Irisada

Irisada
¡¡Hola, amigos!!

lunes, 30 de julio de 2012

Entregarte

Entregarte a ella ha de ser mi destino;
renunciar a ti por conseguir tu dicha,
luchar por tu suerte y pagar con desdicha,
que alcances tu paz sentenciando mi sino.

Palabras de afecto que calmen tu llanto
perdiéndote adrede en pro de tu sosiego
por verte feliz olvidaré mi ego;
si he de ser tu amiga, haré por lograrlo.

Mi felicidad pasa por la tuya;
Sólo si sonríes, será que  sonría;
aunque a partir de ahora de tu lado huya

en silencio, antes de llegue el día
en que, por tu bien, mi amistad concluyas
y te ayude, así, a hallar armonía.

Irisada

domingo, 15 de julio de 2012

Hoy, como siempre, te recuerdo

(Dedicado a Miguel Ángel, mi gran amigo)

Me enseñaste
A tomar la adversidad como algo nimio.
A reírme de la enfermedad.
A entender que cada uno debe elegir su destino, y yo debo aceptarlo.
A superar mi egoísmo.
A luchar contra Goliath, sabiéndome David
A saber perder con dignidad
A celebrar lo más insignificante
A ser constante
A superar la autocompasión
A reclamar lo que creía con derecho
A sentirme querida en tu ausencia
A prepararme si tu lucha no daba el fruto que deseábamos
A no temer la muerte

Gracias, Miguel Ángel.
Un año sin ti, es un año más contigo.

lunes, 16 de abril de 2012

La vena de tu miembro



La vena de tu miembro es la dinamo
que en su latir, enciende mis sentidos,
que derrite mis labios, a tí rendidos
y es el mástil de la pira que yo amo.

La vena de tu miembro me obsesiona,
despierta tu virilidad yacente
haciéndote manar viva simiente,
llenando, dulcemente, mi persona.

Riadas de placer en estallido
la vena de tu miembro me origina,
matándome al besar su recorrido.

Pues bebo, cual veneno, tu ambrosía
me ahogo en una hiedra de libido
y muero bajo el mar de tu ardentía.

domingo, 8 de abril de 2012

Tengo

Tengo dicha de haber sido tuya un dia
y lo que debió suceder, sucediera
y entregándote al deseo, admitieras
que me querías.

Tengo hambre de volver a disfrutarte
de vivir momentos dignos de evocar
de brindarte mi pasión, y retomar
y de gozarte.

Tengo miedo de tenerte y no tenerte
de añorar, y a tu olvido condenarme
de querer y no poder recuperarte
y de perderte.

jueves, 5 de abril de 2012

Soneto al olvido

La digestión del olvido ha de ser calma,
masticando y degustando los bocados
del amor destilado desde el alma,
exprimiendo los sabores entregados.

La distancia ha de aumentarse lentamente
degustando y reviviendo lo gozado,
albergando los recuerdos en la mente,
dando así justo sentido a lo pasado.

Y sonreír, por haberlo conocido
y asimilar lo  que no se hizo viable;
sólo así vale la pena lo sentido.

Y esperar un nuevo amor, en lo probable
y mirar hacia adelante, rostro erguido
conservando aquella historia memorable.

sábado, 10 de marzo de 2012

Guindillas



Guindillas

Nadie.
Me pareció que llamaban a la puerta, mas al abrir la mirilla, no hallé a nadie detrás. Volví sobre mis pasos, apoyada en mi muleta. No había llegado de nuevo a la salita de estar, cuando escuché el timbre de nuevo. Esta vez, en vez de mirar, pregunté:
-¿Quién? ¿Llama alguien?
-Señola… ¡¡Galcía!!
Nunca había pronunciado nadie mi nombre así, y menos, una voz de “niña”. Me asomé de nuevo a la mirilla, y me topé con un montón de dientes. Abrí la puerta. Tuve que bajar la cabeza para verla. Ahí, de pie, se me personaba una criatura menuda, de cabeza grande y cuerpo diminuto, con evidentes rasgos orientales, que sonreía de una manera escandalosa. No sabría qué edad atribuirle, pero calculé unos cuarenta años, aunque, ciertamente, parecía una muchachita.
-Yo soy Amalia García. Sí. ¿Qué desea?
La mujer extendió el brazo de súbito, hasta darme casi en el rostro con un sobre.
-Señola… Liaño… ¡me manda!
Cogí el sobre y lo abrí. Dentro, dobladas de modo caótico, había tres hojas.
-¿Consuelo Riaño, dice usted?
-¡Sí!, -Asintió, con una sonrisa de oreja a oreja.

“Querida Amalia: Como te prometí hace unas semanas, te envío a quien ha sido mi fiel asistenta durante estos tres últimos meses. Te gustará. Si por algo me duele tener que marchar tan lejos a estas avanzadas edades, es por tener que prescindir de ella. Es camboyana, habla bastante mal el castellano, pero lo entiende todo. Te envío mi nueva dirección y número de teléfono, así como fotocopia de su permiso de residencia. Un abrazo. Chelo.
PD: Ten siempre en casa algún bote de guindillas en vinagre; para ella son una golosina.”

