Irisada

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¡¡Hola, amigos!!

martes, 4 de octubre de 2011

Anselmo



ANSELMO


Roger siempre se ponía nervioso cuando empezaba a oler a mar.
Aprisionado, aunque cómodo en su jaula, entre maletas, lloriqueaba, y en ocasiones, ladraba de puro contento. Cada verano realizábamos el mismo trayecto: De Madrid a la playa de Madrid. Allí nos esperaba, también cada año, el mismo apartamento, con los mismos muebles viejos, las mismas cortinas ajadas y sin mudar desde que me alcanza la memoria, el mismo cajón de los cubiertos inordenable, la misma baldosa rota, y algunos azulejos desprendidos más en el baño. Pero se podía pasar el verano sin necesitar más lujos. A papá y a mamá les gustaba el precio y la zona, y a Roger y a mí nos gustaba la playa, ¿para qué más?.

La playa, en realidad, (me dijo mi padre) era una bahía; unas antiguas salinas que habían sido drenadas y se habían acabado convirtiendo en terreno edificable con un paseo marítimo de casi dos kilómetros. Desde las azoteas de los apartamentos, hacia el interior, aún se veían los restos de los cuadriculados trazados, abandonados a su suerte, y semicubiertos de rastrojos y algún charco que mostraba todavía lo que algún día fueron.
El rebaño turístico frecuentaba el paseo marítimo en busca de brisa, helados, cervezas y paellas. Cada noche se llenaba de paseantes de todos los colores y tamaños: Parejas, parejitas y pandillas, familias completas, niños en bici o patinete desafiando al peligro, y viandantes solitarios que acababan sentados en algún banco para abrir una novela y terminar de desconectar del mundo poblado, o en la orilla del mar, sobre la arena, para contemplar la luna (cuando la había) y perderse en sus pensamientos.
Pero a Roger y a mí no nos gustaba el paseo.

Cada mañana temprano (Roger tiene un despertador en la vejiga) caminábamos (o corríamos) hasta el final de la zona urbanizada, donde encontrábamos un muelle de amarre que nunca vi utilizar como tal, unas rocas siempre plagadas de mejillones (a veces me tocaba llevar un cubo para llenarlo, encargo de mi mamá), una casita en ruina que venía genial cuando nos pillaba por allí alguna tormenta, y a Anselmo.
Anselmo no faltaba un solo día si el tiempo lo permitía. Le llevaba su esposa en coche hasta allí, y después, en brazos, a lo largo del muelle, para finalmente sentarle en el extremo sobre una silla de esparto y madera, de patas cortas.
Anselmo no tenía piernas, pero eso no era óbice para que, nada más amanecer, se dispusiera a poner en práctica su afición favorita: la pesca.
Anselmo es el mejor “hombre del tiempo” que he conocido. Todos los días me adelantaba el parte meteorológico del día siguiente, extraído del mar, el cielo y el viento, y no fallaba nunca. Yo le procesaba admiración por ello.

- Ya puedo atinar, Currillo; de ello depende que un día no se me lleve una ola
estando aquí sentado.-Me decía.

Había roto el hielo con él una mañana que Roger se había levantado juguetón, y decidió, sin permiso, llevarse de la cesta de Anselmo una colosal dorada, absurda idea la suya, si tenemos en cuenta que no le gusta el pescado, mas de agradecer, porque el pescador y yo, desde ese día, hicimos buenas migas.
El que ya podía llamarse “ mi amigo Anselmo” una semana después, era mayor que mi papá, pero más joven que mi abuelo. Eso me generaba cierto jaleo mental que a veces me hacía hablarle de usted, y otras tutearle. Él no hacía nunca caso a mis cambios de tratamiento; nunca se lo tomó mal. Me llamaba Curro, aunque todo el mundo me llamara Paco, y Don Esteban, el tutor de mi curso, me llamara Francisco. Esto de vivir con tres nombres es un rollo, mis padres debieron haberlo pensado dos veces antes de escogerlo para mí.

