que el mensajero se trataba de una religiosa, se apresuró a abrir.

-Lea esto, y por favor, no vuelva más por aquí. La superiora sabe quién es usted.

En la noche del viernes, sin embargo, las estrellas se dejaron ver. Salvo algunos charcos residuales, no quedaba vestigio de lluvia alguna. Sin ajustarme la toca esta vez, esperé a escuchar los pasos de madre Blanca sobre el parquet de la capilla, inequívoca señal de que se retiraba a dormir. Aproveché que los pabellones de las alumnas estaban al otro lado de la galería transversal y salí con prisa, sabedora de que en esa dirección no me toparía con ella, y con sigilo felino entré en la cámara de Sonia, la desperté con sumo cuidado, le indiqué que se pusiera la bata y las zapatillas, y la invité a seguirme pidiéndole máximo silencio. Cruzamos ambas galerías y entramos en la capilla con cuidado de que la madera crepitante (y según qué días, chirriante) no nos traicionara. Admiraba la enorme confianza que Sonia había volcado en mí; por momentos tuve la sensación de que me había adoptado como a una hermana mayor, y no pude por menos que detenerme unos momentos para acariciarle el rostro.

-Tengo una sorpresa muy bonita para ti, pero debe ser siempre nuestro secreto. ¿Vale?

Sonia asintió con la cabeza, y por primera vez en muchos meses, sonrió. Creo que empezaba a gustarle también el encanto de lo prohibido.

Entramos por detrás del altar a la sacristía, y de ahí al despacho (que seguía oliendo a incienso) de la superiora. Encendí el ordenador y busqué la aplicación que necesitaba. Acepté de inmediato la invitación de un contacto al que estaba esperando. Y conecté la webcam.

-Papá…