Metí de nuevo la carta en el sobre y miré de nuevo a mi inesperada invitada, que seguía sonriendo. Media cabeza suya era sonrisa, y exhibía, la verdad, una caja dental lamentable, llena de piezas torcidas y amarillentas, lo que no restaba dulzura a su faz. Para colmo de males, mostraba dos hileras de dientes, aunque esa falta de complejo era lo que realmente despertaba mi ternura. Es verdad, Chelo me dijo que me la recomendaría, pero no pensé que me la enviaría por transporte urgente.
-¿Cómo se llama?
- Yira-Poh-Wang
- Dios…
-Llamá… ¡Yira!
Me contagió la sonrisa. Deduje que le venía de serie. Me pareció un ser tremendamente gracioso. Hablaba muy despacio, pero cuando llegaba a la última palabra de cada locución, tras un breve silencio, de súbito elevaba el tono y la pronunciaba casi gritando. Convertía en agudas la mayoría de las palabras llanas, lo que otorgaba una alegría peculiar a su vocalización.
-¿Duerme ahora en alguna parte?
-Casa… señolá… ¡Liaño! Malcha hacia nolte ¡mañana! Malido… … ¡jubilado!
-Y, ¿por qué no se va con ella al norte? Ella estaba a gusto con usted. Y Galicia es precioso.
-Nolte… ¡flío!, -exclamó, encogiendo el rostro. Decididamente la prefería sonriendo.
-No llamá … ¡"usted"!; Me gusta… … "¡tú!"
Vaya, eso significaba dos cosas: que debía tutearla, (lo cual me gustó), y que disponía de veinticuatro horas para acomodarla en alguna habitación. Valiente gamberrada, la de mi amiga. Solamente tenía una cama plegable que compré por suerte meses atrás, para acomodar en ella a mi sobrina mientras estuvo cuidándome durante mi convalecencia. Pero, habitación, tendría para elegir. La casa era muy grande.
Le fui franca. Le dije que tendría que pasar unos días de prueba antes de decidir si me quedaba con ella. Para mi sorpresa, asintió encantada con la cabeza, como ya era natural, sonriendo. Le invité a entrar, y le enseñé, estancia por estancia, el que, desde el día siguiente, sería también su hogar.
Dos horas, y Yira estaba ya pasando el plumero por las estanterías a velocidad de vértigo. Me daba hasta apuro ver, a la que aún era para mí una perfecta extraña, tan volcada en el deber doméstico de mi casa. Y yo debía salir a comprar algo para comer. Me vestí y peiné. Le pregunté si me acompañaría, y en menos de dos segundos la tenía en la puerta, abrigo puesto, y cogiéndome suavemente del brazo, sonriendo, claro, para ayudarme a llegar hasta el ascensor. Incluso me cogió las llaves para cerrar ella la puerta. Creo que acababa de tomar conciencia de mi propia edad. Nunca antes me habían cuidado, a excepción de cuando me rompí la cadera y pude contar con la ayuda de una sobrina nieta, a la que brindé cobijo a cambio, hasta que encontró trabajo como abogado en la capital y pudo emanciparse, pero siempre quise valerme por mi misma si no lo precisaba de verdad. Mis ochenta años eran reales.
Al llegar al supermercado, la miré preguntándome qué querría comer. Como mi amiga me indicara, me entendió a la perfección.
-Usted… ¡complá!; Yo como ¡todo!
Con una mano agarraba una cesta; con la otra me llevaba a mí. Le indiqué que, aun con muleta, podría caminar sola. Me soltó pidiéndome perdón por ello. Cargué la cesta de verduras y algo de pollo, y, por supuesto, un bote de guindillas en vinagre. Su sonrisa, increíblemente, se multiplicó.
Al llegar a casa, nos despojamos de abrigos y me dirigí a la cocina, pero ella no me lo permitió.
-Usted… ¡sientá!; Yo… cocina… hago… … … ¡comida!
Fui cogiendo el truco al particular modo de pronunciar de aquella chiquilla. Cuanto más énfasis quería otorgarle a la última palabra de sus frases, más larga era la pausa que la precedía. Y su estrategia funcionaba; conseguía que yo captara el mensaje y la intención. Esta mujer amenazaba con llenarme la casa de puntos suspensivos.