Anselmo me contó que, como no quiso estudiar, aunque habría podido hacerlo, acabó trabajando en un buque frigorífico, hasta que un accidente con la cortadora de hielo le dejó sin piernas y sin trabajo. Por suerte llevaban un médico a bordo y mucho hielo, y aguantó vivo las horas necesarias hasta llegar a un puerto donde pudieron finalmente, al menos, salvarle la vida.
-En Agosto, doradas; en Septiembre, palometa, -me decía cuando conseguía pescar alguna pieza.
Llevaba un cuaderno con algunos “encargos” apuntados, encargos que no siempre podía cumplir, porque ello dependía de la suerte que tuviera esa jornada con la caña, con las mareas, y con la colaboración de los peces, que no siempre era desinteresada.
A veces me mandaba a la zona arenosa de la playa en busca de cebo. Roger y yo corríamos a por los gusanitos que se podían encontrar nada más escarbar en la arena, concretamente por la zona más húmeda, allá donde las olas morían. Roger ladraba a los gusanitos (o lombricillas, nunca supe lo que eran) cuando los veía bailotear en mi mano. En mi bolsillo llevaba una caja vacía de cerillas que mi amigo me daba para guardarlos y llevárselos, y así lo hacía, triunfante, como si nadie sino yo pudiera realizar semejante proeza. Anselmo, además, se ocupaba a conciencia de alimentar mi ego:

-Cuánto vales, Curro, qué haría yo sin ti.
Mi papá era reacio a que yo tuviera un amigo tan diferente a mí. Casi a media mañana yo volvía a casa para desayunar con mi familia y bajarme con ellos a la playa, a sortear sombrillas y aspirar aromas de bronceador de coco, qué remedio. Durante el tiempo que tardaba en enfriarse el Cola-Cao, les contaba las anécdotas de vida de mi amigo, sin miedo de delatar admiración por él, tan seguro estaba de que a ellos también les fascinarían. Pero no, no les fascinaba precisamente. Quizá fuera de entender, porque algunas de las batallitas de mi amigo no eran precisamente para ser escuchadas por niños, aunque yo, llegando a casa, las soltaba con total desvergüenza, riéndome solo, como él había hecho previamente conmigo. Les instaba insistentemente, además, a que vinieran alguna mañana conmigo a conocerle.

-Probablemente sea un borracho más de los que pululan por ahí. No me gusta que trates tanto con él, Paco. – Afirmaba mi padre, seguro, como siempre, de sus conjeturas.

Me enfadaba oírle hablar así de mi amigo, e intentaba, alzando la voz, que abandonara aquellos pensamientos tan ridículos. Pero papá sabía callarme con una mirada y, aunque yo ya tenía trece años, aún me imponía respeto. Bueno, con quince me lo sigue imponiendo todavía, para qué mentir…

En este mismo verano que ahora termina, me dispuse el serio propósito de conseguir que mis padres (al menos papá) y Anselmo se conocieran. Por un lado contaba con la supuesta ventaja de que ellos ya se iban haciendo a la idea de que yo quería seguir alimentando esa amistad, que ya iba para tres años con éste. Por otro, con mi propia evolución durante estos tres años, que, si bien no me proporcionaba la madurez que ellos tenían, sí la capacidad, como adolescente de pro, de ir aprendiendo a ignorar todo reproche que me echaran encima, y seguía hablándoles con toda naturalidad de Anselmo cada día, en aras de que, a la fuerza, acabaran acostumbrándose y aceptando mi decisión. Además, y para ganarme puntos, comencé a ayudar a papá en tareas de bricolaje, le llevaba el periódico cada mañana cuando volvía del muelle, e incluso acepté hacerme amigo de dos gemelos insoportables, hijos de un matrimonio, también insoportable, con el que papá y mamá habían trabado amistad. Mas no fue suficiente. Un día, mientras intentábamos montar unos marcos que ya nos habíamos encontrado rotos cuando llegamos, y mamá preparaba las bolsas con toallas y bronceadores para bajarnos en breve a la playa, papá me habló:

-Hemos pensado no volver a alquilar el apartamento, Paco. Me han llegado a los oídos “cosas” referentes a tu amigo que no me han gustado, y me temo que es la mejor manera de cortar esta relación absurda que tenéis.