Me quité la ropa y me cubrí con una cálida bata. Al volver a la cocina, encontré a Yira en cuclillas, con las rodillas pegadas a los hombros, y con una cacerola grande y una tabla sobre el suelo, picando verdura a toda velocidad.
-Mujer, siéntate a la mesa, ¡debes estar incómoda ahí agachada con la cazuela en el suelo!
Se levantó y me apartó suevamente con la mano.
-Usted… ¡descansá! Yo… mejor así… ¡costumble! No… ¡pleocupe! Así, cazuela… ¡no cae suelo!
La comida estaba exquisita, Yira no era ninguna novata de los fogones. Y viéndola trabajar así, me empecé a encontrar a gusto. Chelo no me había mentido.
Me fijé en su trenza negra e interminable. Le llegaba hasta la cintura. Pensé que, cuando la deshiciera, luciría una melena impresionante, de color semiazulado, lisa y lustrosa.
Por la tarde me quedé algo traspuesta en el sillón del salón, mecida en parte por susurrantes canturreos de mi asistenta, a los que no tardé en acostumbrarme. Ella seguía con sus labores, como accionada a pilas. Parecía una cucaracha despistada, correteando de acá para allá, sin detenerse. De vez en cuando entraba en la salita, donde yo visionaba la televisión, y con su ya habitual sonrisa se cercioraba de que yo estuviera bien. Yo le respondía con otra; me contagiaba sin remedio.
Hacia el anochecer, entró a preguntarme qué quería de cena. En la nevera encontraría fiambre y material para una buena ensalada. En un rato estaría preparada la mesa, con el bote de guindillas abierto y listo para ser asaltado. Me preparó un sándwich de pavo y me acercó un plato de ensalada, y el bote de guindillas. Las rechacé; en mi juventud me gustaba comer alguna de vez en cuando, sobre todo cuando comíamos cocido, pero era un alimento demasiado fuerte para mí. Después de cenar, Yira marcharía a dormir a casa de mi amiga Chelo, y al día siguiente vendría otra vez, aunque me pidió llegar un poco más tarde, para poder despedir a los que habían sido sus jefes hasta hoy. Pero ahí no terminaron las sorpresas. Para mi asombro, agarró dos rebanadas de pan, y se fabricó un sándwich ¡de guindillas!.
No podía creerlo. Mi asistenta engulló ante mí una bomba de relojería. Saltaba, lloraba, bebía agua como una rana, se sentaba de nuevo, y volvía a morder su sándwich con fruición para saltar de nuevo, llorar de nuevo, beber de nuevo… Impresionante. Me dejó con la boca abierta. ¡Además, la mujer disfrutaba!
-¡ah!... ¡aaaaah! ¡oooh!... ¡guindillá!... gusta… ¡mucho! ¡ah! ¡oh!
En un intento de ayudar, le ofrecí un trozo de queso manchego, a ver si ello conseguía calmar sus ardores esofagales de alguna forma.
-¡Noooo, quesó, no!¡Ahg! Queso huele… … … ¡pies!
A mi edad pensé que poco nuevo me quedaba por ver; estaba, por supuesto en un error del que salí esa noche de la manera más divertida.
Cuando Yira marchó, me dio un beso en la frente. Otra sorpresa más… que también me gustó.
A la mañana siguiente, no tardó tanto en llegar como pensaba. Mi amiga y su esposo debieron madrugar para emprender viaje. Apareció cargando una pesada maleta. Escogió una habitación donde no había más que un armario, que vacié de viejos abrigos, y dos antiguos aparadores que habilitó para ropa. Me pidió, eso sí, una mesita pequeña, y le indiqué dónde podría encontrar dos, que, rápidamente, se llevó allá. Entre ambas, sudando, (y yo, cojeando), pudimos también trasladar la cama plegable. Sacó una bolsa pequeña con también pequeños objetos, que repartió en los cajoncitos de ambas mesillas. Y extrajo, con cuidado, de un saquito de tela, cinco figuritas de Buda de diversos colores y tamaños, que colocó sobre una de ellas con mimo y susurrando ininteligibles palabras, llenando toda su superficie. La observé curiosamente y se dio cuenta.
-Buda ocupá sitio… ¡mucho!... Buda siemple… ¡sentado!... Nosotlos no… ¡Clucifijo!... ¡Agh! Toltula… … Maltilio… … suflimiento… … … ¡holible!
Por primera vez en mi católica existencia, y ante aquella mueca de terror evocando la crucifixión del Señor, mis religiosos pilares temblaron bochornosamente, lo admito.
Me retiré a la salita, en aras de permitirle intimidad para terminar de ubicarse. No comimos tarde, de todas maneras. Preparó un rico arroz a la cubana. Como el día anterior, lo hicimos juntas, en la salita; me agradaba su compañía en la mesa. Esa tarde le haría pasar, además, una prueba difícil y para mí, crucial: la plancha.
Le di dos blusas y dos faldas, escogidas de mi ropero, con los justos dobleces, volantes y fruncidos como para poner nerviosa a la planchadora más experta. Debía probarla, y ella, al ver que no era ropa recién lavada, se percató de mis intenciones. Aun así, sonreía.
-Yo abro… ¡tablá!... Plancho ahola… ¡mismo!... Usted… ¡obselvá!
No se amilanó. Escogió primero la blusa de chorreras, la más complicada de estirar. Con suma delicadeza, la extendió sobre la tabla, comprobó la temperatura de la plancha, y se puso a ello. En mi vida había visto planchar así. Mimaba la prenda. La extendía cogiéndola suavemente por las costuras con dos deditos, la acariciaba con la palma de la mano. Diría que la blusa disfrutaba siendo planchada. Lo habría jurado sin temor a equivocarme. El tejido parecía estremecerse bajo el calorcito y con los susurrantes cantos de su planchadora, canturreos que, en lo indescifrable de su idioma, se me antojaban dulces y tiernas nanas. Sólo quedaba que mi blusa se quedara dormidita entre sus brazos; y ya no podía, a esas alturas, descartarlo. Era una delicia mirarla mientras trabajaba; ¡volcaba en ello todo el amor del mundo!
-Yira, ¿quién te enseñó a planchar? Me estás dejando sin palabras.
-Camisa… como piel… … ¡pelsona!... Misma… ¡folma!... Mismo… ¡huele!... Si tú amas pelsona… tú amas… … ¡camisa!
Me dejó muda, si aún era posible, por unos instantes más.

-Quedas contratada. No hay más días de prueba. ¿Vamos a comprar guindillas?
Mi camboyana cuidadora sonrió como nunca. Su sonrisa se amplió hasta límites insospechados, pintó las paredes y techos, inundó todos los rincones de la casa, salió por las ventanas y recorrió calles y barrios; toda la ciudad, sublevada ante Yira, se hizo sonrisa.

sábado, 4 de febrero de 2012

El reposo de Napoleón



-¡¡Napo!! ¡¡A la calle!!

La tarde vaticinaba una noche extremadamente fría; la escarcha, producto de una niebla que no había terminado de disiparse, cubría por completo la hierba del jardín, y toda la calle presentaba un aspecto blanquecino y cromáticamente uniforme. En absoluto me apetecía salir con ese panorama, pero mi perro tenía que ir “al aseo” antes de que nos fuéramos a dormir.

-¡¡Napoleón!! ¡¡Nos vamos!!

No. No piensen que mi perro se hacía el sordo barruntando el helado paseo. Napo presumía, si es que de ello se puede presumir, de una sordera algo preocupante, debida a su avanzada edad. Lucía una graciosa y canosa perilla sobre el hocico, a contraste con el negro aterciopelado de su cabeza y manto; que conservaban todavía el resplandor del charol.
Quince años, para un mastín napolitano, (de ahí se nos ocurrió el nombre) eran muchos años, y aun estando sano como estaba, los síntomas de vejez iban delatándose por días, desgastando el organismo del animal poco a poco.

-¡¡Napoooooooo!!!

Me acerqué a su lado. Dormía plácidamente en su cojín. Mas, para estar sordo, se dio cuenta de inmediato de mi presencia y abrió un ojo. En sus cejas y sus colgantes orejas también había presente alguna que otra cana, con lo que su rostro adquiría un aire intelectual, haciéndole parecer una especie de Einstein hecho can. Sin levantar siquiera el cuello, comenzó a agitar la cola, esperando, esta vez poniendo oídos, a que yo le diera la orden pertinente.

-Napo, ¿vamos a la calle?

Y Napo pegó un brinco de órdago, parándose sobre las cuatro patas abiertas. Se sacudió todo él, entero, trasladando sinuosamente el zarandeo por todo el cuerpo, como la peristalsis de una lombriz, pero menos elegante, debido a su enorme cantidad de pellejo, desde la cabeza hasta el rabo.

Una vez peinado por sí mismo, se tomó la molestia durante unos largos segundos para conseguir una posición medianamente erguida. Colocando pata por pata, doloridas las cuatro, y algo anquilosadas por la creciente artrosis, fue tomando posición, a fin de prepararse para el pistoletazo de salida final. Y el pistoletazo consistió en ocho o diez pasos torpes y medio escorados, nada armoniosos por culpa de sus callosas articulaciones, tras los cuáles se detuvo con la lengua fuera. Me miró. Debió pensar: “Qué tiempos aquellos en los que me plantaba en la puerta de un salto, ¿verdad?”.

-Tranquilo, Napolete, tómate tu tiempo, ¡¡ya sé que te crujen las bielas!!

Una vez fuera, ya había desentumecido casi del todo su anciana y pesada anatomía, permitiéndose, graciosamente, dar un hábil saltito para bajar el escalón de la entrada. Ya en la calle, procedí a ajustarle la correa, y comprobé que su collar estaba bien abrochado, aunque no temía en absoluto que iniciara una carrera veloz si se escapaba.

Napoleón caminaba tras de mí cada vez que salíamos, a remolque, desde hacía algunos meses. Antaño quedaron las “carreras de trineo” que me brindaba a lo largo de la avenida, conmigo arrastras y desesperado por poder alcanzar su velocidad sin jugarme un cabezazo contra alguna señal de tráfico. Poco a poco, paulatinamente, fue frenándose, y durante una temporada llegó a andar paralelo a mi cuerpo, a mi paso, cosa que siempre deseé, mas nunca supe educarle para ello.

Llevaba la cabeza gacha, con el hocico elevado; la mirada forzada y fija hacia el horizonte. Ya no reaccionaba de súbito frente a algún perro que pasara por la acera de enfrente; ya no tenía, ni con mucho, la misma percepción visual, menos aún de noche, y estoy convencido de que a estas alturas se guiaba mayormente por el olfato.

Durante muchos años, al llegar al parque, mi perro se entusiasmaba perdiendo el control, brincando y ladrando, impaciente porque le liberara de su correa, y así pudiera correr en busca de los perros vecinos para jugar. Ahora se detuvo al borde del césped, lengua fuera, cansado por la caminata, y sin gana ninguna de permanecer ahí salvo porque tenía la necesidad fisiológica que le obligaba a salir a diario. Dudo también que pudiera oír los ladridos de los perros que correteaban libres no lejos de allí, y dudo también que pudiera verlos, por lo que deduzco que no le generaba tampoco nostalgia el hecho de no poder sumarse al grupo. Mis vecinos, que permanecían abrigados hasta la frente y de pie sobre una alambrada, charlando tranquilamente mientras sus canes se divertían, me saludaron de lejos con la mano, respondiendo yo de igual manera. Alguno de ellos llamó cariñosamente a mi Napoleón, sin recibir, lógicamente, reacción ninguna del animal.