-Pero ¿qué cosas, papá? ¡qué cosas!

-Las que seguro que tú ya sabes, hijo. Tonteos con las drogas cuando aún tenía… (me señaló las piernas, sin nombrarlas), temporadas de cárcel, alcohol… todo eso que no quiero que tengas cerca.
Salí corriendo, dando un portazo, y Roger, fiel como siempre, detrás de mí. Casi le pillé la cola con la puerta. Cuando llegué al muelle, Anselmo ya recogía su caña y sus aparejos de pesca, disponiéndose a esperar a su esposa, que no tardaría en llegar.

-¿Qué te ha pasado?

Se lo conté todo. Lloré como el crío que pensaba que ya no era.

-Es lógico.- Fue su única respuesta, sin mirarme siquiera.

Volví a casa cabizbajo, lleno de rabia y de ira; no recuerdo haber hablado más en todo aquél día. Roger me reclamaba juegos de continuo, mas yo no estaba por la labor. No quise bajar a la playa con mis padres. No encontraba el momento de sentirme mejor. A la mañana siguiente tenía pensado no ir al muelle, no quería ver a Anselmo, pero mi perro me llevó arrastras. Ya que había acabado allí, quise preguntarle a mi amigo el porqué de su respuesta.

- De todo lo que te he contado, Curro, no tomes ejemplo. Si yo hubiera sido como el hijo que tu padre quiere para sí, no habría tenido que embarcarme para ganarme la vida. Toma, dale ésto de mi parte.

Me extendió una bolsa y un sobre con una carta cerrada. En la bolsa había una dorada enorme, aún coleando. Pensé que el gesto de acercamiento hacia quien le acusaba de impresentable, era merecedor de que olvidara mis rencores, y acudí raudo a casa con el pescado embolsado y la carta.

Mi padre se sorprendió, y abrió el sobre. No me enseñó lo que había dentro. Cogió su gorra y su chaqueta (refrescaba por las mañanas, ya a finales de Agosto), y salió de casa. Mi mamá me sonrió después de leer la hoja cuadriculada; eso me dio esperanzas. No me atreví a pedírsela, mas no hizo falta; ella misma me la dió.

“Estimado señor. Usted, desde su experiencia, le ha enseñado a su hijo cómo debe ser y lo que debe hacer para convertirse en hombre de bien, y me alegra, porque le tengo gran aprecio al chico. Me consta que es usted un buen padre. Yo, desde mi papel de amigo, sólo puedo enseñarle cómo no debe ser, y qué no debe hacer, para conseguir lo mismo. Un saludo y mi admiración. Quería haberles llevado una palometa, pero hasta Septiembre, no hay.”

Papá volvió con otra cara, casi a la hora de comer. Ese día no hubo playa, pero no nos importó.
Esperé impaciente sus palabras.

-¿Te parece, Paco, que vayamos esta tarde a comprar una caña? Anselmo quiere enseñarme a pescar.


Desde ahora, cada verano será distinto, como distintos están siendo los días desde que papá viene conmigo y con Roger al muelle cada mañana temprano. Ya hemos conseguido empezar a traer a casa de vez en cuando nuestra propia pesca, y mamá, tan contenta. Papá también ha empezado a sacar de su chistera historias de juventud que no quiere que aprenda. Eso me gusta, porque me permite regañarle. Sé que a partir de ahora vendremos aquí de otra manera. Y Roger seguirá ladrando y gimiendo, feliz en su jaula, dentro del coche, cuando comience a oler el mar.