Napo se escondió tras unos arbustos para realizar su higiénica tarea; siempre fue muy discreto para eso, aunque ahora, sus incipientes cataratas le impedían esquivar alguna rama que le arañaba la cara sin querer, y se quedaba quieto, hasta que yo mismo le retiraba la leñosa molestia, ya que él no se valía como antes para quitársela con la pata. Una vez hubo terminado, (tardaba mucho, estaba poco ágil hasta para mantenerse agachado, y yo me quedaba tieso de frío, pero qué se le iba a hacer), procedí yo a cumplir con mi deber de mantener limpia la ciudad utilizando la bolsita al efecto, y él mismo se encaminó de nuevo hacia la avenida, deseoso ya de volver a casa.

El trayecto de vuelta se nos hizo el doble de largo que el de ida, tan extenuada andaba mi anciana mascota. El frío se me metió en los huesos a fuerza de detenerme de vez en cuando con él para que recobrara fuerzas a fin de poder continuar. Aprovechaba para acariciarle; poco tiempo me quedaría ya para hacerlo, me temía, y él me respondía con un lastimero pero cariñoso gemido, moviendo levemente la cola en aprobación. Al llegar a la puerta de casa, cobró repentinamente cierta agilidad y subió el escalón de un salto, esperando impaciente a que yo abriera la puerta para adentrarse derecho hasta el cuenco de agua que le esperaba en el tendedero, y calmar su sed. El contenido del plato de pienso apenas había mermado su volumen desde hacía días. Mi perro, pese a su tamaño, cada vez consumía menos, y ya no hacía caso a los pequeños manjares que antaño le ofrecían los niños cuando merendaban; le cansaba hasta comer.
Mi hijo pequeño apareció de súbito por allí, y se abrazó a Napoleón mientras bebía, pero, a diferencia de tiempos pasados, éste, en vez de revolverse juguetón, refunfuñó suavemente, pidiéndole de tal modo que le permitiera terminar de refrescarse para poder volver a su mullido cojín.

-¿Por qué se enfada, papá?

-No se enfada, está muy cansado y ya no puede jugar como antes, hijo.

Mi can se dejó caer pesadamente sobre su cama, emitiendo un resignado suspiro para, inmediatamente, cerrar los párpados y, por fin, intentar descansar.
La criatura, lejos de rendirse, se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el costado. El animal hizo un postrero esfuerzo para girar sobre sí, ofreciendo toda la extensión de su barriga para dejarse rascar a placer. Su cabeza, echada hacia atrás y semiladeada, adoptó una mueca entre terrorífica y tierna, con los párpados medio vueltos y los ojos casi en blanco, pero fijando la vista con dulzura en la cara del niño, y los belfos caídos hacia atrás, mostrando unos colmillos que no habían perdido su buen aspecto pese a la edad, y que aún evidenciaban al poderoso mastín que Napoleón siempre fue.

-Ya es un abuelito, ¿verdad, papá?. Y duerme mucho.

-Sí, ya es muy mayor.

Acaricié el rostro triste de mi pequeño, que descubría así la injusticia divina de hacer envejecer a los perros mucho antes que a sus amos.

-Y tienes que estar preparado, porque no falta mucho ya para que un día, ¿sabes?, cuando se quede así, dormido, ya no pueda despertarse. Entonces estará ya reposando en el cielo, junto a todos los perritos que yo he tenido, ¡que han sido muchos!. Y allí, te aseguro que ya no le dolerá nada, y volverá a jugar y a correr como hacía antes.

-¿Para siempre?

-Para siempre.

Napoleón emitió un prolongado gruñido, susurrante y mimoso, de puro contento, y comenzó a roncar.

sábado, 28 de enero de 2012

Pecados excusables


PECADOS EXCUSABLES

Nunca supo las veces que permanecí observándole tras la ventana de mi dormitorio. Durante más de cuatro meses, cada Martes y Viernes, le veía aparecer conduciendo un turismo blanco pasada la medianoche. Estacionaba siempre, pese a que estaba prohibido hacerlo, junto a la señal que advertía de la presencia del colegio y del peligro de poder toparse con niños cruzando la calle. Apagaba el motor y se quedaba allí durante al menos una hora. En ocasiones, descendía del vehículo y se acercaba a la señal para apoyarse sobre ella, permaneciendo así durante interminables minutos, moviéndose lo justo para ir prendiendo cigarrillo tras cigarrillo hasta que, a saber si el sueño, el aburrimiento, o simplemente el final de su paciencia, le llevaban a subir de nuevo al coche e irse.

Una vez se hubo marchado, me dispuse a prepararme para mi escapada nocturna. Me miré al espejo y me acomodé la toca. Para mi revoltoso cabello era una ventaja llevar aquella prenda, aunque no siempre conseguía cubrir los traviesos rizos que insistían en sobresalir bajo mis orejas. Mi hermana me decía repetidas veces que me había metido a monja por mi complejo de despeinada, y, pese a que me hablaba en broma, admitiré que no andaba muy lejos de la verdad. Claro, ella jugaba con ventaja: Sus rizos, ignoro por qué razón, eran automáticos y se ordenaban solos.

Siempre llevaba a mi querida gemela en el pensamiento. Nuestra necesidad de estar juntas era tal, que, pese a que el océano y el devenir de la vida nos había separado ya hacía años, casi una veintena, no me importó buscar estrategias que me permitieran acercarme a ella con frecuencia, aun a escondidas y a riesgo de ser descubierta por alguien de la congregación. Realmente no era consciente de que, si alguna vez me encontraran utilizando la webcam del ordenador de la madre superiora, no habría piedad para mí, y con casi total seguridad sería de inmediato trasladada al más lúgubre y lejano de los rincones geográficos para seguir la vida contemplativa que en su día escogí, pero alejada de mis alumnas y de mis internas, éstas criaturas que otorgaban a chorros alegría a mi existencia, y que colmaban el maternal instinto que siempre creí sentir. En aquél despacho se guardaba documentación a la que nadie debía acceder. El Señor sabe que jamás en mi cabeza cabría hacer algo así, pero nunca entendí por qué a la superiora no se le habría ocurrido instalar una cerradura. Tentaba al Diablo.

Oí por fin el sonido de los zapatos de la madre Blanca sobre el parquet de la capilla. Era el momento de salir hacia allá. Como cada noche, esperé a verla adentrarse en la galería para hacerme la encontradiza. La saludé, y ella me respondió:

-Vuelve usted a la capilla, madre Ángeles. Me preocupa que duerma tan mal.
-Dios es la mejor terapia contra el insomnio, madre. Él me mecerá en su paz y conseguirá que concilie el sueño.
-Entonces espero que Dios no se haya quedado dormido. No me gustaría encontrarla mañana echada de mala manera sobre un banco.

Abrí la puerta de la capilla y bajé el escalón. La madera crujió bajo mis pies a modo de saludo.
Me arrodillé ante el altar y recé unos minutos, más por asegurarme de que madre Blanca no volvería sobre sus pasos, que por necesidad espiritual. En aquél momento no era precisamente la fe la que me movía a entrar allí a las dos de la madrugada. Me santigüé y crucé el altar por detrás, a fin de alcanzar la puerta de la sacristía, que, atravesando de dos zancadas, me permitió personarme sin rubor ni vergüenza en el despacho de la superiora. A madre Blanca le gustaba quemar incienso cuando se quedaba trabajando por la noche, y todavía podía percibir su denso perfume. Me senté en el sillón, junto al ordenador, y en menos de un minuto estaba ya buscando a mi hermana por la red. Ajusté mi toca para que ella me viera guapa a través de la webcam.

-¡Nena! ¡Mírate! ¿Viste lo pálida que estás, Ángela? Aaaah, se nota que no comes bien, ¡Y, qué pelos! Si mamá te viera se enojaría con vos, por desprolija…

Argentina se quedó con mi hermana y con su acento extremeño. A veces me costaba entenderla, mas ver su imagen me era ya bastante para llenarme de dicha y paz.

De modo encubierto, cuales amantes desesperados, Nieves y yo nos encontrábamos durante treinta deliciosos minutos una vez a la semana. Pese a lo grave de mi falta, saltándome a la torera las normas de mi comunidad religiosa, una vez que la hallaba al otro lado de la cámara olvidaba todo sentido de la desobediencia, toda culpa. Dios lo entendería. Tenía que entenderlo. Reclamar el cariño de una hermana no podía ser un pecado tan imperdonable.

Sonia era una alumna de 3º de ESO. Pertenecía al grupo de niñas internas. No era una cría cuyo comportamiento hubiera causado nunca ningún problema. Pero llevaba unos meses acusando un preocupante descenso en el rendimiento escolar. Su madre venía a buscarla cada viernes y volvía a traerla los domingos. Sonia no manifestaba entusiasmo cuando se marchaba a casa, como se entusiasmaban la mayoría de sus compañeras, mas tampoco mostraba excesiva resignación cuando se reincorporaba tras el fin de semana. Yo había abordado varias veces con su progenitora el problema de rendimiento, encontrándome con que ella, lejos de pedir ayuda o intentar, al menos, investigar qué podría ocurrir con el declive en las notas de su pequeña, le restaba toda importancia y atribuía el fracaso a “cosas de la edad”.

Dos semanas después de aquella cita virtual con Nieves, ya entrados en primavera, me topé con que, cuando la buscaba, ella no se conectaba. Mi insomnio sufrió un alarmante (y justificado) agravamiento, hasta que recibí una llamada urgente de mi cuñado José, en la que me comunicaba que mi hermana estaba ingresada, había sufrido un ictus, por suerte (si se le puede llamar suerte a quedarse medio paralítica) saliendo viva de ello, como por ello era que debía yo saber que, en una larga temporada, ya no podría verla ni charlar con ella, ya que, entre otras cosas, el accidente cerebrovascular le había afectado al habla. Dentro de lo habitualmente fría que suele ser la relación entre las religiosas de la congregación, debo decir que recibí apoyo y cariño de todas mis compañeras, a excepción de la madre Blanca, que se limitó a recordarme que las adversidades no debían ser excusa para eludir mis deberes. Casi un mes después del suceso, y habiendo recibido no más de dos llamadas de mi cuñado (salían muy caras y entiendo que no se lo podía permitir) en las que me hablaba de la lenta evolución de mi gemela, opté por pedir a mi superiora que me adelantara las vacaciones de verano al mes de Julio para poder ir a Buenos Aires, mas su respuesta fue tajante y, sin duda, despiadada: No.

¡Qué más le daba! En Julio ya no había más clases en el colegio que las de recuperación, y yo no las impartía. Su gesto me pareció cruel, desalmado, y desprovisto de empatía hacia mi persona. Pedí a Dios que, al menos Él, entendiera su desconsiderada decisión.

A mediados de Junio me llamó de nuevo a su despacho. Me temblaron las piernas. Yo cumplía fielmente con mis obligaciones, no había vuelto a tocar el tema de mi hermana ante su presencia, y durante los diez minutos largos que me llevó cruzar toda la galería, la capilla y la sacristía, busqué y rebusqué en mi cabeza qué podía haber hecho mal. Estaba claro: Habría descubierto de alguna forma mi asalto semanal nocturno a su ordenador durante los meses anteriores, no podía ser de otra manera. Por suerte, no fue así, aunque tampoco había cambiado su decisión sobre mis vacaciones.

Su saludo fue tan frío como su alma, solo que disfrazado de cordialidad:

-¿He de concluir que se encuentra usted mejor de su insomnio, madre Ángela?. Llevo meses sin verla visitar la capilla por la noche.

Por puro merecimiento, la contesté del mismo modo:

-Así es, madre. Gracias. ¿Qué me trae aquí?
-Entonces, si duerme usted mejor, no habrá tenido el impulso de mirar por la ventana.
-Explíquese, le ruego, madre.
-¿Ha visto usted alguna vez a un hombre que suele venir en un coche blanco algunas noches, se queda en la puerta del colegio durante una hora, y después se va?
- Pues… sí. Pero nunca me pareció que hiciera nada malo, salvo saltarse la señal de estacionamiento. ¿Por qué?
-Es el padre de Sonia Soler. Si vuelve usted a verle en alguna otra ocasión, hágamelo saber, por favor. Vaya a despertarme a mi cámara si es preciso.
-Sí, madre, como usted convenga.

Interrumpí a Sonia durante un recreo bastante soporífero para ella, pues llovía a mares y las chicas habían tenido que refugiarse en las aulas. Con toda la dulzura que supe emplear, que era mucha, le pregunté si podíamos charlar.

-Sonia, ¿tú ves a tu papá?
-No, madre.
-Y… ¿por qué?

Me di cuenta de que había sido demasiado entrometida con aquella pregunta, pero la criatura colaboró.

-Mi madre no me deja verle ni hablar con él desde que se separaron el año pasado.
-¿Tú le echas de menos? ¿Él fue bueno contigo?
-Sí, madre, mucho, pero no me dejan ir con él. Ellos están de juicios, ¿sabe?.

Como vi. que comenzaba a temblarle la voz, di la conversación por finalizada, no sin antes darle un beso en la frente y ofreciéndome para hablar si alguna vez ella lo precisaba.

Ese martes tenía sueño, pero me quedé despierta tras el cristal de mi ventana, esperando que el padre de Sonia apareciera con su turismo blanco. Como seguía lloviendo, no descendió del coche. Me ajusté la toca como en los tiempos en que me escapaba para conectar con mi hermana, pero en esta ocasión fui algo más lejos que al despacho de la superiora: A la calle.

Cuidando de no ser vista, golpeé con los nudillos la ventanilla del automóvil, haciendo un gesto al hombre para que la bajara y así poder entregarle una nota. Se asustó en un primer momento, pero al ver que el mensajero se trataba de una religiosa, se apresuró a abrir.

-Lea esto, y por favor, no vuelva más por aquí. La superiora sabe quién es usted.

En la noche del viernes, sin embargo, las estrellas se dejaron ver. Salvo algunos charcos residuales, no quedaba vestigio de lluvia alguna. Sin ajustarme la toca esta vez, esperé a escuchar los pasos de madre Blanca sobre el parquet de la capilla, inequívoca señal de que se retiraba a dormir. Aproveché que los pabellones de las alumnas estaban al otro lado de la galería transversal y salí con prisa, sabedora de que en esa dirección no me toparía con ella, y con sigilo felino entré en la cámara de Sonia, la desperté con sumo cuidado, le indiqué que se pusiera la bata y las zapatillas, y la invité a seguirme pidiéndole máximo silencio. Cruzamos ambas galerías y entramos en la capilla con cuidado de que la madera crepitante (y según qué días, chirriante) no nos traicionara. Admiraba la enorme confianza que Sonia había volcado en mí; por momentos tuve la sensación de que me había adoptado como a una hermana mayor, y no pude por menos que detenerme unos momentos para acariciarle el rostro.

-Tengo una sorpresa muy bonita para ti, pero debe ser siempre nuestro secreto. ¿Vale?

Sonia asintió con la cabeza, y por primera vez en muchos meses, sonrió. Creo que empezaba a gustarle también el encanto de lo prohibido.

Entramos por detrás del altar a la sacristía, y de ahí al despacho (que seguía oliendo a incienso) de la superiora. Encendí el ordenador y busqué la aplicación que necesitaba. Acepté de inmediato la invitación de un contacto al que estaba esperando. Y conecté la webcam.

-Papá…

miércoles, 18 de enero de 2012

Siempre contigo

“I love you”.
Siempre me gustó dibujar corazones sobre el vidrio empañado. Y siempre anotaba, dentro de ellos, la misma frase. A nadie en particular iba dedicada o dirigida, pero me gustaba hacerlo. Me gustaba, también, observar la avenida desde la gran cristalera ahumada, sabiendo que desde fuera nadie me veía, ataviada con traje de baño y zapatillas.

Miré el termómetro: Dos grados Celsius en el exterior; veintitrés en el interior del recinto deportivo.
Me senté al borde de la piscina, dispuesta a bañarme de nuevo no tardando mucho, y algo llamó mi atención a pocos metros de mí, sobre el suelo. Un libro. Alguien lo había olvidado allí. Le pregunté a la única persona que había allí conmigo, un hombre maduro y de envidiable forma física, que me dio una negativa respuesta (molesto quizá por mi interrupción, sin sonreírme siquiera, lo que le restó el noventa por ciento del encanto), y de seguido siguió nadando.

Observé la portada: Un título largo, la imagen de una reproducción artística de un grupo instrumental de música clásica, sin músicos, pero preparado, parecía, para comenzar a interpretar de un momento a otro la más majestuosa sinfonía. Y el autor: un eminente psiquiatra conocido y admirado por su trayectoria y por sus apariciones frecuentes en los medios de comunicación.

No miré más: El libro no era mío. Me incorporé y busqué a uno de los vigilantes para entregárselo. Me lo agradeció, y continué con mi baño dominical durante una hora, para marcharme a casa después.

Al volver allá el domingo siguiente, el libro me fue devuelto por el mismo vigilante, que arguyó amablemente no haber recibido noticias de su dueño en toda la semana. Esa misma tarde yo partiría en tren hacia el norte, era víspera de Nochebuena, y celebraría las navidades con unos parientes lejanos con los que, encantada, ya lo llevaba haciendo desde unos años atrás; navidades que también me servían de excusa para reencontrarme con ellos y no hacer pereza, puesto que los quería mucho, solo que la distancia y las ocupaciones me ponían difícil visitarles con más frecuencia.
Estupendo: Recuperar el libro me evitaría tener que buscar o comprar otro para el trayecto, y además, lo admito, me había picado la curiosidad.

El viaje no pudo resultar ser más ameno. Me emborraché de ternura y emociones con aquella novela. Me enamoró perdidamente; rebosaba sensibilidad, anécdotas de vida maravillosas, cordura, experiencia, enseñanza. Disfruté como pocas veces lo había hecho leyendo, y me prometí que, a la vuelta, ese libro ocuparía un lugar preferente entre mis novelas escogidas, aquellas que terminan ubicadas oportunamente en un estante especial, a sabiendas de que serán releídas, como mínimo, una vez al año.

Llegué a la estación cuando aún me faltaban tres capítulos para concluirlo. No importaba; esa misma noche lo acabaría en la soledad de mi habitación de invitados.
… O eso creí. Una vez terminado el protocolo de abrazos y halagos de los familiares que me fueron a recibir, permití que se ocuparan de mi equipaje, una maleta y una caja de considerable tamaño, y de súbito vi, atónita, cómo, después de despedirse con un altivo toque de silbato, mi tren iniciaba la marcha de nuevo… con mi libro.
Lo olvidé sobre el asiento. Al darme cuenta se me encogió el estómago. Me invadió todo un cóctel de sentimientos: Rabia, impotencia, congoja, tristeza, coraje…

Había dejado marchar, por prisa y despiste, a un objeto de indescriptible deseo. De haber tenido tiempo, habría plasmado un corazón sobre el cristal empañado de mi vagón con un “I love you” dedicado a él. La alegría y la euforia de mi familia causaron que superara el amargo momento, pero sólo temporalmente. En la soledad de mi habitación de invitados me encontré casi perdida sin mi añorada novela. No pude terminar de emborracharme de ternura y emociones; ya no me embargarían la sensibilidad, las anécdotas de vida maravillosas, la cordura, la experiencia, y la enseñanza de sus páginas.. Ya no pude saber qué deliciosas vivencias me habrían deparado en los últimos capítulos de su sublime prosa.

Al día siguiente, cena de Nochebuena. El día transcurrió visitando junto a mis parientes lugares adornados por Navidad para deleite de los que pisáramos las calles. No comenté nada sobre mi novela recién hallada y perdida, y, pasando ante una librería, pensé preguntar si la tenían allí, por un casual, pero no quise entretener con mis caprichos a mi familia; ya lo buscaría cuando volviera a mi localidad.

Disfruté de la cena como cada año, rodeada de cariño y exquisitos manjares, riendo, cantando, y rezumando buenos deseos para aquellos que, cada año, abrían las puertas de su hogar para mí y me aceptaban como a uno más, aun siendo una simple sobrina para algunos, y una prima para otros.

Llegó, como era costumbre, el instante de abrir regalos. Yo acostumbrara, desde unos años atrás, a llevarles un presente colectivo: una cesta navideña llena de productos de mi tierra que sabía que ellos degustaban especialmente, nada baratos, por cierto. Pero no es caro aquello que se ve que alguien disfruta con la fruición que ellos lo disfrutaban.
Ante mí dispusieron varios paquetitos, y procedí a descubrirlos entre silencios y miradas, con los nervios y la gratitud requeridos, pues siempre supieron acertar con mis gustos.

Y esta vez no fue diferente, afinaron también: En un paquete, un disco compacto de música celta, un deleite concentrado en formato digital. En el segundo, una enorme pañoleta que me vino al pelo, pues no llegué allá lo convenientemente preparada para las terribles heladas que me recibieron. Y abriendo el tercer envoltorio, hallé un libro. Un libro de título largo, con la imagen de un grupo instrumental de música clásica en su portada, sin músicos y figuradamente preparado para tocar. El autor: un reconocido psiquiatra…

Historia basada en hechos reales.